
Cuando el reloj de la catedral marcaba las once y media de la mañana, y en el preciso instante en que el padre José Francisco Delgado había dado por terminada su misa con la usual bendición y la santa frase “podéis ir en paz”, justo a esa hora Sebastián Katiel ordenó a Carlos Luis Medina desamarrar las sogas de los ocho enormes sacos de arena de quinientos kilos cada uno que mantenían al globo fijado al piso. Minutos antes había subido a la cesta del tripulante con la ayuda de un banquito de madera y, una vez en su interior, extrajo de un saco de fique la brújula china, un termómetro y un sextante que le había comprado en París a un coleccionista de objeto robados. Se cercioró de que la válvula de aire frío que permite el descenso estuviera cerrada. Luego giró instrucciones a Carlos Luis Medina para que estuviera atento a la señal acordada y procediera a desamarrar el último saco de arena.
“Carlos Luis, vigila bien a mi loro, no permitas que la gente meta los dedos por la jaula porque los muerde”, le advirtió Sebastián Katiel al cochero convertido en una suerte de asistente técnico.
Segundos después se escuchó la frase: ¡Despegue! Era la voz alta y sonora de Sebastián Katiel desde la cesta del globo, quien de seguida bajó abruptamente el brazo derecho para indicarle a Carlos Luis Medina que soltara la cuerda del último saco de arena. En un breve instante el globo fue alzando vuelo lentamente y dejando atrás el suelo en el que había permanecido cautivo. Una banda marcial, integrada por ejecutantes militares y civiles a la cual llamaban “La Cívica”, comenzó a tocar la obertura del Caballo de Bronce de Auber mientras el globo ascendía lentamente.
El sonido de la música de la banda marcial impuso dramatismo a la acción de despegue del globo, originando que la muchedumbre desbordara su emoción con una lluvia de aplausos para celebrar el indescriptible acto de levitación que tenían frente a sus ojos. Las personalidades invitadas se levantaron de sus asientos y unieron sus emocionados aplausos al concierto de palmadas que había emergido como una onda vibrante y atronadora que podían ser escuchadas hasta en el aserradero de Elio Soto y en el popular Mercado de Los Buchones.
Los cónsules de Alemania, Italia, Estados Unidos e Inglaterra se vieron arrastrados por el entusiasmo general que había despertado el despegue del globo de Katiel, y comenzaron a agitar sus manos a un ritmo lento y mesurado para no perder la compostura diplomática y mantener su nivel social ante el populacho.
La atronadora algarabía provocada por el vocerío de la gente tenía inspirado al fotógrafo Fernando Ferrebús que se encontraba ahora en la torre del campanario del El Convento con su cámara instalada y dispuesto a captar las mejores imágenes del despegue del globo, luego de una carrera angustiante que tuvo que realizar desde la iglesia de La Chiquinquirá impulsado por el deseo embriagante de captar un momento histórico. Pensó que de haber viajado junto a Sebastián Katiel se habría convertido no solamente en la segunda persona en ver a Maracaibo desde las alturas, sino también en el primer hombre en obtener imágenes fotográficas aéreas de la ciudad. “Me hubiera llenado de gloria con al menos una sola fotografía”, se dijo a sí mismo.
Un grupo de devotas de la Orden de Las Marías de la Caridad, vestidas con blusas blancas que les cubrían los brazos y con largas faldas celestes que les escondían los tobillos, se encontraban paradas frente a las puertas de la catedral y quedaron sorprendidas cuando vieron que el globo dejaba asomar poco a poco su ampulosa y espectacular figura entre los árboles y las edificaciones. “Que Dios y la Virgen de La Chiquinquirá protejan a ese hombre que ha pecado al atreverse a mancillar el sagrado cielo de nuestro Señor”, imploró unas de ellas con voz de angustia y persignándose, y el resto de las devotas la imitaron haciéndose cada una la señal de la cruz, para finalmente replicar todas al unísono: ¡Amén!
