domingo, octubre 11, 2026
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Moisés Naím: «Le tienen miedo a las elecciones, le tienen miedo a la democracia»

Henry Figueroa Brett

Economista formado en el MIT, exministro, exdirector del Banco Central y durante catorce años al frente de Foreign Policy, Naím regresó a Venezuela después de dos décadas y volvió con un diagnóstico incómodo: mientras Washington privilegia la estabilidad y avanza en el terreno económico, la transición democrática se congela. Lo dijo en conversación con César Miguel Rondón.

Moisés Naím volvió a Venezuela después de veinte años y no volvió hablando de petróleo.

Lo vio, claro: expectativas empresariales, proyectos, restaurantes, consumo y esas «burbujas de prosperidad» que aparecen mientras empresarios de dentro y fuera del país estudian nuevas oportunidades. Pero lo que más le impresionó estaba en la otra acera: pobreza, falta de empleo y gente buscando comida en la basura. Un país que, después de la salida de Nicolás Maduro y de un cambio político que parecía destinado a abrir otra etapa, sigue esperando.

Lo contó el 2 de septiembre en una extensa entrevista con el periodista César Miguel Rondón.

Y conviene detenerse un momento en quién lo dice.

Moisés Naím posee una maestría y un doctorado del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Fue ministro de Industria y Comercio de Venezuela, director del Banco Central, director ejecutivo del Banco Mundial y durante catorce años dirigió Foreign Policy. Actualmente es Distinguished Fellow del Carnegie Endowment for International Peace.

Pocas voces venezolanas han dedicado tanto tiempo a estudiar cómo se construye, se ejerce y se deteriora el poder.

Por eso pesa una de las frases más duras de aquella conversación:

«Le tienen miedo a las elecciones, le tienen miedo a la democracia».

La frase apareció después de que Rondón le leyera unas declaraciones que el secretario de Estado, Marco Rubio, había ofrecido un día antes al periodista Sergio Novelli.

Rubio había dicho que las elecciones venezolanas deberían celebrarse «lo antes posible», pero inmediatamente agregó que antes debían crearse las condiciones para que fueran válidas.

Rubio habló de dar a los partidos políticos espacio y tiempo para organizarse y hacer campaña. También planteó la necesidad de prensa libre, un Consejo Nacional Electoral aceptado, máquinas de votación cuya integridad no estuviera cuestionada y participación internacional capaz de supervisar el proceso.

También dejó algo claro: según el secretario de Estado, Washington no pretende que el sistema provisional existente se convierta en permanente. El objetivo declarado es que Venezuela termine gobernada por un gobierno democráticamente electo.

El problema para Naím está en otra parte.

¿Cuánto tiempo tomará construir todas esas condiciones y quién gobierna mientras tanto?

«Mientras más larga la lista de condiciones, más tiempo se va a tardar en haber elecciones», razonó.

Ahí la conversación dejó de ser simplemente sobre un calendario electoral y entró en un terreno bastante más incómodo:

¿Qué Venezuela se está construyendo durante la espera?

El país que describe Naím no es una transición terminada ni una ruptura completa con el sistema anterior. Las estructuras, organizaciones y figuras del chavismo continúan ocupando posiciones importantes dentro del Estado.

Su interpretación es que alrededor de Donald Trump terminó imponiéndose la tesis de que desmontar abruptamente esa estructura podía producir anarquía, violencia e ingobernabilidad y que, por tanto, determinadas figuras del antiguo aparato de poder continúan siendo consideradas útiles para garantizar estabilidad.

Es la interpretación de Naím sobre lo que está ocurriendo. Pero plantea una paradoja difícil de ignorar.

Para celebrar elecciones confiables hacen falta instituciones democráticas.

Reconstruir esas instituciones toma tiempo.

Y durante ese tiempo permanecen funcionando algunas de las mismas estructuras que la transición debería transformar.

El fantasma de Nicaragua

Rubio tiene un argumento para justificar esa cautela y también quedó expresado en su conversación con Sergio Novelli.

Mencionó Nicaragua.

Recordó que allí se realizaron elecciones, ganó la oposición y, algunos años después, el sandinismo regresó al poder. Estados Unidos, dijo Rubio, no quiere repetir esa experiencia en Venezuela: quiere una democracia y una república que puedan perdurar.

Naím escucha el mismo argumento y llega a una conclusión diferente.

Contó que alguien le había mostrado un estudio con las condiciones que deberían cumplirse para celebrar unas elecciones completamente libres.

Su reacción fue mordaz: aquello no describía a Venezuela.

Describía a Suiza.

Y entonces formuló quizá la idea más provocadora de toda la conversación.

Las próximas elecciones venezolanas, sostiene Naím, probablemente serán defectuosas. No todas las instituciones estarán reconstruidas, no todas las condiciones se cumplirán perfectamente y quienes todavía controlan partes del aparato estatal conservarán ventajas.

Pero eso, en su opinión, no debería convertirse en la justificación para aplazarlas indefinidamente.

«Déjenlos votar».

Ahí está el corazón de su advertencia.

Naím no sostiene que Venezuela no necesite reconstruir el CNE, recuperar garantías electorales, asegurar una prensa libre o contar con observación internacional.

La pregunta que plantea es mucho más difícil:

¿En qué momento las condiciones necesarias para garantizar una elección dejan de ser garantías y comienzan a convertirse en razones para postergarla?

Mientras tanto, el petróleo

El petróleo aparece entonces como telón de fondo.

Mientras la ruta electoral continúa sin fecha, Washington y Caracas sí han podido avanzar en el terreno económico.

El acuerdo petrolero alrededor de NABEP ha generado expectativas de inversiones gigantescas y de recuperación de la producción. Naím considera buena parte de esas promesas «aspiracionales» y cuestiona la opacidad que todavía rodea el negocio.

No está solo en esas dudas. The Washington Post documentó los enormes requerimientos financieros del proyecto y las interrogantes existentes sobre cuánto tardaría realmente Venezuela en aumentar significativamente su producción.

El periódico señala que NABEP pretende elevar su producción de unos 200.000 barriles diarios a un millón y calcula que necesitará cerca de US$100.000 millones de inversión. Hasta ahora, según la propia compañía citada por el Post, ha invertido alrededor de US$1.000 millones en Venezuela.

Pero en esta conversación el petróleo importa por otra razón.

La economía parece avanzar más rápido que la política.

Y Naím acaba de regresar del lugar donde ambas velocidades terminan encontrándose.

Después de veinte años sin visitar Venezuela encontró restaurantes, consumo, empresarios evaluando proyectos y sectores convencidos de que está por comenzar una nueva etapa de prosperidad.

Pero encontró también pobreza, precariedad y un obstáculo elemental para transformar las expectativas en desarrollo duradero: la ausencia de instituciones suficientemente confiables.

Después de media hora hablando con César Miguel Rondón sobre petróleo, Washington, elecciones, María Corina Machado, Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, el diagnóstico de Naím termina llevando a una pregunta mucho más sencilla de formular que de responder:

Qué clase de país se está construyendo mientras Venezuela espera.

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