domingo, octubre 11, 2026
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El regalo de Navidad

SERIE ESPECIAL | LOS VERSOS DE TAREK | CAPÍTULO II DE VI

Por Luis Felipe Montiel

Uno se sienta a ver una rueda de prensa del veintiséis de diciembre con la misma disposición con que se come una hallaca recalentada con respeto a la tradición. Y resulta que ese día el fiscal Tarek William Saab apareció ante las cámaras con un obsequio que nadie había pedido en el amigo secreto: un crimen resuelto. Traía dos confesiones grabadas, las de Natalia y Guillermo Améstica, que contaban cómo, según su versión, habían muerto Canserbero y Carlos Molnar en enero de 2015. Ocho años de espera, imagínese usted, y de pronto el misterio llegaba envuelto, con lazo y todo, como esos regalos que uno abre delante de la visita para que la visita vea que sí hubo regalo.

El fiscal hablaba con la satisfacción de quien encuentra las llaves después de ocho años y decide celebrar antes de abrir la puerta. Había asesinos confesos, una reconstrucción, hasta una historia de encubrimiento policial. En un país donde los expedientes envejecen mejor que sus testigos, aquello merecía una ovación, y la hubo.

La cosa es que la versión anterior, la de 2015, decía lo contrario: que Tirone González, el hombre detrás de Canserbero, había matado primero a Molnar y luego se había lanzado desde un edificio de Maracay. A los seguidores del rapero les tocó cargar ocho años con esa explicación, tan devastadora como difícil de aceptar. Y de pronto la Fiscalía anunciaba que aquello era falso. Cambió los culpables, el argumento y el desenlace; lo único que no cambió fue la seguridad con que se presentan las conclusiones, esa que parece no necesitar preguntas. Dicho sea de paso, la nueva versión tenía una virtud política: rehabilitaba la memoria del artista y convertía al fiscal, admirador declarado suyo, en el hombre que corregía una injusticia. Según contó él mismo, fueron las preguntas de los seguidores en las redes las que lo animaron a reabrir el caso. Hay quien consigue una causa popular. Y, de paso, una formidable audiencia.

Según reconstruyó la periodista Isayen Herrera en Armando.info, bastaron 35 días para armar la nueva acusación. El 2 de febrero de 2024 los hermanos fueron condenados a 25 años mediante una admisión de hechos, sin que las pruebas fueran debatidas en un juicio ordinario. Treinta y cinco días: en Venezuela no se consigue una partida de nacimiento en ese tiempo, pero sí, al parecer, un caso cerrado.

Entonces aparecieron otras voces. Guillermo Améstica denunció, en audios examinados por Armando.info, amenazas y torturas para aceptar la versión oficial, y sus abogados cuestionaron las condiciones de la defensa. El abogado Joel García también cuestionó públicamente la validez de las confesiones. Son denuncias graves, y conviene decirlo con todas sus letras: aún esperan una determinación judicial independiente. No prueban que Saab ordenara nada, ni convierten en inocentes a los condenados. Solo obligan a preguntarse cuánto vale una confesión cuando se discute si fue voluntaria. Porque una confesión puede ser una prueba, pero no es una varita mágica; para eso existen las autopsias, los laboratorios y esa molesta costumbre de comprobar.

Y aquí la historia se pone interesante. En mayo de 2026, Armando.info publicó una investigación basada en más de cinco mil folios del expediente. En su entrega «El tribunal que falló la cuadratura del círculo», describe un detalle que merece algo más que una rueda de prensa. Según las confesiones, Canserbero ya había muerto en el apartamento cuando lo lanzaron desde el décimo piso. Sin embargo, las experticias forenses de 2015 y de la exhumación de 2023, examinadas por los periodistas, apuntaban a que estaba vivo al llegar al suelo. La anatomopatóloga Elizabeth Pelay explicó en el juicio que ciertas lesiones mostraban reacción vital, es decir, sangrado de un cuerpo con la circulación todavía en marcha. Dicho en castellano corriente: el cadáver de la confesión no coincide del todo con el cuerpo que examinaron los especialistas.

Eso no demuestra quién lo mató ni cómo cayó; tampoco borra las condenas. Señala, simplemente, que una pieza central de la reconstrucción no cierra. La investigación periodística apunta además que no se practicaron pruebas de ADN, que algunas simulaciones de la caída quedaron incompletas y que los periodistas no encontraron en los documentos examinados pruebas suficientes del supuesto pago de diez mil dólares a policías para el encubrimiento. A un poeta se le perdona no hallar la palabra exacta; a un fiscal que acusa de asesinato hay que pedirle algo más que inspiración.

Nada de esto rescata la versión de 2015, que tuvo sus propias grietas: muestras deterioradas, diligencias discutibles y una conclusión que los familiares del rapero rechazaron desde el principio. No se trata de escoger cuál de las dos verdades oficiales nos cae más simpática, como quien elige entre dos equipos que no son el suyo. Se trata de averiguar qué pasó.

Pienso, mientras tanto, en Carlos Molnar, que en toda esta historia parece condenado a ser el acompañante de su propia muerte. La fama de Canserbero atrajo las cámaras, pero la justicia les debía una respuesta a los dos.

Yo vuelvo a aquel veintiséis de diciembre, a la mesa con el televisor encendido y la visita aplaudiendo el regalo, y me acuerdo de que uno, por educación, no pregunta si el obsequio tiene factura. Se dice gracias, se sonríe, se guarda en el clóset. Y a veces, mucho después, alguien lo saca y se da cuenta de que no cierra bien.

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