sábado, agosto 29, 2026
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Trump encontró el petróleo, pero todavía falta encontrar a Venezuela

Henry Figueroa Brett

Trump es un hombre de negocios. Nunca ha hecho demasiado esfuerzo por ocultarlo. Mira un mapa y donde otros ven fronteras, instituciones, heridas históricas o dramas nacionales, él parece distinguir oportunidades, activos, pérdidas y ganancias. Y si debajo del mapa hay petróleo, la conversación se vuelve inmediatamente más interesante.

Venezuela tiene petróleo.

Muchísimo.

Tanto que durante casi un siglo estadounidenses y venezolanos han negociado, discutido, peleado, nacionalizado, indemnizado, expropiado y vuelto a negociar alrededor del mismo líquido negro.

Por eso conviene aclarar algo antes de que aparezcan los patriotas profesionales con el sable de utilería: vender petróleo a Estados Unidos no constituye ninguna traición histórica.

Los estadounidenses han comprado petróleo venezolano prácticamente toda la vida. Sus empresas estuvieron entre las primeras que llegaron, exploraron, perforaron y redactaron contratos cuando Venezuela comenzaba a descubrir que debajo de sus pies tenía una de las mayores fortunas naturales del planeta.

El problema nunca ha sido vender petróleo.

El problema es creer que vendiendo petróleo se reconstruye una república.

Y allí comienza la parte verdaderamente incómoda.

Trump hizo algo que durante años parecía imposible: se llevó a Nicolás Maduro. El hombre que parecía atornillado a Miraflores terminó fuera del tablero.

Pero Maduro era apenas el inquilino más visible.

La casa sigue allí.

Y las tuberías institucionales continúan oliendo exactamente igual.

Quedaron estructuras, funcionarios, controles, silencios, complicidades, mecanismos de persecución y buena parte de aquella maquinaria que convirtió al Estado venezolano en una combinación de partido político, oficina de propaganda y caja fuerte sin auditor.

Ahora aparece el gigantesco acuerdo petrolero anunciado por Trump: más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas, una operación presentada como extraordinaria para los intereses estadounidenses y como una nueva etapa en la relación entre ambos países.

Para Trump debe parecer un negocio formidable.

Entró en una crisis política y encontró una negociación petrolera del tamaño de un continente.

El problema es que Venezuela no necesita solamente inversionistas, taladros y barcos petroleros.

Necesita democracia.

Necesita justicia independiente.

Necesita educación.

Necesita elecciones transparentes y procesos honestos.

Necesita instituciones capaces de sobrevivir al gobernante de turno.

Necesita leyes severas contra la corrupción y, más importante todavía, jueces capaces de aplicarlas sin preguntar primero quién es el acusado y a qué partido pertenece.

Porque en Venezuela hemos tenido demasiadas leyes convertidas en piezas ornamentales. Son como esos extintores viejos colgados en los edificios públicos: se ven muy bonitos en la pared, pero cuando comienza el incendio nadie sabe si funcionan.

Y Venezuela necesita urgentemente otra cosa:

prensa libre.

Porque sin prensa libre no existe democracia. Lo que existe es un gobierno hablando solo frente al espejo y felicitándose por lo bien que lo está haciendo.

El propio dueño de El Nacional entregó a una de las interlocutoras que participa en las conversaciones un inventario del desastre: emisoras cerradas, periódicos clausurados y medios silenciados durante estos años.

Eso también forma parte de la reconstrucción venezolana.

No solamente los pozos.

No solamente los barriles.

No solamente las inversiones.

No solamente cuánto petróleo puede salir y cuánto dinero puede entrar.

Un país donde se cierran emisoras y desaparecen periódicos necesita algo bastante más urgente que una nueva bomba extractora: necesita recuperar el derecho de preguntar quién está manejando la bomba, cuánto produce y dónde demonios termina el dinero.

Y allí aparece la gran interrogante sobre lo que está ocurriendo.

Trump se llevó a Maduro.

Pero no se llevó el madurismo.

Dejó intacta, al menos hasta donde podemos ver, buena parte de la estructura que hizo posible el desastre.

Quizás estén trabajando para desmontarla.

Ojalá.

Quizás existan negociaciones, presiones y movimientos que todavía no conocemos. Sería irresponsable asegurar que no existen simplemente porque no podemos verlos.

Pero los avances visibles hasta ahora tienen un olor inequívoco.

Huelen a petróleo.

Mucho petróleo.

Y entonces reaparece Diosdado Cabello, como un fantasma de archivo, pronunciando aquella frase que ahora debería conservarse en un museo de las grandes ironías nacionales:

“Ni una gota”.

Ni una gota para los estadounidenses.

Bueno.

Ahora hablamos de 65 mil millones de barriles.

La gota sufrió cierta inflación.

Pero esa contradicción chavista, aunque deliciosa, termina siendo secundaria frente al verdadero problema.

Porque la pregunta importante no es cuántos barriles van a sacar.

La pregunta es:

¿Qué Venezuela quedará cuando comiencen a sacarlos?

Si regresan las inversiones, aumenta la producción, se recupera la industria y entra dinero al país, magnífico.

Pero si al final permanecen los mismos jueces obedientes, la corrupción, las instituciones sometidas, las radios cerradas, los periódicos desaparecidos, la educación destruida y los ciudadanos temerosos de hablar, habremos cometido nuevamente uno de nuestros errores históricos favoritos:

confundir riqueza con progreso.

Venezuela ya fue inmensamente rica.

Y terminó oscurísima.

Durante demasiado tiempo creímos que tener petróleo era suficiente. Como si la democracia brotara de los pozos junto con el crudo, la justicia viniera dentro de los tanqueros y la honestidad pudiera medirse en barriles diarios.

No funciona así.

El petróleo puede financiar un país.

También puede corromperlo.

Puede construir escuelas o fabricar millonarios instantáneos.

Puede levantar hospitales o alimentar cuentas bancarias.

Puede impulsar una democracia o financiar durante décadas a quienes trabajan para destruirla.

Todo depende de las instituciones que estén alrededor del pozo.

Por eso el desafío venezolano no consiste solamente en volver a encender los taladros.

Consiste en encender el país.

Recuperar la justicia.

Reconstruir la educación.

Garantizar elecciones limpias.

Castigar la corrupción.

Devolver independencia a las instituciones.

Abrir las emisoras.

Permitir que regresen los periódicos.

Garantizar que nadie vuelva a tener miedo por escribir, investigar, denunciar o simplemente preguntar.

Porque una democracia sin prensa libre es una democracia de utilería.

Y un país rico sin instituciones es simplemente un botín muy grande.

Trump puede haber encontrado un negocio extraordinario.

Puede incluso haber encontrado la manera de volver a colocar el petróleo venezolano en el centro de los intereses económicos estadounidenses.

Pero Venezuela necesita bastante más que un buen negocio.

Necesita salir del oscurantismo.

Maduro salió.

Ahora falta desmontar aquello que lo hizo posible.

Y cuando llegue ese momento sabremos si todo esto fue realmente el comienzo de una nueva Venezuela o simplemente otro enorme negocio petrolero celebrado encima de las ruinas de la vieja.

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