miércoles, octubre 14, 2026
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El globo de Katiel | Entrega 4/8 La enigmática mujer de Acrópolis.

Vinicio Diaz

La última tarde que estaría recluido como paciente en el hospital, Sebastián Katiel dejó enfriar la cena que le había dejado la enfermera en la mesita hospitalaria. No tuvo el mínimo interés en abrir la bandeja con los alimentos, la cual permaneció tapada hasta la mañana siguiente. La presencia de la misteriosa institutriz lo sumieron en un pasmoso silencio que lo mantuvo despierto hasta después de medianoche cuando finalmente le sobrevino un sueño profundo que lo venció con la postal Puente de Las Cadenas de Budapest atrapada sus manos, las cuales había quedado ambas reposando sobre su pecho entre las sábanas. -No te ha ido mal aquí después de lo que ha pasado. Te has convertido en Maracaibo en un ídolo más grande que Enrico Carusso, le dijo Segismundo Bracho a Sebastián Katiel cuando lo fue a buscar a la mañana siguiente en la que recibía el alta de los médicos para abandonar el hospital. Eran palabras de aliento cuya intención soterrada era saber con certeza de que el aeronauta no había desistido de la idea que ambos compartían desde el mismo día que entró al hospital: realizar un segundo vuelo en el globo.

  • ¿Revisaron las telas del globo? ¿Encontraron fisuras? ¿Repararon los daños que sufrió la cesta? ¿Mis instrumentos de navegación, los encontraron? Respondió con optimismo Sebastián Katiel, dando muestras de que ya estaban renovadas sus energías y dejando así por sentado que estaba dispuesto a emprender un segundo vuelo sobre la ciudad. No obstante, la extraña visita de la ama de llaves se mantenía presente en su cabeza y estaba dispuesto a despejar todo ese misterioso evento llamando por teléfono al número que le habían indicado en la postal.

-Necesito realizar urgentemente una llamada telefónica, le dijo a Segismundo Bracho.

  • Apuesto que vas a hablar con todas las admiradoras que te enviaron flores, dijo socarronamente el comerciante de telas.

-Solamente necesito realizar una llamada, repitió secamente y sin el deseo de dar mayores explicaciones.

  • Okey, está bien, no hay motivos para tanta seriedad. Cuando lo desees vas a mi oficina en el almacén y desde allá puedes realizar la llamada y hablar el tiempo que quieras. Ahora, recojamos las maletas y vámonos que este sitio me enferma, respondió Segismundo Bracho con su acostumbrado tono gangoso.

Sebastián Katiel no demoró en dirigirse a la oficina de Segismundo Bracho para realizar la llamada al intrigante número telefónico que aparecía escrito en la postal que le habían entregado. Al abrir la puerta respiró el olor pigmentado de las muestras de telas que se encontraban archivadas en grandes cartapacios de cartón duro colocados en tres grandes mesas, los cuales Segismundo Bracho abría y cerraba para mostrar a su clientela la variedad de mercancía que disponía en su almacén. Se dirigió sin titubear al escritorio y, luego de apartar facturas, trozos de telas y catálogos levantó el auricular del teléfono y discó cuatro dígitos.

  • Hola, habla Sebastián Katiel, dijo tajantemente.

-Un momento, espere, por favor, dijo una voz serena de mujer, que supuso se trataba la de la mujer que lo visitó en el hospital.

Esperó unos segundos y la misma voz de mujer le dijo, esta vez con tono nervioso: Disculpe la demora señor Katiel. Nos tomó a todas por sorpresa. Mi señora me pidió que le informara que lo espera en El Acrópolis cuando usted lo considere conveniente.

  • ¿Pero qué es El Acrópolis, donde se encuentra? Expresó el húngaro con angustia, pero no recibió respuesta.

En el galpón en el que almacenaba las mercancías de su tienda, Segismundo Bracho habilitó un espacio para realizar las reparaciones de las telas del globo. Para la tarea contrató a Carmelina Avendaño, Ramira Quiroz y Ofilfulbia Barreto, todas veteranas costureras artesanales a las cuales eventualmente Segismundo Bracho enviaba trabajos de zurcidos, confecciones de cortinas y reparaciones de vestidos. La avería de la cesta del globo se la encomendó al carpintero de rivera Marcelino Carruyo, amigo de su padre, quien regentaba un establecimiento a orillas del lago construyendo cayucos y cestas con cochas de cocos y materiales de las palmeras.

Carlos Luis Medina se había ocupado por cuenta propia y de manera obsesiva durante las dos semanas que estuvo Sebastián Katiel convaleciendo, a mejorar y perfeccionar la estrafalaria máquina que se había improvisado para llenar de aire caliente al globo en el primer vuelo. Durante esas dos semanas no trabajó transportando pasajeros en los coches de Juvenal Bohórquez, por lo que debió resistir con paciencia los reproches de su padre.

