domingo, octubre 11, 2026
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El globo de Katiel | Entrega 1/8 El vendedor de telas y el aeronauta húngaro

Por Vinicio Díaz Añez

—Mire, las palomas son las que pueden volar, y eso si Dios se los permite —le dijo el padre José Francisco Delgado en el presbiterio de la catedral al inquieto monaguillo que le informó, lleno de asombro, que una multitud, nunca antes vista en la ciudad, estaba reunida en los alrededores del Mercado Principal de Maracaibo, a la espera de que soltaran las amarras de un gigantesco globo que, en menos de una hora, despegaría para intentar volar sobre el cielo de la ciudad con un hombre a bordo.

El clérigo fingió no estar enterado de la información que recibía. Prosiguió su camino hasta el altar y, antes de llegar, le murmuró al monaguillo con el tono sereno y discreto con que solía expresarse:

—Quédate tranquilo, eso no es otra cosa que un bochinche más.

Era martes 12 de febrero de 1910, víspera de la temporada de carnaval, una festividad que a menudo se celebraba con mucha sobriedad y recato, sobre todo después de que el presidente del estado impusiera una resolución para evitar los desórdenes y excesos de años anteriores. La ciudad, sin embargo, rebullía por todos lados. Más de tres mil personas esperaban, con impaciencia y expectación, que despegara aquella descomunal bolsa de tela de seda, forrada con papel resinoso y abierta en su parte inferior para recibir el aire caliente que necesitaba para elevarse. Era, sin duda, un globo imponente: medía quince metros de altura por siete de diámetro y tenía una cesta de diecisiete metros de circunferencia, fabricada con fibras de junco y capaz de soportar el peso de una persona.

Veinte carteles bastaron para convocar al espectáculo, aquel bochinche, como lo calificaba el padre José Francisco Delgado. «¡Llegó el Globo!», se leía en grandes letras pintadas con tintas roja, amarilla y azul en los carteles que habían colocado una semana antes en las veinte principales esquinas de la ciudad. En todos aparecía un globo que destacaba sobre un cielo de gran pureza, con la cesta de junco sostenida por una intrincada red de gruesas cuerdas.

Con el vuelo del globo, los habitantes de la ciudad tratarían de despejar una duda transmitida de generación en generación durante casi doscientos años y que todavía escuchaban con incredulidad a comienzos del siglo veinte: que el hombre estaba creando aparatos para volar y podía compartir con la naturaleza los amplios y profundos espacios de unos cielos aún no profanados.

Ni los mítines espontáneos de Venancio Pulgar en la Plaza de San Juan de Dios, ocurridos treinta años atrás durante las tumultuosas jornadas de protesta para asesinar y derrocar al gobernador Jorge Sutherland, podían compararse con la concentración pública de aquel 12 de febrero de 1910. La aglomeración obligó a cerrar varios establecimientos comerciales del entorno del Mercado Principal, entre ellos la muy visitada Casa McGregor, la Botica Concordia, La Gran Bodega y la empresa alemana de importación Brewer y Moller.

Desde el Mercado Principal partía una abigarrada hilera humana que se extendía por toda la calle Comercio, cubría sus caminerías, bordeaba los límites de la iglesia San Felipe Neri y terminaba a orillas del lago, muy cerca del viejo aserradero de Elio Soto y del popular Mercado de Los Buchones.

El fotógrafo Fernando Ferrebús, cuyas facultades para registrar con su cámara cualquier suceso inédito y trascendente ya eran proverbiales, había sido contratado por los promotores para plasmar en imágenes el singular evento. Desde las nueve de la mañana había hecho tomas en el propio sitio de los acontecimientos. Una hora después se dirigió presuroso a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá para fotografiar desde el campanario el memorable suceso que estaba por ocurrir.

Cuando Fernando Ferrebús instaló su cámara alemana Leica Ernemann en el piso de la torre derecha de la iglesia, vio cómo crecía la concentración de personas. A su lado estaba Rubén Aguirre, el Campanero, el popular personaje que despertaba a toda la ciudad y anunciaba con tañidos el inicio de las misas.

