Por Vinicio Díaz Añez
Sebastián Katiel arribó al puerto de Maracaibo proveniente de Curazao tres días antes de lo previsto para la exhibición del globo, casi al caer la tarde, abordo del vapor SS Caracas de tres mil toneladas propiedad de la línea de vapores Red Line. Había dejado el puesto de pasajero para ir a la cubierta del vapor porque le agradaba ver a los barcos atracar, por lo que estaba de pie, y con las dos manos asidas a las barandas de estribor, cuando el vapor hizo su entrada al puerto.
El húngaro quedó sorprendido por el ambiente trepidante que observó en los muelles donde pasajeros, vendedores y caleteros se confundían en medio de maletas, carretillas y mercancías de todo género que eran llevadas de un extremo a otro de los malecones. La brisa vespertina que soplaba le permitió aspirar el olor lacustre y sintió que era distinto al aroma salobre del mar. Era la primera vez que estaba en Maracaibo y percibió que el puerto tenía un ambiente parecido al de las otras islas del Caribe que había visitado llevando su espectáculo, sólo que olía diferente.
-Este puerto huele a algas dulces, dijo, y se dirigió a buscar su equipaje antes de que el vapor finalmente atracara.
Al bajar llamó de inmediato la atención de todas las personas que estaban en el puerto, pues vestía un traje de lino inglés amarillo claro, botines negros de charol con botones plateados por los que pasaban las trenzas, y un sombrero negro de copa como el que usan los magos para esconder los conejos.
¡Llegó el esposo de Loló, la holandesa! Se escuchó decir desde la rada donde atracaban las piraguas que traían los plátanos del sur del lago, en alusión a una morena vendedora de dulces arubana que solían ofrecer confites en la Plaza Baralt vestida con escandalosas y coloridas indumentarias y, sobre su cabeza, un enorme y pintoresco sombreo de fibras de cocuiza para protegerse de la inclemencia del sol.
Entre sus pertenencias traía Sebastián Katiel una jaula dorada cuyo resignado ocupante era un peregrino loro de plumas multicolores llamado Papagá que hablaba varios idiomas, entre ellos inglés y algunos dialectos asiáticos aprendidos por su cuenta. El excepcional palmípedo había sido supuestamente comprado en Malasia en un mercado clandestino de animales, según los testimonios que ofrecería luego su orgulloso propietario cuando fue inquirido al respecto.
Detrás de Katiel y el loro malayo siguieron dos grandes maletas de cuero de cocodrilo que contenían los efectos personales del recién llegado forastero, una caja de madera de pino de dos metro y medio de largo por dos metro y medio de ancho que contenía el globo de tela escrupulosamente doblado, la cual, para movilizarla, requirió de la fuerza de dos robustos estibadores del puerto, y la cesta del globo que, una vez desembarcada, tuvo que ser colocada con grandes tropiezos sobre una carretilla arrastrada por dos mulas que la trasladaron hasta las puertas del almacén de telas de Segismundo Bracho, en la calle Colón, donde sería exhibida al público como parte de la promoción del evento.
“Esta es la cesta en la que viajará el primer hombre que volará sobre Maracaibo,” se leería al día siguiente en un colorido cartel del tamaño de una puerta y en grandes letras negras, todas en mayúsculas, que el promotor del evento ordenó colocar para animar a las personas a presenciar aquel “Espectáculo único y antes jamás visto”.
Una vez que desembarcó con todos sus artilugios, Sebastián Katiel se dirigió al Hotel Victoria donde Segismundo Bracho le había reservado una habitación de lujo con vista al lago y a la Plaza Baralt.
Luego de acomodar sus equipajes, el visitante se asomó al balcón de la habitación de hotel acompañado por el loro políglota que estaba trepado en su hombro izquierdo. Desde el pequeño balcón pudo ver personas caminando y conversando, se percató que la actividad comercial a esa hora mermaba porque se aproximada la noche y algunas tiendas se disponían a cerrar, y se entretuvo mirando el tránsito de los coches a caballos llevando pasajeros a otros sitios de la ciudad.
Sebastián Katiel deseaba conocer cómo era el color del cielo de Maracaibo antes de que el sol se escondiera detrás de las sombras de la noche. Contempló la fachada del Convento de San Francisco y le hizo recordar a la antigua iglesia de la Virgen María del pueblo donde nació. Le hubiera agradado respirar el olor de los cerezos que rodeaban la pequeña granja de sus padres y escuchar el ruido silente del agua de un arroyo que cruzaba por el fondo de la granja, así como el canto apacible de las tórtolas que a menudo solían posarse en verano en las ramas de los cipreses que estaban sembrados en hilera en los bordes del camino de arena que llevaba a la entrada del pueblo.
