
Los alrededores de Mercado Principal se fueron cubriendo de espectadores a medida que la mañana avanzaba, pero antes de las diez ya había una densa multitud ocupando todos los espacios de la Calle Comercio, formando un río humano que desembocaba en el viejo aserradero de Elio Soto y en el popular Mercado de Los Buchones, tal y como había ocurrido hacía apenas tres semanas atrás cuando el Húngaro Loco realizó su primer vuelo sobre la ciudad. La única novedad en esa popular calle era ver algunos niños subidos en los postes de madera que servían de base al tendido de cables del servicio eléctrico, quienes se aventuraron a treparlos para poder ver desde una altura más elevada el esperado despegue del globo.
Edecio Bohórquez, jefe de la policía, giró orden de captura para Asdrúbal Rincón, alias Uvita, para que cumpliera arresto domiciliario por veinticuatro horas para prevenir que el incorregible delincuente cometiera algunas de sus fechorías durante el ascenso o aterrizaje del globo. Los otros integrantes de la pandilla Los Váquiros fueron también detenidos y llevados hasta el Hoyo de Los Humos, en el cerro Leonardi donde funcionaba el quemador de basura de la ciudad, para que ayudaran durante toda la mañana a los trabajadores que incineraban los desechos.
Al semicírculo formado con los taburetes para dar asiento a los invitados que pagaron para ver desde cerca el despegue del globo, fueron llegando sus eventuales ocupantes desde las nueve y media de la mañana. Un total de trescientos cincuentas taburetes de madera fueron ubicados esta vez por Segismundo Bracho, superando los doscientos del primer lanzamiento. Las primeras filas estaban reservadas para los cónsules, el presidente del estado y sus áulicos, para las autoridades eclesiásticas, las cuales volverían a rechazar la invitación, y para los empresarios y comerciantes que habían adquirido entradas.
La banda marcial La Cívica, con su director al frente, hizo su entrada también a esa hora y se ubicó esta vez en una tarima que ordenó construir Segismundo Bracho para que fuera vista por el público y para que el sonido de la música se escuchara con mayor brillo. Sus integrantes estaban vestidos con trajes de gala y, tan pronto como ocuparon sus respetivos sitios en la tarima, comenzaron a ensayar la obertura del Caballo de Bronce de Auber, que sería la única pieza que ejecutarían esa mañana al momento de despegue, como hicieron en la ceremonia del primer velo.
Cuando faltaban pocos minutos para el despegue, un viento leve, pero sospechoso, cruzó por el puerto moviendo al globo de un lado a otro como un postre de gelatina. Las ocho gruesas cuerdas que sujetaban al globo a los ocho sacos de arena de quinientos kilos cada uno, cimbraban por la tensión que ejercían sobre la esfera. Daba la impresión de que el globo estaba nervioso como los caballos que esperan agitados la partida de una carrera.
El sol había desaparecido y el cielo de la ciudad mostraba un azul oscuro que, para los caleteros, estibadores y vendedores del puerto, era el preludio de una lluvia inminente, sin embargo, Segismundo Bracho exclamaba con entusiasmo que todas las condiciones para la elevación del globo estaban dadas, sin darle mucha importancia al viento que sacudía al globo ni a lo negruzco que estaba el cielo. “El clima está perfecto y, para mayor regalo, el sol no se ha aparecido esta mañana”, le dijo a Carlos Luis Medina, quien asintió con su cabeza, pero sin estar muy convencido.
- ¡Bueno, es hora de abordar la nave!”, dijo un animado y decidido Sebastián Katiel, y comenzó a caminar desde su camerino hasta el sitio del globo, flanqueado por Segismundo Bracho y Carlos Luis Medina y en su hombro izquierdo se veía al loro Papagá que esta vez lo acompañaría en el vuelo. Una vez que se encontraba en la tarima de despegue para disponerse a entrar a la cesta del globo, una atronadora ovación cargada de miles aplausos lo recibió. La banda de inmediato arrancó con su apoteósica música y los aplausos de los espectadores que estaban sentados frente a la zona de despegue se unieron a los que emitía la muchedumbre congregada en torno al Mercado y a las calles aledañas colmadas de hombres y niños.
¡Húngaro Loco, eres un héroe! Se escuchaba desde la larga fila de personas aglomerada a lo largo y ancho de la Calle Comercio.
¡Me traéis una palomita ¡
¡Cuidao con los zamuros y buchones!
¡Cuando paséis por El Milagro me saludáis a mi novia Herminia!
