A las ocho de la noche —un poco antes, un poco después— la casa entera contenía el aliento. Era la hora en que los frenos del autobús de Transporte Unidos, de la ruta Caracas–Valencia, dejaban a un pasajero frente a la casa de la señora Gregoria y rompían el silencio del barrio. Ese sonido era siempre la primera señal de que papá venía llegando.
La segunda era la cola de Muñeca, nuestra perra dálmata, golpeando la puerta como si quisiera abrirla ella misma. Vivió con nosotros diecisiete años y todavía parecía celebrar cada regreso como si fuera el primero.
Papá entró al porche con su traje hecho por él mismo y la corbata guardada en el bolsillo, como quien vuelve de una larga batalla. Mamá lo esperaba con un café caliente, pero aquella noche también lo esperaba con una noticia fría:
—Murió Dominguito.
Papá no dijo palabra. El silencio le cayó encima como otro saco. Se encerró unos minutos en el cuarto y, cuando salió, me dijo:
—Vamos a dar el pésame.
Bajamos los escalones; el aire olía a polvo y a dama de noche. Una mata sembrada en la esquina de la cerca —que Cristina cuidaba más que sus propios ojos— perfumaba el camino. A la derecha se alzaba el viejo samán, ese que parecía saber todos los chismes del barrio. Pasamos el terrenito; la casa de Nicolasa, la mamá de Alberto el Chirili —mitad hecha, mitad soñada—; otra casa más, y luego la de la señora Irma.
Después de esa, un carro antiguo de los años cincuenta, igualito a los que salían en la serie Los Intocables, dormía oxidado junto al camino. En la maleta abierta de ese carro había un escalón de tierra marcado con pasos pequeños y rodeado de matas de cují, como un pedacito de bosque cansado.
Al cruzar ese rincón verde aparecía el ranchón de bahareque, con sus dos ventanas, la puerta en el medio y, sobre el marco, un bombillo que ya no quería alumbrar. Allí vivía el señor Lucas: piel arrugada como cuero viejo, barba y cabello de algodón gris. Era el papá de Lourdes —la mamá del difunto—, una mujer muy pequeña pero bella, y el abuelo de Dominguito.
Nunca olvidaré la impresión de ver aquella caja pequeña, blanca, con cinco o seis flores silvestres arriba, como si alguien hubiera querido abrigarla. Alrededor, la gente rezaba despacio, en murmullos que parecían flotar sin tocar el suelo. Los bancos de madera crujían cada vez que alguien cambiaba de postura, como si incluso ellos sintieran el peso de la tristeza.
Cuando salimos, la noche parecía más grande.
Miré a papá y le dije, con un hilo de voz:
—Yo no sabía que los niños se mueren.
Él me puso una mano en el hombro, firme, sin apretarme, y respondió con esa calma que nunca he vuelto a ver en otro rostro: Todo el que nace tiene que morir. No importa la edad.
Y en ese instante, bajo el samán y el cielo todavía caliente del día, entendí que había crecido un poco, aunque me doliera.
Dominguito y yo teníamos la misma edad.


