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Bukele convierte Haití en una guerra santa

Por Luis Felipe Montiel

Nayib Bukele ha llevado a Dios a Haití. No figura en el contingente militar salvadoreño, pero, según el presidente, está de su lado. Del otro están los satánicos: las pandillas que controlan extensas zonas de Puerto Príncipe y que, de acuerdo con el mandatario, practican sacrificios humanos.

«Dios nos concederá la victoria. El Creador del Universo está con nosotros», escribió Bukele el 23 de octubre en su cuenta de X. Remató el mensaje con Deuteronomio 28:7, el pasaje bíblico que anuncia la derrota de los enemigos y su huida por siete caminos.

No afirmó expresamente haber recibido una misión divina ni proclamó que Dios lo hubiese designado para salvar Haití. Su declaración, sin embargo, presenta la operación militar como una causa respaldada por el Creador. El presidente no se limita a prometer una victoria. Da por descontado que Dios se la concederá.

La historia comenzó de una manera bastante menos celestial.

El domingo 18 de octubre, cuatro militares salvadoreños que participaban en la misión internacional de seguridad en Haití desaparecieron después de que hombres armados atacaran el vehículo blindado en el que viajaban. Ocurrió en la zona de Croix-des-Bouquets, en las afueras de Puerto Príncipe.

Según las autoridades salvadoreñas, los cuatro son técnicos aeronáuticos dedicados a evacuaciones médicas. Regresaban de un mercado cuando su vehículo fue atacado. Lograron abandonar el blindado incendiado, pero desde entonces se desconoce su paradero, según la información disponible al 26 de octubre.

El 21 de octubre, Bukele anunció una operación militar para recuperarlos. Exigió a sus presuntos captores que los entregaran vivos e ilesos y advirtió que, de no hacerlo, la respuesta sería mucho más contundente.

Dos días después, la operación adquirió un tono religioso.

«Todos los que se han enlistado son creyentes y hemos encomendado esta misión a Dios», escribió el mandatario antes de calificar de satánicas a las organizaciones criminales haitianas.

También aseguró que estas realizan sacrificios humanos, una acusación particularmente grave para la cual no presentó pruebas específicas en su mensaje. Las atrocidades cometidas por las pandillas haitianas están ampliamente documentadas, pero esa circunstancia no convierte automáticamente en hechos comprobados todas las afirmaciones del presidente.

Una guerra que no empezó con Bukele

Haití lleva años atrapado en una crisis de seguridad que se profundizó tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021. Las bandas armadas ampliaron su control territorial, atacaron comunidades y desplazaron a cientos de miles de personas.

Según las cifras de Naciones Unidas recogidas por EFE, más de 5.700 personas habían muerto o resultado heridas durante 2026 por la violencia de las bandas. A estas organizaciones también se atribuyen centenares de secuestros y numerosos casos de violencia sexual.

El país conoce bien las intervenciones extranjeras. En 1994, una fuerza encabezada por Estados Unidos permitió el regreso al poder de Jean-Bertrand Aristide. Entre 2004 y 2017 operó la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas, conocida como Minustah. Ninguna de esas experiencias consiguió resolver de manera permanente la crisis institucional y de seguridad haitiana.

La actual Fuerza de Supresión de Pandillas, respaldada por el Consejo de Seguridad de la ONU, tiene el mandato de apoyar a la policía local. El Salvador participa en ese esfuerzo internacional; no está actuando formalmente como una fuerza de ocupación independiente.

La desaparición de sus cuatro militares ha modificado las prioridades inmediatas del contingente salvadoreño y provocado el envío de tropas especializadas para buscarlos.

Los cadáveres que no eran

El sábado 24 de octubre apareció una noticia que parecía poner fin a la incertidumbre. The New York Times informó sobre la recuperación de unos restos humanos que se creía podían pertenecer a los soldados desaparecidos.

Bukele desmintió aquella identificación.

«No son nuestros hombres», afirmó el mandatario después de que los restos fueran entregados a representantes salvadoreños. Según su explicación, entre los cadáveres había un niño, un hombre de mayor estatura que los desaparecidos y un militar de Chad.

La identidad de los fallecidos y las circunstancias de sus muertes requieren esclarecimiento. Hasta el 26 de octubre no existe confirmación independiente de que los cuatro militares salvadoreños hayan sido encontrados, vivos o muertos.

La operación continúa bajo esa incertidumbre.

El Creador y la cadena de mando

Bukele llegó al poder en 2019 y construyó buena parte de su popularidad política alrededor de una ofensiva contra las pandillas salvadoreñas. La reducción de los homicidios ha sido uno de los resultados más visibles de su política de seguridad, acompañada de un régimen de excepción que ha provocado denuncias por detenciones arbitrarias y violaciones de derechos humanos.

Ahora pretende trasladar parte de esa experiencia a Haití, aunque las condiciones son distintas. Las organizaciones criminales haitianas controlan territorios, poseen armamento de guerra y se desenvuelven en un país cuya policía y demás instituciones llevan años debilitadas.

El investigador Romain Le Cour advirtió, en declaraciones recogidas por El País, que los enfrentamientos derivados de la operación podrían tener consecuencias humanitarias graves. También señaló que la ofensiva podría favorecer una reunificación de las pandillas que habían mostrado señales de fragmentación.

Mientras tanto, Bukele ha descartado las advertencias de quienes consideran que está entrando en un conflicto mucho más complicado que el salvadoreño.

Su respuesta fue que nunca los había escuchado y que no comenzaría a hacerlo ahora.

La frase resume su disposición política. La cita bíblica añade otro componente: si el Creador está con sus soldados y sus adversarios son satánicos, la operación adquiere en su discurso una dimensión religiosa que excede el mandato formal de una fuerza internacional de seguridad.

Hay una diferencia entre encomendar a Dios la suerte de cuatro militares desaparecidos y presentar la victoria sobre sus adversarios como una certeza divina.

Bukele ha escogido el segundo camino.

Queda por conocer el resultado de la operación, el destino de los cuatro salvadoreños y las consecuencias para la población civil haitiana. Ninguna de esas respuestas aparece en el Deuteronomio.

Y los cuatro soldados todavía no aparecen.

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