¡Anotá en un papel donde están los burros y las burras para salir a buscarlos!
Esa ristra de frases jocosas salía de la inventiva de un público que volvía a ver con admiración cómo un arrojado hombre, al que apenas habían conocido un mes atrás, despertaba simpatía y admiración porque se atrevía a arriesgar su vida volando en un sencillo globo de tela.
Una vez en el interior de la cesta, Sebastián Katiel procedió a revisar todos los instrumentos de vuelo como de costumbre. Se cercioró de que la brújula china estuviera firme en su lugar correspondiente y comprobó además que sus agujas magnéticas apuntaran al norte. El termómetro y el sextante que había comprado en París a un coleccionista de objetos robados estaban asidos a una correa de cuero que rodeaba la cintura de su traje de aeronauta.
Segismundo Bracho mientras tanto no ocultaba su impaciencia. Realizó un último recorrido por la tarima y por el área donde estaban los asientos de las personas que compraron boletos para el espectáculo para confirmar que estaban en correcto orden. Se sentó en uno de los asientos para descansar unos segundos, exhalando luego un breve soplido de agotamiento. Con el pañuelo se secó el sudor de la frente y exclamó: “¡Carajo! Desde el día de mi matrimonio no había sudado tanto”.
Segismundo Bracho extrajo su reloj de leontina del bolsillo del chaleco gris que era parte del traje del mismo color que lucía esa mañana, el cual había ordenado a la Sastrería La Tijera de Oro de Ramón Fuenmayor para estrenarlo en este memorable día. Acercó el reloj a sus ojos y corroboró que faltaban apenas cinco minutos para la hora de despegue, por lo que procedió a subir a la tarima con el propósito de anunciar el inicio del espectáculo. Antes de poner los pies en las escaleras le dijo a Carlos Luis Medina que le entregara el megáfono de mano que le había pedido prestado a Federico Chueca, el propietario de la empresa española de zarzuela que desde hacía una semana se estaba presentado en el teatro Baralt con una pieza en un acto llamada La Borracha.
Segismundo Bracho había asistido la noche anterior a la presentación de la zarzuela en compañía de su esposa, no sin antes haber dejado en el hotel a Sebastián Katiel. Esa noche en el teatro observó con curiosidad desde su asiento en primera fila cómo Federico Chueca se dirigía al público para abrir y cerrar el espectáculo usando un megáfono que ampliaba la sonoridad e intensidad de su voz. Una vez que bajaron el telón, Segismundo Bracho le pidió al cochero que llevara a su esposa hasta su residencia, y se dirigió solo a los camerinos del teatro para conocer al empresario español y hacerle además una propuesta.
- Señor Chuecas, un placer conocerlo, le dijo de entrada al empresario a quien encontró sentado en un taburete fumando un tabaco, sin el traje de gala y con una corbata de lacito desanudada que colgaba con desgano de la camisa blanca, cuyas mangas ya estaban arremangadas.
- Su espectáculo estuvo fastuoso, me agradó mucho, a mi esposa también, agregó Segismundo Bracho sin ahorrar lisonjas. Tiene usted una prodigiosa voz. Estoy aquí para proponerle se encargue de hacer la presentación mañana del despegue del globo con nuestro heroico aeronauta Sebastián Katiel.
Federico Chuecas se levantó de su silla dando mayores evidencias de su pequeña estatura y figura rechoncha que ya las había advertido Segismundo Bracho desde su asiento en el teatro.
- Desde que llegué a esta ciudad – dijo el zarzuelista – de lo único que oigo hablar es sobre ese bendito globo y su alocado polaco. Mire, yo no me presto para presentar espectáculos de circos que puedan tener un final trágico. Mi oficio es llevar alegría, música, risas y de vez en cuando algunas tristezas que terminen en felicidad.
- Disculpe, pero una ciudad que conoce por primera vez que el hombre puede volar en un globo es un espectáculo para celebrar con alegría, no tiene nada de trágico, respondió Segismundo Bracho.
- La tragedia a veces suele estar envuelta en los acontecimientos menos esperados, replicó el empresario español. En mi tierra los globos son cosa conocida desde hace mucho tiempo. No me despiertan pasión y cuando no tengo pasión no puedo anunciar con vehemencia ningún espectáculo. Y, en este oficio, la pasión y la vehemencia son esenciales. Lo único que puedo hacer por usted es facilitarle el megáfono, pero búsquese otro anunciador.