El globo seguía elevándose y Sebastián Katiel continuaba agitando sus brazos para indicar que el despegue se desarrollaba con total éxito. Como no disponía de un propulsor, el globo para desplazarse debía dejarse llevar por la corriente del viento. Una de las cuerdas que servían para fijar el globo cayó de la cesta por un brusco movimiento y quedó ondulando en el aire. Asdrúbal Rincón, alias Uvita, y sus compinches de la banda Los Báquiros se percataron de la situación y se dieron a la tarea de correr tras la cuerda con la arriesgada intención de subir a la nave.
Uvita fue el único que pudo atrapar el grueso cordel y se aferró al mismo manteniéndose suspendido en el aire por breves segundos. Tras alcanzar el globo una leve altura, su estado de ebriedad no le permitió seguir trepando. Los agentes policiales que siguieron las intenciones de Uvita desde un principio lo detuvieron luego que se desplomara aparatosamente sobre el techo de la Botica Inglesa. “No joda, en este país no permiten que uno suba echo verga al cielo”, les dijo a los policías cuando lo apresaron para llevarlo a una nueva encarcelación.
Sebastián Katiel y su globo habían alcanzado los treinta metros de altura aproximadamente, pero un viento benigno fue desplazando a la nave sigilosamente en dirección al Convento de San Francisco. Al pasar por encima de la estructura más alta de del templo, la cesta rozó levemente la punta del campanario sin que se produjeran aparentemente daños, al menos así lo comprobó el mismo Sebastián Katiel luego de revisar meticulosamente todo el piso.
Luego de pasar por encima del Convento de San Francisco, la nave fue elevándose de manera más acelerada y siguió en dirección al noroeste. Sebastián Katiel comenzó a ver que la ciudad se hacía más amplia a medida que el globo alcanzaba mayor altura. Las voces y los aplausos de la gente ya no los escuchaban, tampoco los acordes de la gloriosa música de la banda marcial.
Desde el privilegiado lugar en el que se encontraba empezó a ver los techos de tejas de canutillos de las casas, algunos rojos, otros desvaídos por la lluvia y el calor, a las personas caminando por las calles, a uno de los vagones del tranvía cruzando por el frente del teatro Baralt, los coches a caballo llevando pasajeros, a niños jugueteando en terrenos baldíos, las hileras de humo cenizo que salían de las torres de las alfarerías y de los quemadores de madera en los que se producía el carbón, algunos molinos de viento agitando lentamente sus aspas, así como también áridos y accidentados terrenos con cerros no muy elevados y una verde y rala vegetación que no identificaba porque era diferente a la que solía ver en Europa, pero que sin embargo le recordaba los veranos de su pueblo natal.
Cuando Sebastián Katiel se percató de que estaba frisando los doscientos metros de altura, una fuerte ráfaga de viento sacudió al globo y lo empujó violentamente en dirección opuesta a la que llevaba dejándolo en una posición perpendicular, por lo que se vio urgido de maniobrar para colocarlo de nuevo en una posición estable. Una vez estabilizado, miró la brújula y, en efecto, comprobó que el rumbo era contrario el que tenía hacía apenas unos segundos atrás.
Sebastián Katiel descorrió la manga izquierda de su traje de aeronauta para ver qué hora marcaba el reloj pulsera Algún Fancy que le había obsequiado Roza Pelisy, una amante húngara que había conocido en Puerto Rico con quien sostuvo una tórrida relación amorosa que había terminado abruptamente cinco años atrás. Comprobó por el reloj que llevaba quince minutos y treinta segundos viajando, lo que no le preocupó porque su plan de vuelo era sobrevolar la ciudad durante una hora, o quizá más si las condiciones lo permitían. La normalidad del vuelo le permitió seguir observando el paisaje natural que lo circundaba desde las alturas y quedó absorto cuando contempló la silueta del Lago de Maracaibo, cuyas aguas en ese momento estaban serenas e irradiaban una luz esplendente. Vio, como puntos distantes en un espejo de agua, algunos botes de pescadores que a esa hora del mediodía seguían ejerciendo su diaria faena sin haber recalado a la orilla con el producto de su jornada.
