miércoles, julio 22, 2026
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El mar que ya no es el mismo mar

Luis Felipe Montiel

Hay un país que se cuenta por dentro de otro país, y ese país de adentro tiene lanchas en vez de autobuses, y tiene un santo —San Juan, para más señas— que estaba de fiesta el día que la tierra decidió que ya no quería seguir quieta. Esto pasó un 24 de junio, a las seis de la tarde, hora en que en Venezuela nadie se muere de sed pero sí de calor, y el litoral central, ese hilo de pueblos que se cuelgan del mapa como quien cuelga la ropa a secar, tembló.

Yo no sé si ustedes conocen esa palabra, brisón. No está en el diccionario, está en la piel de la gente de Puerto Cruz, de Puerto Maya, de Cepe. Es una brisa que no es brisa de nadie, ni de la tarde ni de la noche, una brisa bastarda que llegó ese 24 de junio y se quedó a vivir ahí, como esos parientes que uno no invita pero que terminan durmiendo en el cuarto de los muchachos. Desde entonces el mar tiene otro carácter. Se recogió, dicen, varias veces, dejó las lanchas botadas en la arena seca como zapatos fuera de la cama, y la gente —que le ha perdido el miedo a tantas cosas en este país— le agarró miedo al agua. Miedo de verdad, miedo de madre. Una mujer llamada Brígida lo dice sin necesidad de metáfora: no quiere que su hijo se bañe, no vaya a ser que el mar se lo lleve cuando se le antoje recogerse otra vez.

Y aquí viene lo que a mí me gusta de este país y me duele al mismo tiempo: que la tragedia grande, la de las noticias, la de los muertos, se quedó en La Guaira, en el pueblo grande, y estos pueblos de al lado —Chichiriviche de la Costa, Puerto Cruz, Puerto Maya, Cepe— no tuvieron ni un muerto que llorar, pero se quedaron sin la manera de comer. Porque el terremoto no solamente tumba paredes, también tumba caminos, y estos pueblos vivían de Catia La Mar como uno vive del mercado de la esquina, y ahora ese mercado quedó del otro lado de un país partido. Hay que ir hasta Carayaca, una hora en carro por una carretera que tampoco quedó entera, para comprar un kilo de arroz que antes se conseguía caminando.

Las casas que se cayeron no eran mansiones, eran cuartos del tamaño de una cama matrimonial, hechas a mano, a punta de bloque y cemento a medio pagar, sin friso, porque el friso en Venezuela es un lujo que se deja para cuando Dios quiera. Brígida sacó viva a su mamá de debajo de una pared. Marbelis les mostraba a los que llegaban en lancha, sin saber quiénes eran, las casas caídas, como quien enseña una herida que ya no sabe si sigue doliendo o si el dolor ya se hizo costumbre. Y Karina, que llegó de la Colonia Tovar hace veintiún años, dice una frase que debería estar tallada en algún lado: que si le dieran una casa en otra parte, la aceptaría. Eso, en un país donde la tierra propia es casi un asunto sagrado, es una rendición callada, sin escándalo.

Mientras tanto el mundo de afuera —el mundo del wifi, de la luz que se va cinco horas al día por costumbre vieja y no por el terremoto— se sostiene de una antena de Starlink en un negocio frente a la cancha de bolas criollas, porque la otra antena, la del Estado, se cayó hace meses y nadie la ha vuelto a levantar. Las lanchas, que son el autobús, el camión y el mensajero de estos pueblos, tienen que navegar una hora para buscar gasolina, y juntan los bidones de todo el pueblo en una sola embarcación, como quien reparte la única vaca entre todos los vecinos.

El mar, para colmo, cambió de fondo. Donde había arena ahora hay piedra, donde había diez metros ahora hay más, y los peces —que no entienden de sismos ni de geografía— se fueron a otro lado. Enrique Liendo lo dice desde su hamaca, con la resignación de quien ya ha visto pasar varias vidas por el mismo pedazo de playa.

Y sin embargo —porque en Venezuela el «sin embargo» es casi un signo de puntuación nacional— llegan seis turistas de Barquisimeto a Choroní, y de ahí a Cepe, como los primeros pájaros después de la tormenta. Richard prepara su guarapo de parchita. Micaela, la maestra jubilada, abre la posada todos los días aunque no llegue nadie. Laurimar repara su restaurante desde una silla de ruedas y jura que atenderá a quien llegue, aunque tenga que ir hasta Caracas a comprar la mercancía.

Así es esto: un país que tiembla, que se queda sin luz, sin señal, sin pescado, y que aun así abre la posada, prende el fogón, y espera. Porque saben, como dice la gente de la costa, que hay que seguir.

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