- ¿Entonces, me pueden prestar el megáfono para hacer yo la presentación? Preguntó Segismundo Bracho sin mostrarse ofendido por la arrogante y explícita respuesta que recibió del zarzuelista.
- ¡Claro ¡Tómelo, está encima de esa mesa! Eso sí, me lo devuelve mañana antes de que comience la función.
Con ese breve diálogo Segismundo Bracho había logrado posesionarse de aquel aparato que magnificaba la voz y que le serviría para que fuera escuchado con mayor claridad por el público como él deseaba.
Segismundo Bracho terminó de subir al estrado de la plataforma de despegue y desde allí levantó el brazo derecho, como señal acordada, para indicarle a Carlos Luis Medina que estuviera preparado para sacar las cuerdas de los quicios y liberar al globo para la elevación programada.
¡Bienvenidos todos a este nuevo vuelo en globo que realiza uno de los más arrojados aeronautas del mundo! Dijo a través del megáfono Segismundo Bracho con emoción desbordaba, y un torrente de aplausos emergió como un rugido mezclado de voces cuya intensidad escuchó el obispo Obdulio Rincón esa misma mañana en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de La Chiquinquirá, donde se encontraba acompañado del padre José Francisco Delgado, pues era 8 de marzo, Día de San Juan de Dios, y ambos adelantaban los preparativos de esa festividad religiosa.
-Dios quiera que esta vez aterrice sin dificultades y no en el cementerio de Los Ingleses, dijo el obispo Obdulio Rincón.
- Amén. Masculló el padre José Francisco Delgado.
- ¡Prepárense todos a presenciar esta maravillosa e inédita experiencia que realizará el gran Sebastián Katiel, quien volará en su globo la Mongolfiera para recorrer por una hora los cielos de nuestra ciudad! Exclamó con marcada euforia y vehemencia Segismundo Bracho.
- ¡Llegó el momento de soltar la última de las amarras! Gritó de seguidas y Carlos Luis Medina procedió de inmediato a desatar la última soga que mantenía al globo asido a la tierra. ¡Que Dios y la Virgen protejan al polaco! Fue la silente plegaria de Carlos Luis Medina, quien contagiado como todos por la emoción se persignó sin dejar de ver el globo.
Los acordes apoteósicos de la banda marcial encendieron el ambiente confiriéndole al espectáculo la misma tensión y dramatismo que sintieron todos los asistentes durante el primer vuelo realizado cuatro semanas atrás.
Sebastián Katiel, parado en la cesta del globo con su loro políglota trepado en el hombro izquierdo, movía con pausa el brazo derecho de un lado a otro en señal de despedida. Una vez que el Mongolfiera había alcanzado los veinte metros de altura, dejó de mover el brazo para elevarlo por encima del hombro y mostrar su puño en alto para emular el mítico gesto de Hermes, el mensajero de los dioses que volaba con sandalias aladas.
Mientras el globo alcanzaba mayor altura, un escabroso y espeso manto de nubes negras comenzó a aparecer de improviso por el norte de la ciudad. Avanzaba sin piedad a una velocidad desequilibrante, similar a las de los vientos que suelen sacudir con fiereza a los barcos en los mares y océanos. Era una tempestad que se había desprendido por un desahogo indescifrable de la naturaleza.
- ¿Será el maremoto del que hablaban los caleteros y marinos del puerto? Dijo un Carlos Luis Medina lleno de estupor a Segismundo Bracho, a quien el amenazante fenómeno lo había dejado paralizado, casi sin poder articular una respuesta a su ayudante.
- Tenemos que bajar el globo, dijo un desesperado Carlos Luis Medina, sin recibir respuesta de Segismundo Bracho que continuaba petrificado, con los ojos desorbitados y la boca abierta, sin reaccionar ante aquel repentino, escabroso y espeso manto de nubes negras que en pocos minutos cubrirían la ciudad. “Se los va a comer el viento y esas horribles nubes”, atinó a decir en voz baja, casi inaudible, con una mirada congelada que ya le impedía ver el globo y no lo sabía.
Desde la cesta de la Mongolfiera, Sebastián Katiel y su loro Papagá no daban crédito a lo que tenía frente a sus ojos. Se encontraban a una altura de 100 metros cuando se percataron de la oscura amenaza que estaba en ciernes. Estaban viviendo no la aventura, sino la desventura de poder ver, con mejor claridad que cualquier otro mortal en tierra, el tamaño descomunal y el avance aterrador de aquel monstruo envuelto en vientos hostiles y nubarrones obesos que estaba a punto de poner fin a sus vidas. Los dos miraban absortos y aterrorizados cómo la amenazante tempestad entraba justamente por la cabecera del lago sin que nada la detuviera.