Le produjo una grata impresión las verdes palmeras que bordeaba las costas y, al mirar al norte, divisó la entrada del lago y pudo descifrar la figura lejana del Castillo de San Carlos, el cual ya había visto de cerca desde la cubierta del vapor que lo había traído de Curazao. Torció la mirada al sur y pudo ver que la bahía del lago de Maracaibo tenía forma de herradura. Y, al escrutar más al fondo, sus ojos se toparon con los techos rojos de las encantadoras residencias que los alemanes y los ingleses habían construido para su solaz en el cerro de Los Haticos. La arrobada contemplación se interrumpió cuando comenzó a percibir que el globo estaba perdiendo altura aceleradamente sin tener idea de las causas. La situación no era nueva para él, pues ya había tenido que lidiar con experiencias similares, sin embargo, esta vez era diferente al advertir que la pérdida de altura del globo no era normal.
Pensó que el sitio del aterrizaje no había sido escogido previamente, sino que una vez en las alturas dirigiría al globo hasta el lugar que consideraría como el más abierto y despoblado. Había observado que la ciudad poseía extensas planicies de tierra, muchas de ellas deshabitadas, y esas planicies era una de las opciones. “Si la cosa se pone difícil te tiráis pa el lago”, le había sugerido Segismundo Bracho dos días antes del vuelo, cuando ambos fueron en compañía de Carlos Luis Medina a conocer las sabanas que estaban al noroeste de la ciudad y que eventualmente servirían de probables escenarios para aterrizar. “Desde arriba yo mismo veo donde aterrizo con mi globo”, afirmó en ese momento con total determinación y firmeza.
Fue justamente esa la tarea que asumió una vez que el globo comenzó a perder altura con intenciones claras de precipitarse a tierra. Ya había advertido que la causa era una filtración de aire en las telas laterales donde había una ranura del tamaño de la tapa de una alcantarilla, la cual se estaba haciendo más grande por la alta presión. Un temerario Sebastián Katiel se preparó para un aterrizaje forzoso, por lo que comenzó a maniobrar las cuerdas para tratar de controlar el rumbo y evitar de esa manera que la caída fuera lo menos violenta. Luego de estar a una altura mayor de doscientos metros, el globo en menos de quince minutos había descendió a 100 cien metros. Sebastián Katiel no se detuvo a pensar en los motivos del rápido descenso, sino que se armó de valor para enfrentar lo peor para salir airoso.
Sebastián Katiel empezó a ver de nuevo que el tamaño de la ciudad se achicaba cada vez que el globo descendía. Lo primero que divisó fue los malecones del puerto y el techo del mercado principal, según confesaría más tarde. También reconoció la torre del Convento de San Francisco y la terraza del Hotel Victoria, por lo que tenía la impresión de que el globo pasaría rozando por todo lo que habían podido distinguir sus ojos, pues el viento estaba impulsando al globo en dirección a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina se habían trasladado justamente al mismo templo para ver desde su campanario el desarrollo del vuelo con la ayuda de binóculos. “Allá viene el húngaro, pero parece que el globo presenta problemas”, exclamó con tono de preocupación Segismundo Bracho sin despegar sus ojos de los binóculos. “Ha perdido mucha altura y el húngaro parece que está tratando de ver dónde aterriza”, expresó por su parte Carlos Luis Medida con evidente asombro, quien también veía las incidencias del vuelo por medio de un prismático que le había facilitado el empresario y cliente Julio Añez.
“Parece que viene en dirección de nosotros”, volvió a exclamar Segismundo Bracho esta vez hecho un manojo de nervios.