“Carlos Luis dejá de trabajar en esa locura que no te llevará a nada”, le decía repetidamente su padre cuando lo veía trabajar hasta entradas horas de la madrugada en el cobertizo que estaba en el patio de la casa familiar, y sin haber probado siquiera un bocado de comida.

“Este aparato es el que me llevará al cielo”, respondía.

El resultado obtenido por Carlos Luis Medina luego de catorce días y catorce noches de desvelos, fue la creación de un quemador de aire caliente con las piezas oxidadas que extrajo de una caldera abandonada en el cerro Los Haticos que perteneció a una devastada refinería que había construido una empresa petrolera inglesa con la frustrada intención de destilar querosén. Con su ingenio, y la ayuda de unos planos publicados en una revista española sobre mecánica llamada Eureka, que pidió prestada en el almacén de Julio Añez, el cochero enderezó láminas de metal, utilizó tuercas, tornillos, abrazaderas, llaves y tubos herrumbrados para darle forma y funcionalidad a un aparato que terminó siendo más eficiente que el empleado en la primera exhibición.

  • ¿Cómo te quedó el ojo, papá?, gritó desde el cobertizo la madrugada cuando el aparato salido de su inventiva funcionó a la perfección una vez que realizó la primera prueba.
  • Con este quemador en tres horas lleno de aire caliente el globo del Húngaro Loco, replicó inmerso en la alegría que suele invadir a los genios de laboratorio.

La fecha del nuevo vuelo del globo fue fijada para el ocho de marzo desde el mismo sitio ubicado frente al Mercado Principal, y a la misma hora: once y treinta de la mañana. Así lo acordaron Sebastián Katiel y Segismundo Bracho cinco días antes en el restaurante Blue Book, donde se reunieron para desayunar y ultimar todos los detalles relacionados con la repetición del vuelo del globo, en compañía esta vez de Carlos Luis Medina, a quien incorporaron al reconocer que se había convertido en una pieza importante para la organización del evento.

-Este segundo vuelo será en el tercer domingo de Cuaresma”, advirtió Segismundo Bracho.

-Lo más seguro es que el padre José Francisco Delgado volverá a decir en su homilía que vamos a profanar el cielo de Dios, dijo Carlos Luis Medina.

  • Ese día es ocho, un número que no me inspiraba mucha confianza, deslizó Sebastián Katiel, pero no hay que temer pues nunca me ha ocurrido nada malo un día con esa fecha.

Los preparativos serían los mismos que se adelantaron para el primer ascenso, pero en esta ocasión se desplegarían trescientas sillas para observar de cerca el espectáculo, en lugar de las doscientas que Segismundo Bracho había logrado vender en la primera exhibición. Alrededor de las telas inferiores del globo se exhibirían también los mismos avisos de las tiendas y empresas que habían contratado anuncios publicitarios en el primer ascenso. Todos debieron ser reelaborados porque quedaron destruidos con el aparatoso aterrizaje en el Cementerio de los Ingleses

Los cónsules de Alemania, Italia, Estados Unidos e Inglaterra volvieron a confirmar su presencia con una semana de antelación. La banda marcial “La Cívica” fue contratada nuevamente debido al éxito de la primera vez, y anunció que, por petición del público, volvería a interpretar la pieza El Caballo de Bronce de Auber en el momento en que el globo ascendiera. Fernando Ferrebús imploró a Segismundo Bracho que le permitiera viajar en el globo para tomar las primeras fotografías aéreas de Maracaibo. Todos los días lo visitaba en la tienda de telas para tratar de persuadirlo, pero recibía la misma respuesta:” Fernando, la cesta del globo soporta el peso de una persona, además, vos estáis pasado de kilos y con la carga de la cámara se agrega otro peso”.

-Estáis matando la posibilidad de hacer historia, le repetía con insistencia el fotógrafo lleno de impotencia y frustración.

  • Lo que estoy evitando es que te matéis, respondía contundente el comerciante de telas.

Las autoridades policiales por su parte informaron que aplicarían las mismas medidas de seguridad desplegadas en el primer evento, pero anunciaron que mantendrían en la cárcel a Asdrúbal Rincón, Uvita, pues no querían arriesgarse a liberarlo por el temor de que volviera a reincidir en una de sus tropelías. Y, el general Otoniel Mavarez, al conocer la fecha de la nueva exhibición, ordenó que enviaran la notificación oficial correspondiente del evento al obispo Obdulio Rincón para que estuviera enterado, pero esta vez solicitó que agregaran a la comunicación un boleto y una carta en la que invitaba al prelado a sentarse a su lado en las sillas reservadas para presenciar el segundo viaje del Globo de Katiel.

-El general cree que yo soy cogido a lazos”, le dijo el obispo al padre José Francisco Delgado luego de leer la carta de invitación. “Lo más seguro es que está apostando con sus tahúres a que estaré presente y a su lado en la repetición de ese bochinche hereje”, agregó.