—Coño, ahora sí es verdad que aquí todo el mundo lleva sombrero —exclamó el fotógrafo, asombrado, al observar a través de la lente incontables chapeos blancos, grises y oscuros sobre las cabezas de quienes llenaban la plaza.

—Y no hay mujeres, porque no se ven paraguas —expresó Rubén el Campanero con acertada ingenuidad.

Tres días antes de la concentración en el Mercado Principal, el padre José Francisco Delgado había recibido, sin muchos detalles, la noticia de la exhibición del globo. Se la había dado el obispo Obdulio Rincón, quien, a su vez, la había recibido del secretario del presidente del estado para informarle que el gobierno regional había autorizado el espectáculo. No era la primera vez que las autoridades locales aprobaban un evento público sin pedir previamente la opinión o el consentimiento del principal representante de la Iglesia.

La presidencia del estado la ocupaba el general Otoniel Mavárez, un personaje de carácter temperamental y voluble, proclive a reaccionar de manera déspota y aficionado a las grandes celebraciones, las bebidas y las mujeres. También apostaba sin freno a las cartas, a las peleas de gallos, a las carreras de burros y de caballos; en fin, a todo lo relacionado con los juegos de envite y azar. Aquello revelaba una clara tendencia a la ludopatía, por lo que no era un gobernante ejemplar a los ojos del obispo ni de la Iglesia en general.

Entre sus colaboradores más cercanos eran conocidas las frases obscenas que empleaba el general Otoniel Mavárez cuando le recordaban que debía consultar o comunicarle al obispo cualquier decisión relacionada con un espectáculo de interés público. «El cura al coño y el vivo al bollo», repetía con acentuado sarcasmo para dejar claro que, a su juicio, no había otra voz de autoridad que la suya.

El obispo Obdulio Rincón recibió la notificación oficial sin protestar, como en otras ocasiones, pero dio instrucciones a los párrocos para que alertaran a los fieles sobre la llegada a la ciudad de un aparato que podía representar una amenaza para los dogmas cristianos.

—En su próxima misa, que es la del martes, le agradezco que mencione esa locura —le advirtió al padre José Francisco Delgado durante las exequias del rico empresario y benefactor de la Iglesia, don Luis Renato Roncajolo. Ambos oficiaban la misa de responso del ilustre difunto.

A las once de la mañana de aquel 12 de febrero de 1910, el padre José Francisco Delgado dio inicio a la misa de preparación para la Cuaresma. Asistían los devotos que no simpatizaban con las serpentinas, las carrozas y los disfraces escandalosos. El sacerdote vestía una túnica violeta y llevaba el cíngulo ceñido a la cintura. Había subido al ambón ayudado, como siempre, por un cajoncito de madera que le permitía alcanzar la altura necesaria para ver a los feligreses.

En el seminario, sus compañeros de estudios lo llamaban «Medio Huevo», un curioso apodo que había recibido por su baja estatura, su figura rechoncha y la coloración albina de su piel. Ningún devoto se atrevía a repetir aquel ofensivo cognomento, ni siquiera de lejos, mucho menos en su presencia, por temor a recibir una severa reprimenda.

Ya instalado en el ambón, el padre José Francisco Delgado abrió la Biblia en el pasaje del Evangelio que había escogido y habló con tono enérgico y admonitorio ante el modesto grupo de fieles reunido para la misa matinal:

—¡Una gran profanación está a punto de realizarse en esta ciudad!

Detuvo por unos segundos el inicio de su homilía para medir el impacto de sus palabras y comprobar si habían sacudido el discreto silencio del templo. Luego continuó:

—Un ser extraño, del que no sabemos absolutamente nada, venido quizá de algún rincón demoníaco del mundo dominado por el vicio y la concupiscencia, está inflando un globo de tela con una cesta para meterse en ella y volar por el cielo de Maracaibo, sin pensar que ese cielo que nos rodea solamente le pertenece a Dios.

Extendió su homilía y advirtió a las mujeres creyentes que, por ningún motivo, se acercaran a presenciar la escena dantesca levantada en los alrededores del Mercado Principal. Hacerlo, les dijo, sería cometer el peor de los sacrilegios ante la Iglesia y el Creador.

