domingo, octubre 11, 2026
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Delcy prometió elecciones y se guardó el calendario en el bolsillo

Asuri Montes de Oca

Delcy Rodríguez fue a Nueva York, subió al podio de la ONU y soltó la frase que todos estaban esperando: «En Venezuela habrá elecciones». Sonó firme, sonó ensayada, sonó a esas declaraciones que los gobiernos sacan cuando necesitan algo del exterior. Lo que no sonó por ningún lado fue una fecha.

Fue su primer discurso ante la Asamblea General como presidenta interina, y ahí dijo que su gobierno habla con sectores de la oposición para armar condiciones de igualdad y hacer comicios «competitivos, transparentes e inclusivos». Que será el pueblo venezolano quien decida cuándo es el momento. Que las instituciones estarán listas quién sabe cuándo, para quién sabe qué (Crónica Uno). No mencionó con quién habla exactamente. No hubo un solo acuerdo concreto sobre la mesa. Nada que uno pueda anotar en el calendario ni exigir después si no se cumple.

Y mira, la frase en sí no está mal. Que el gobierno admita en voz alta, ante el mundo, que en algún momento hay que votar, ya es más de lo que se decía hace un tiempo. Pero decir «elecciones» en la ONU no las convierte en reales. Faltó bastante más que eso.

Lo primero que falta, y lo más obvio, es cuándo.

Ni un mes, ni un trimestre, ni un «para finales de este año o el próximo». Dejar que «el país determine el momento correcto» es una forma elegante de decir que deciden ellos, porque justo ellos son quienes hoy controlan el aparato que tendría que convocar esas elecciones. No hay nada público sobre actualizar el registro electoral, abrir inscripción de candidatos o armar una campaña. Una promesa sin fecha no es una promesa, es una intención con buena redacción.

Después está el tema del árbitro, que tampoco se resolvió. Rodríguez habló de condiciones igualitarias pero no dijo una palabra sobre renovar el Consejo Nacional Electoral, ni sobre quién lo va a designar, ni sobre auditorías al registro o a las máquinas de votación. Ella misma planteó la cosa como una reforma desde adentro, construir «una nueva república» sin romper con lo que ya existe (RTVE). El detalle es que un gobierno puede montar una votación impecable en lo técnico y seguir teniendo toda la ventaja si controla los medios estatales, la plata pública, los tribunales y el propio ente electoral. Eso no se arregla con discurso, se arregla repartiendo poder de verdad, y de eso no se habló.

Tampoco quedó claro quién va a poder competir. María Corina Machado sigue afuera del país y afuera también de las conversaciones que Washington está llevando sobre la transición. Según Reuters, funcionarios estadounidenses consideran que todavía es pronto para que vuelva (Reuters). Su equipo dice que ya intentó regresar tres veces y no pudo. No hay pruebas de quién exactamente se lo impidió, así que no se le puede colgar el muerto ni al gobierno interino ni a Estados Unidos sin evidencia. La escena, aunque nadie quiera decirlo en voz alta, es incómoda: se habla de elección inclusiva mientras la persona con más respaldo popular sigue sin poder pisar su propio país ni sentarse donde se está discutiendo su futuro. Competir no es solo que tu nombre aparezca en una boleta. Es poder entrar, hacer campaña, montar estructura, hablarle a la gente sin que nadie te esté respirando en la nuca.

Cuarto punto, y este casi ni se mencionó: observación internacional. Nada de invitaciones formales a la Unión Europea, a la ONU, al Centro Carter, a nadie que pudiera meterse a revisar el registro, las actas, los centros de votación desde el primer día. Sin eso, la palabra «transparente» es simplemente lo que el gobierno dice de sí mismo, y uno ya sabe cuánto vale la autoevaluación en estos casos.

Y el último, que es el que más pesa. La propia ONU reconoce algunas cosas: liberaciones, algo más de espacio para criticar, el cierre de El Helicoide. Pero los llama avances parciales, reversibles. Gente señalada por abusos sigue en sus cargos. Todavía hay cientos de personas detenidas de forma arbitraria. Los servicios de inteligencia siguen sin tocarse. Rodríguez habló de reformar la justicia, pero no puso fecha a nada de esto: ni a liberar a los presos que faltan, ni a revisar leyes que restringen, ni a investigar denuncias de tortura, ni a garantizar que militares, policías y colectivos se mantengan lejos de la campaña. Y esto no es un detalle menor: se puede montar una elección con urnas nuevas y máquinas certificadas y aun así tenerla perdida de antemano, porque si la gente todavía tiene miedo de hablar, de postularse, de votar distinto, la competencia ya viene torcida antes de imprimir la primera boleta.

Lo que sí quedó claro en Nueva York es que Washington ya trata a Delcy Rodríguez como la persona con quien se negocia petróleo, inversión y normalización, mientras el machadismo sigue sin asiento en esa mesa. Eso es un dato político real, tal vez el más importante del viaje.

La promesa que hizo solo se vuelve compromiso el día que tenga fecha, árbitro independiente, rivales que puedan competir de verdad, observadores con acceso completo y garantías de que a nadie lo van a castigar por votar distinto. Mientras tanto, lo único seguro es que en Venezuela habrá elecciones. Lo demás —cuándo, con quién, bajo qué reglas— sigue siendo, como casi todo en este país últimamente, letra pendiente.

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