Dos días antes de la repetición del vuelo del globo, Segismundo Bracho y Sebastián Katiel apuraban a las tres costureras que reparaban las telas del globo en el galpón del almacén porque estaba cayendo la tarde y consideraron que era razonable que se fueran a sus casas luego de haber trabajado casi todo el día. Cuando Segismundo Bracho se disponía a cerrar la puerta principal de su establecimiento, escucha que Sebastián Katiel le pregunta: ¿“Me puedes acompañar a un sitio nocturno llamado El Acrópolis”?

  • ¡Carajo!, respondió con asombro Segismundo Bracho. ¿Antes del segundo vuelo tienes ganas de pasar la noche con una bella dama extrajera?, agregó con el mismo tono de asombro inicial.
  • ¿Recuerdas que hace dos semanas atrás necesitaba realizar una llamada? Replicó Sebastián Katiel. Pues, bien – añadió – marqué un número que estaba indicado en una tarjeta postal y la persona que me atendió dijo que fuera a ese lugar, que me esperaban cuando lo considerara conveniente. Creo que hoy ese día.

Sebastián Katiel se abstuvo que explicar que la voz que estaba detrás de la llamada tenía un tono dulce y sereno, muy similar a la de la enigmática mujer que lo visitó semanas antes en el hospital, una visita que había mantenido en absoluto silencio por considerar que se trataba de un asunto personal.

  • ¡Y quién es esa persona?, preguntó Segismundo Bracho.

-Todavía no sé. Me explicaron que se trata de una admiradora, respondió Sebastián Katiel.

-Bueno, esa admiradora, amigo, obviamente debe ser una de las tantas mujeres que trabajan en ese burdel de lujo, expresó sin mucho ambages Segismundo Bracho, para que el húngaro tuviera claro con qué tipo de persona estaba a punto de involucrarse.

El Acrópolis en efecto era un prostíbulo para hombres adinerados que se encontraba en el cerro de La Cruz, muy alejado de las casas de las familias extranjeras que habitaban en Los Haticos. Estaba regentado por una mujer de origen europeo y de singular belleza a la que llamaban La Polaca. El nombre del prostíbulo había sido tomado de la antigua ciudad griega en la que se realizaban festejos y celebraciones de culto. Su estructura tenía forma de mezquita y frente a su fallada lucía seis columnas dóricas blancas de dos metros de altura cada una.

El Acrópolis disponía de todas las bondades para darle a los clientes inolvidables noches de placer y desahogo. Su atractivo principal eran las voluptuosas damiselas de distintas nacionalidades que, con sus rostros recargados de maquillaje, se ocupaban de apaciguar las fantasías y pasiones ocultas de hombres casados y solteros. Las mujeres eran estrictamente seleccionadas por La Polaca, tenía nacionalidad francesa, belga, holandesa e inglesa. Por lo general eran altas y blancas, con exuberantes atributos físicos enfundados en vestidos vaporosos con encajes de pedrería, lentejuelas o emplumados, que noches tras noches estaban envueltas en intensas fragancias surgidas de esencias penetrantes, y que chasqueaban el español para vender sus encantos y narrar sus secretos amatorios antes de ejecutarlos.

Sebastián Katiel no se impresionó con el ambiente que observó una vez que entró al local acompañado de Segismundo Bracho. Conocía lugares con atmósferas similares que frecuentó durante sus travesías por los países que había visitado como aventurero trashumante. Había trabajado incluso durante cinco años en un célebre cabaret de México antes de dedicarse a sus tareas como empresario de espectáculos volando en un globo.

De lo que sí quedó impresionado Sebastián Katiel fue de una mujer blanca, exuberante, de pelo rubio y encrespado que llevaba un traje celeste con encajes verde manzana que combinada con sus ojos azul claro, la cual estaba sentada en una suerte de trono cerca de la barra del bar y acompañada por la misteriosa mujer que lo había visitado la última tarde que estuvo recluido en el hospital que se había identificado como institutriz. Al escrutar con detenimiento el rostro de la mujer sentada en el trono, supo quién era la misteriosa “admiradora” que lo deseaba conocer y que le había enviado la tarjeta postal con el mensaje Várom hívását (espero tu llamada). – ¡La Chubby! ¿Qué hace aquí?, exclamó lleno de estupor y en voz baja.

  • Esa es La Pola…, trató de corregir Segismundo Bracho, pero una respuesta casi instantánea del húngaro no lo dejó terminar la frase.
  • No, es la Chubby, repitió Sebastián Katiel con total y absoluta convicción, sumergido en un estupor que lo había dejado paralizado, con una mirada que no se desvió por varios segundos de la imagen de la mujer sentada en el trono, la cual se fue haciendo poco a poco vidriosa y después se hizo opaca y perdida.

CONTINUARA

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