Y en efecto, el globo en su descenso comenzó a pasar por encima de los techos de las casas de El Saladillo, entre ellas las ubicadas en el área de la Plaza de San Juan de Dios. Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina ya no apuntaban sus binóculos hacía arriba, sino bajaron los brazos y los colocaron en línea recta para observar sobresaltados la tensa caída de la esfera, cuya cesta se había inclinado de manera perpendicular como indicando que ya no estaba al dominio del piloto.
Al encontrarse a pocos metros de la tierra el primer contacto del globo fue el techo de palmas de bijao del baño con paredes de bahareque que se encontraba en el patio de la casa del herrero Filiberto Pirela, el cual fue arrancando de los horcones de madera que lo sostenían. El roce violento de la cesta dejó al descubierto al desprevenido herrero que en ese justo momento estaba sentado sobre el inodoro del pozo séptico. “¡Vergación, ya no dejan cagar a uno tranquilo!”, fue el gritó de terror que se le escuchó al herrero, quien salió del baño corriendo como un pingüino, pues los pantalones los tenía en los tobillos.
Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina vieron con sus binóculos cuando el despavorido herrero se caía y se levantaba del suelo en su desesperación por entrar al interior de su casa buscando refugio seguro. “Ahora si podemos decir que Filiberto se cagó”, dijo a manera de chanza el cochero Carlos Luis Medina, al tiempo que recibía una mirada de reconvención de parte de Segismundo Bracho. “Con tamaño susto cualquiera se caga, Carlos Luis”, sentenció en tono serio Segismundo Bracho, y de seguidas le ordenó al cochero bajar de inmediato de la torre de la basílica para salir al rescate de Sebastián Katiel.
Luego de haber dejado destrozado el techo del baño de la casa del Filiberto Pirela, el globo siguió su desorientado curso por los patios que separaban las casas contiguas a la del herrero, derribando los tendederos de ropa en unas y talando en otras las ramas de los árboles de almendrón, cotoperiz y de mangos. El estropicio provocó que los perros de los dueños de las casas del vecindario comenzaran un intenso y prologando coro de ladridos que los dejó a todos afónicos, y agitó también a las gallinas de los vecinos que nerviosas comenzaron a correr extraviadas por los terrenos de las residencias, desatando una algazara que duró todo un día.
Sebastián Katiel con gran esfuerzo y pericia pudo evadir los espacios que separaban una casa de las otras hasta llevar al globo a la calle La Perdición, pero con la poca fortuna de que, en su turbulento desplazamiento, la cesta del globo fue derribando las catorce lámparas de los postes del alumbrado público que había en la cuadra.
Sebastián Katiel sentían que por las venas de sus manos y brazos pasaba un torrente de sangre caliente debido a la fuerza que le imprimían a las cuerdas del globo en un intento exasperado por mantener estable el movimiento de la cesta y lograr atenuar el impacto sobre la tierra. Estaba no solamente agotado, sino también nervioso porque era la primera vez que había experimentado un descenso tortuoso y cargado de riesgos. Temió por su vida y recordó que apenas una hora antes había dicho que este vuelo, que no sabía cómo terminaría, era su número veinticinco, su número de suerte.
Después de derribar las catorce lámparas de los postes del alumbrado público en una de las cuadras de barrio La Perdición, el globo prosiguió su extraviado rumbo hacia la parte trasera del Cementerio de los Ingleses. Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina pudieron avistarlo desde un coche al que subieron cuando por casualidad se le cruzaron en el camino al fotógrafo Fernando Ferrebús, quien lo había rentado para tomar imágenes del eventual aterrizaje.