—Las mujeres —sentenció— deben mantenerse en sus hogares, atendiendo los quehaceres, cumpliendo con sus obligaciones diarias, cuidando a sus familias y recitando sus oraciones. No deben dejarse seducir por invitaciones perversas que tienen como fin alejarlas del buen camino.

Con esas palabras cumplió a pie juntillas la tarea que le habían encomendado. Al mismo tiempo, sintió alivio porque se libraba de otra de las pesadas cargas que con frecuencia le endosaba el obispo.

Aquel ser extraño al que aludía el padre José Francisco Delgado era el aeronauta, acróbata, empresario y aventurero húngaro Sebastián Katiel. El polifacético personaje tenía cuarenta y cinco años y conservaba en su físico las huellas de su juventud. Era corpulento, de elevada estatura y ojos cetrinos, rasgos que había heredado de sus antepasados y que lo identificaban como un indiscutible europeo.

Estaba de visita en la ciudad por invitación de Segismundo Bracho, un comerciante de Maracaibo que regentaba, por herencia familiar, una tienda de telas llamada El Líbano, ubicada en pleno centro. La presencia de Sebastián Katiel tenía un único propósito: subir al cielo a bordo de un rudimentario globo de tela para que los habitantes de la ciudad comprendieran que el hombre ya disponía de recursos para volar.

Segismundo Bracho había conocido a Sebastián Katiel en Curazao, durante una exhibición del globo en una de las playas de la isla. Nunca antes el comerciante había visto un globo tripulado volar por el cielo. Solo tenía vagas referencias, contadas por su padre en las reuniones familiares, sobre una de aquellas esferas aerostáticas que, veinte años atrás, habían recorrido con algunos sobresaltos los cielos de Valencia bajo las temerarias maniobras de un acróbata mexicano de apellido Fonseca. El artista realizaba arriesgadas maromas sobre la baranda de la cesta, vestido con un traje dorado ceñido al cuerpo y cubierto de lentejuelas que refulgían con la luz del sol.

Ese mismo acróbata de apellido Fonseca había llevado a Barquisimeto su espectáculo suicida, como lo calificaron algunos diarios de esa ciudad. Los espectadores sintieron que los nervios les estallaban de crispación al ver al acróbata, a más de trescientos metros de altura, caminar y saltar sobre las barandas de la cesta.

Sin pensarlo dos veces, cuando la nave apenas se posaba en las blancas arenas de las playas curazoleñas, Segismundo Bracho se apresuró a felicitar a Sebastián Katiel, como parte del enjambre de personas que deseaban mirar de cerca al arrojado hombre que dominaba los cielos. Fue el primero en acercarse al húngaro, luego de abrirse paso a fuerza de codazos y empujones. Su figura delgada y su mediana estatura le permitieron escurrirse entre el público y evadir los obstáculos que se interponían entre él y su objetivo.

No esperó a que terminaran de fijar los lastres que sujetaban el globo a tierra. Tampoco a que Katiel bajara de la cesta de juncos que servía de sala de comando. Con un fuerte impulso, introdujo medio cuerpo en la cesta y le dijo a Sebastián Katiel, con voz gangosa por el defecto de sus labios leporinos:

—¡Usted se viene conmigo a Maracaibo! Quiero presentarlo en mi ciudad y no quiero excusas.

Por fortuna, Sebastián Katiel entendió claramente lo que Segismundo Bracho le había dicho, ahogado por el esfuerzo de la carrera. Había aprendido español de los artistas de un circo andaluz que se instaló durante varios meses en Sículos, su pueblo natal en Hungría. A los dieciséis años se había incorporado al circo, seducido por su espíritu aventurero y por un deseo irrefrenable de recorrer el mundo.

Comenzó realizando los oficios más infames: remover los excrementos de los animales de las jaulas y alimentarlos; ayudar al Hombre que Tragaba Fuegos y a la Mujer Barbuda; lavar y planchar los trajes de los trapecistas. También aprendió las nociones básicas del malabarismo.

Como testimonio de su paso trashumante bajo las carpas, le quedó el tatuaje de una pata de gallina húngara con tres diminutos pétalos de rosa dispuestos sobre un semicírculo. Aquel extraño tatuaje, que servía para identificar a los miembros del circo, era azul y estaba dibujado con finura alrededor del tobillo derecho. Resaltaba sobre una piel blanca que rara vez recibía la luz del sol.