Sebastián Katiel bajó a su mascota del hombro y la aferró al pecho, luego se acostó en el piso de la cesta del Mongolfiera y, con un par cuerdas, de las empleadas para sujetar al globo en la tierra, se amarró al piso de los pies hasta las axilas haciendo un ovillo que lo cubrió a él y a Papagá. El miedo de ambos se acentúo cuando sintieron que los zarpazos del viento comenzaron a estremecer con violencia las telas del globo alterando rápidamente su rumbo y con la amenaza cierta de aventarlos a lugares lejanos. “Por qué Segismundo se atrevió a ponerle nombre al globo”, le dijo Sebastián Katiel a su mascota que, presa de pánico, comenzó a repetir nerviosamente en todos los idiomas que conocía, y con ruidosa algarabía: “sálvanos Señor, sálvanos Señor, sálvanos Señor”.
Los alrededores de la plaza quedaron desiertos en tan sólo segundos. La muchedumbre que se hizo presente en el espectáculo corrió temerosa y casi de un solo impulso salió en estampida a buscar un refugio seguro para no verse arrastrada por la fuerza contundente del viento y para no sentir que el ennegrecido cielo, que había cubierto completamente a la ciudad, los persiguiera con su perversa malignidad. La gente no esperó siquiera que cayeran las primeras gotas de aguas, pero la lluvia no tardó y, al precipitarse, corrió como un torrente indetenible y el Mongolfiera, con Sebastián Katiel y el loro Papagá abordo, ya no se podían ver en un cielo convertido en un extenso manto umbroso atravesado por relámpagos.
El último que pudo ver al globo con sus dos ocupantes fue Cachimbo, un fornido caletero de raza negra y de gran altura que trabajaba en el puerto llevando en una carretilla enormes cargamentos de plátanos y otras mercancías pesadas que bajaban de las piraguas y de los barcos. Cachimbo no estaba entre el público que acudió a ver el ascenso del globo. Cuando apareció la tormenta con su lluvia infernal y lóbrego velo de nubes estaba subido en la torre de La Catedral tratando de dejar instalada la campana nueva que había traído de Italia el obispo Obdulio Rincón.
Cachimbo pertenecía a una familia de esclavos africanos manumisos de origen Bantú que poseían una extraña y excepcional capacidad visual que rayaba en lo sobrenatural. Su abuelo, y el abuelo de su abuelo y tal vez todos sus ascendentes, podían diferenciar treinta y seis tonalidades de verde cuando estaban cazando o recogiendo leña en los espesos montes de su lejana tierra. Esa extraordinaria capacidad de ver más allá de lo normal y discernir colores la había heredado sin duda de sus antepasados. Los incrédulos caleteros del puerto quedaron perplejos en una tarde de apuestas cuando comprobaron que Cachimbo, que estaba parado en uno de los muelles del puerto, deletreó a una distancia de veinte kilómetros, y con notable precisión, los nombres impresos en las popas de los barcos que entraron y salieron ese día por la boca del lago.
-Al polaco y al loro se los tragó una nube gigante que los arrastró hacia el mar, fue la lacerante respuesta que Segismundo Bracho recibió de parte de Cachimbo cuando a la mañana siguiente de la tormenta fue a buscarlo en los malecones del puerto, tras haberse enterado, por los rumores que circulaban en la calle, de que el caletero había visto al globo por última vez desde la torre de la catedral.
Segismundo Bracho no había pronunciado una palabra desde que la tormenta acabó con su espectáculo y hasta probablemente con la vida de su amigo y su loro. La tragedia lo sumió en un prolongado desvelo y en un inquietante mutismo. No había pegado los ojos, ni probado un bocado de comida en casi tres días. La conversación con Cachimbo había sido breve y no podía aspirar que fuera diferente por la parquedad natural del caletero, quien no era proclive a las charlas largas ni ofrecer mayores explicaciones.
-Se los tragó esa nube gigante, señor, yo lo vi con mis propios ojos, reiteró Cachimbo con gesto de disgusto ante la insistencia de Segismundo Bracho, quien tres veces le pidió al caletero que le narrara lo ocurrido esa mañana cuando vio por última vez al globo y a sus ocupantes.
Continuará …