“Suban rápido que no quiero perder tiempo para llegar a tomar las fotos de este aterrizaje que espero no termine en una tragedia”, advirtió Fernando Ferrebús
Desde el carruaje, y sin quitar la mirada de los binóculos, Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina observan que la cesta del globo colisiona con la pequeña verja de alambre que rodeaba a todo el cementerio y comenzó a arrastrase violentamente por una vereda de piedras blancas y tierra amarilla, dando la impresión de que fuera jalada por una fuerza extraña. La cesta, entre brincos y fuertes tropezones, se dirigió a una hilera de tumbas que encontró en su inevitable trayecto y choca con la primera tumba, pero el impacto la lleva a otra y de esta pasa a otra y después a dos más hasta que la cesta queda aprisionada entre dos enormes estatuas de mármol de Carrara con las figuras repetidas del Ángel Gabriel que custodiaban un panteón donde se supone reposaban los restos de integrantes de una familia inglesa.
Los dos ángeles detienen finalmente el interminable y angustioso recorrido del globo y el brusco deslizamiento de la cesta deja estragos en el pequeño jardín del mausoleo levantando una polvareda. Sebastián Katiel queda en el interior de la cesta convertido en un saco de huesos, mareado y todo desorientado, pero afortunadamente con vida. Antes de que llegarán a auxiliarlo decide salir por sus propios medios de la cesta, la cual estaba visiblemente estropeada pues la mayoría de los juncos estaba algunos doblados, otros fuera de sus quicios. El globo, que había perdido más de la mitad del aire yacía agonizando y con las telas tendidas en el suelo junto con las cuerdas que lo sostenían, dando la imagen de un anárquico enjambre de venas que ni las maravillas de un acto de magia sería capaz de desenredar.
Sebastián Katiel entre quejido y dolores hace un esfuerzo grande y penoso para levantarse. El cuerpo lo sentía estropeado y los huesos crujían al menor movimiento que realizaba. Con todo el peso de las dolencias que tenía encima logra treparse hasta el borde de la cesta y, desde allí, se deja caer sin percatarse de que la altura que lo separaba del suelo era elevada para una persona en su estado. El impacto de la caída lo obligó a lanzar un grito de dolor que solamente escucharon los muertos del cementerio. Sintió que sus huesos estaban molidos y que junto con sus brazos y piernas estaban hecho un estropajo. Tardó varios minutos para recobrar el aliento y que se atenuara la intensidad de los dolores que estaban metidos en sus músculos como filosos aguijones. Exhaló con fruición varias veces y, como estaba de espaldas, miró al cielo para agradecer a Dios.
“Gracias, Señor, por salvarme de esta loca travesía”, dijo con voz cansada y temblorosa.
Sebastián Katiel sintió un frio pétreo en su espalda y cuando se percata que estaba sobre una lápida de mármol. La espalda le dolía, por lo que decidió voltearse para menguar la incomodidad, y al quedar boca abajo su mirada quedó fija sobre unas palabras impresas en letras góticas en la lápida. Comenzó a leer con dificultad y vio que se trataba de un texto redactado en memoria de la persona que yacía sepultada: “Ángel de la tierra, tendió sus alas sobre el paterno hogar y espantando de la malicia de los hombres voló al cielo”.
“Pensé que había llegado mi final y que antes de morir Dios me estaba mostrando el lugar donde me sepultarían”, diría unas horas después Sebastián Katiel a las tres enfermeras que lo atendieron en el hospital.
Sebastián Katiel seguía de cara a la lápida cuando escuchó voces que al principio le parecían lejanas, pero que fueron adquiriendo mayor intensidad y claridad a medida que advirtió que eran de personas que se acercaban al lúgubre sitio donde se encontraba como si lo hubiesen enterrado vivo, por lo que pensó de inmediato que probablemente eran Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina que venían a rescatarlo.
-Ahora entiendo por qué en un cementerio no se pide permiso para entrar, escuchó decir a alguien con voz ronca y estragada por el tabaco.
- Es que no tenía donde caerse muerto, oyó que respondía alguien con voz gangosa.