—Vaya al bar del Hotel Curazao esta noche a las siete y allí conversamos —respondió Sebastián Katiel con tono amable y sonriente, en un español fluido. No mostró sorpresa ni molestia ante la atrevida e impetuosa acción de Segismundo Bracho, ni ante una petición que no esperaba.

Una hora antes de la cita, Segismundo Bracho ya estaba sentado en la barra del Hotel Curazao, impaciente por la llegada de Sebastián Katiel. Su presencia contrastaba con la de los demás huéspedes, en su mayoría turistas extranjeros procedentes de Europa y otros lugares del mundo, que estaban de vacaciones en la isla y querían broncearse.

Su apariencia delataba los rasgos árabes heredados de sus abuelos paternos, descendientes de familias libanesas. Al asentarse en Maracaibo después de huir de su país, obligados por una de las tantas guerras entre drusos y cristianos, habían visto cómo el apellido original Brachat se transformaba en Bracho porque la clientela confundía la pronunciación.

«El Turco Bracho» llamaban a su abuelo y, después, a su padre, Abdul, quien se había casado con Carmelina Urdaneta, descendiente del general Rafael Urdaneta. Sus amistades íntimas llamaban a Carmelina «La Cañadera». Con Segismundo, la cadena se había interrumpido por una razón poderosa que él mismo solía expresar:

—Me parezco más hijo de La Cañadera que del Turco.

A lo anterior se añadía su defecto vocal: tenía los labios hendidos, lo que hacía que sus conversaciones fluyeran con sonidos nasales, pese a sus esfuerzos por evitarlos.

Segismundo Bracho vestía el mismo traje de lino blanco, los zapatos de dos tonos y el sombrero canotier blanco que llevaba en la playa cuando vio por primera vez un globo volando en el cielo. Estaba en Curazao porque había tenido que gestionar la entrega de un lote de telas retenido en el puerto. Uno de sus proveedores libaneses no había podido enviarlo a Maracaibo por inconvenientes legales en la aduana.

Sebastián Katiel apareció justo cuando el comerciante de telas paladeaba su segunda copa de brandy Hennessy. Tenía la apariencia de un dandi: vestía una estrambótica bata cruzada con dibujos japoneses en blanco y negro, pantalón verde oscuro con vuelta en el bajo y sandalias de cuero de suelas gruesas y perforadas. Llevaba un sombrero Panamá beige.

Segismundo Bracho lo observó con mirada suspicaz, de la cabeza a los pies. No estaba acostumbrado a ver hombres vestidos con las extravagancias del aeronauta, así que mantuvo una discreta reserva que se quebró cuando Sebastián Katiel le preguntó qué opinaba de su atuendo.

—Hay ocasiones en que debemos romper con los moldes de la moda. ¿No le parece, amigo? —preguntó Sebastián Katiel.

—Bueno, si usted aparece vestido así en una reunión en Maracaibo, de seguro dirán que le robó a su madre la cortina de la sala de su casa —respondió Segismundo Bracho con franqueza.

—Por cierto —preguntó enseguida, intrigado—, ¿qué significa esa pata de gallina en el tobillo?

—Es el tatuaje con el que marcan a quienes forman parte del circo donde trabajé. Es una pata de gallina húngara con tres pequeños pétalos de rosa que significan lealtad, coraje y amor.

Dejaron a un lado el tema de la vestimenta y los tatuajes y comenzaron a intercambiar ideas para organizar y llevar el espectáculo a Maracaibo. Acordaron fijar en 1.800 bolívares los honorarios del tripulante del globo. Los gastos adicionales de la exhibición —el traslado de los equipos, el ayudante, el hospedaje y otros— correrían por cuenta del promotor, que en este caso era Segismundo Bracho. Este aceptó las condiciones convencido de que podía financiar la inversión.

—Voy a mover cielo y tierra para que su gran espectáculo pueda verse en Maracaibo. ¡Mi gente va a conocer por primera vez lo que es ver volar a un hombre en el cielo! —exclamó Segismundo Bracho con desbordada euforia.

Continuará.

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