-Debe estar vivo, afirmó la voz ronca
- Lo más seguro es que esté muerto, replicó la voz gangosa.
Aquel diálogo que escuchaba Sebastián Katiel eran entre Jacobo González, alías Pelusa, y Francisco Palmar, alias Perro Quieto, los dos sepultureros oficiales que trabajaban en el Cementerio de Los Ingleses desde que fuera construido por los miembros de la colonia británica para dar descanso eterno a sus familiares.
- ¡Y cómo hacemos ahora con ese globo que se metió en el panteón de los Harrington?, dijo Pelusa luego de beber un trago de caña blanca de una botella de un cuarto de litro que había sacado del bolsillo de su raído traje oscuro con el que solía trabajar.
- Imaginate, y eso es más trabajo para nosotros dos, repuso Perro Quieto y le arrancó la botella de las manos a su compañero para libar también un trago del aguardiente que ambos acostumbraban compartir para sobrellevar las amarguras de un oficio infame que solían cumplir todos los días para poder lidiar en buenos términos con la vida y con la muerte.
Los dos sepultureros levantaron con extremo cuidado a Sebastián Katiel y lo trasladaron a la parte trasera de la carreta que utilizaban para llevar los féretros de los difuntos hasta su tumba, y en la que solían transportar también sus implementos de trabajo. Para darle espacio al húngaro apartaron palas, rastrillos, escobas, barretones, así como rastros de piedras, arena y basura.
-Usted es el primer vivo que llevamos en esta carreta, dijo Pelusa.
- Y creo que seré el último, replicó Sebastián Katiel en medio del dolor que le aquejaba en las piernas y en la espalda.
- ¿Qué hacemos con el globo? Preguntó con preocupación Perro Quieto.
-Mañana lo vamos a retirar para realizarle reparaciones, porque dentro de dos semanas volaré otra vez, respondió Sebastián Katiel.
- ¡Qué voluntad y cojones tiene este gringo!, susurró Pelusa, y fustigó al caballo con una vara para echar andar la carreta, que salió guiada por los dos sepultureros desde el panteón de los Harrington con destino al hospital central.
Al día siguiente del aparatoso aterrizaje del globo era Miércoles de Ceniza, y el obispo Obdulio Rincón le pidió al padre José Francisco Delgado que le dejara oficiar los actos litúrgicos en la catedral. El accidente ocurrido a Sebastián Katiel se le presentaba como una excelente oportunidad para hablarle a la feligresía y demostrarle que el poder de Dios sobre la tierra y en el cielo era un hecho cierto y absoluto.
-Lo ocurrido ayer pone en evidencia una vez más que no hay fuerza capaz de retar los designios y espacios de Dios, sobre todo en estos días santos en los que debemos valorar con respeto la muerte y resurrección de su hijo Jesús, dijo en su homilía. Gracias a Dios – agregó – que nadie perdió la vida en ese intento atrevido, pero esperamos que el vuelo de ese globo haya servido de escarmiento en nuestras consciencias, en particular en la de todos aquellos que lo celebran porque han visto este peligroso acto como un hecho heroico en vez de una herejía, por lo que estamos seguros de que la sapiencia de nuestro Señor los obligará a reflexionar y corregir.
Una semana entera permaneció en el hospital Sebastián Katiel restableciéndose de los dolores, espasmos y magulladuras que sufrió tras el aparatoso aterrizaje en el Cementerio de los Ingleses. Muy al contrario de lo que censuraba el obispo a su feligresía, en la habitación del hospital donde fue recluido Sebastián Katiel recibía todos los días obsequios con tarjetas llenas de mensajes enviados por admiradoras que lo consideraban un héroe por arriesgarse a volar sobre el cielo de Maracaibo, y por las maniobras que tuvo que emplear para sobrevivir de una terrible y comprometida situación de la que muchos pensaron jamás saldría con vida.
Recibió también tupidos ramos de flores y pañuelos femeninos impregnados de cálidas fragancias. Por distintas vías le llegaron cartas lacradas, igualmente perfumadas, con mensajes cortos e insinuantes enviados bajo total secretismo por admiradoras anónimas en las que atrevidamente le confesaban que, luego de su salida del hospital, y a su debido tiempo, tendría en sus manos nuevas esquelas a través de los emisarios de confianza para concertar encuentros en lugares furtivos.
Los diarios locales, por su parte, elogiaban con grandes titulares y amplio despliegue de fotografías, todas suministradas por Fernando Ferrebús, la valentía del “Húngaro Loco” por arriesgarse a volar sobre la ciudad y por el inaudito arrojo y valentía que empleó para poder salvar su vida en un hecho inédito en la ciudad.
Una tarde, después de que la enfermera le llevara la cena a la cama, se presentó sin previo aviso en la habitación de Sebastián Katiel una mujer blanca, de mediana estatura, rasgos asiáticos y no mayor de treinta años. Estaba vestida con un traje negro de algodón que tenía una vistosa pechera en la que brillaba un broche circular y una cadena enjoyada. La extraña mujer no suministró su nombre sino simplemente se identificó como la institutriz de una señora que vivía en las afueras de la ciudad, la cual, según explicó, era admiradora del convaleciente aeronauta húngaro.
Con la supuesta institutriz vino un intenso olor a mastranto y cepas de uvas verdes que cubrió toda la habitación como si se tratara de un liviano e invisible halo de nubes que dejó en un silencio inquietante a Sebastián Katiel, y que lo hizo sentirse atraído por una misteriosa energía que le produjo un inusual estado de relajación y alegría.
Sebastián Katiel observó de inmediato que la extraña visitante empleaba para expresarse un español con acentuado matiz extranjero, por lo que no vaciló en sospechar de que se trataba de una persona que no había nacido en el país donde se encontraba. Le despertó la atención el dulce sonido de su voz y el ritmo sereno con el que hilvanaba cada palabra y cada frase que pronunciaba, lo que, aunado a su elegante apariencia y gestos modosos, lo convencieron de que se trataba en efecto de una verdadera institutriz, de esas que suelen trabajar para familias acaudaladas.
A la institutriz, su señora le había encomendado la firme e irrevocable tarea de entregarle a Sebastián Katiel en persona una postal del antiguo Puente de Las Cadenas de Budapest, uno de los que cruza el río Danubio, probablemente adquirida en la librería los hermanos Belloso Rosell y salida de la litografía de la Imprenta Americana. Una vez que puso en manos de Sebastián Katiel la postal, solicitó permiso para retirarse de la habitación, no sin antes advertirle al aeronauta, en lengua húngara, que leyera un mensaje escrito al dorso.
- Tanto mi señora, como mi persona, rogamos por su vida mientras trataba de luchar en el cielo, agregó de seguidas, pronunciando de nuevo cada palabra en húngaro. Todo confundido por lo que estaba viendo y escuchando, Sebastián Katiel trató de articular una repuesta, pero no pudo. Cuando se repuso del estado de hipnotismo en el que había caído, la supuesta institutriz ya se había retirado de la habitación con el discreto silencio y con los mismos sigilosos y calculados pasos con los que había entrado hacía apenas unos segundos atrás, dejando a Sebastián Katiel sumido en una desconcertante perplejidad, cargado de angustia y con el inmenso deseo de saber quién en verdad era la institutriz, y quién la persona que la había enviado.
Sin haber salido de la situación inquietante en que estaba envuelto de manera tan inesperada, Sebastián Katiel se dispuso a leer de inmediato el misterioso mensaje que estaba escrito en el dorso de la postal que sostenía con temblor en sus manos. Encontró un número de teléfono y las siguientes frases escritas también en húngaro: Várom hívását (espero tu llamada).
Continuará