Sebastián Katiel se sintió arrollado por un intempestivo remolino de recuerdos que entraron sorpresivamente en su memoria. Fue un breve trance de evocaciones desaforadas que anuló de golpe, como hacía otras veces, con un brusco movimiento del cabeza seguido por un testarudo suspiro. Regresó a su habitación sin el mismo ánimo inicial y con los ojos vencidos por la fuerza de unas tenues lágrimas que corrieron por su rostro rubicundo. “Mejor nos vamos a dormir Papagá, el viaje nos dejó agotado,” le dijo con un susurro al loro y lo introdujo a su dorada jaula, la cual de seguida cubrió con un manto de lino negro para que el ave no se desvelara.
-Buenas noches, le dijo al loro.
- Que descanses, respondió el emplumado animal.
Desde que se conoció la noticia de que un aeronauta volaría en globo sobre Maracaibo, el ambiente de la ciudad fue de rumores y especulaciones en torno al suceso. Y es que el espectáculo sería sin duda un acontecimiento sin precedente, pues antes de Sebastián Katiel nadie se había atrevido, con ningún medio o aparato, subir al cielo para contemplar a una ciudad que no se había despojado aún de su atmósfera provinciana, ni de algunos resabios coloniales que continuaban presentes como evidencias de un pasado que nadie se ocupaba de sepultar.
Tales evidencias se observaban en algunas casas construidas desde antes o después del siglo diecinueve, las cuales se mantenían en pie debido el lento proceso de levantamiento de nuevas construcciones, o quedaban al descubierto cuando se advertía que por las calles adoquinadas del centro de la ciudad continuaban circulando coches, quitrines y lujosas berlinas llevando empingorotados pasajeros, así como carretas con estacas transportando mercancías de todo género al paso de los caballos, cuyos conductores vociferaba con angustia para apartar con gritos a quienes obstruían su lenta y fatigosa marcha entre el tumulto de la gente.
“Hay que meterse en el siglo veinte”, rezaba en un cartel que estaba colocado en el frente del local de la empresa Christern y Compañía, cuyos propietarios de origen alemán se ocupaban de importar cualquier tipo de mercancías secas, máquinas, cauchos, embutidos y hasta relojes despertadores. En el amplio local de la Tienda McGregor, propiedad de un comerciante marabino del mismo apellido y que también era importador de mercancías y novedades, se había fijado otro cartel en el frente del establecimiento con la misma intención, pero que contradecía a su competencia: “El siglo veinte está aquí.”
La ciudad no había visto antes un globo aerostático, pero, desde dos décadas antes disponía, como signo de modernidad, de un precario servicio telefónico que beneficiaba a una limitada clientela que no excedía los trescientos abonados y cuya cobertura era de apenas kilómetro y medio. Desde hacía veinte años atrás contaba con un servicio de electricidad que se empleaba para el alumbrado público, sobre todo para iluminar la Plaza Bolívar y se aprovechaba además para suministrar energía a los establecimientos comerciales del centro de la ciudad, a las escasas empresas industriales y a las residencias de las familias pudientes, las cuales pagaban cinco bolívares mensuales por cada luz de dieciséis bujías en doce horas diarias.
Disponía la ciudad de apenas ocho vagones para prestar un servicio de transporte público de personas en tranvía, de ellos cuatro eran tirados por caballos y el resto funcionaban a vapor porque no se habían importado las baterías eléctricas. El servicio de tranvía cubría solamente dos rutas: desde el centro hasta esa suerte de garden suburb llamado Los Haticos, donde estaban las casas de descanso de fin de semana de las familias alemanas e inglesas. La otra ruta partía desde el mismo centro y se extendía hasta el matadero de Bella Vista, casi a orillas del lago.
La ciudad contaba con empresarios y comerciantes de temple y de grandes iniciativas que habían enfrentado con decisión a los gobernantes y a los caudillos que los amedrentaban desde el gobierno central. Habían incluso creado unos años atrás, y para asombro de propios y extraños, el primer banco del país que además de recibir dinero en ahorros y ofrecer créditos, asumieron la aventura de emitir y poner a circular dinero con su propio respaldo fiduciario.
Pero, lo más curioso es que, doce años antes los habitantes de Maracaibo habían sido los primeros en conocer las maravillas del cine, cuando uno de sus coterráneos se atrevió a traer desde París el célebre vitascopio que los hermanos Lumiere habían inventado apenas ochos meses atrás, lo que permitió proyectar las primeras películas en el Teatro Baralt. La ciudad se había adelantado a asimilar algunas de las invenciones modernas más relevantes que estaban sacudiendo al mundo, incluso, antes de que fueran vistas en otras ciudades del país, y todo gracias a su estratégico puerto, pero, por increíble que fuera, no había antecedentes ni hechos que indicaran que sus habitantes conocieran un sencillo globo aerostático, de modo que la existencia de aparatos inventados para volar en el cielo era una idea de la que muchos dudaban, incluso, la creían imposible.
El globo que había traído Sebastián Katiel era de tela blanca forrada con una capa delgada de papel resina que le otorgaba a la esfera una tenue coloración gris. Las telas habían sido unidas mediante costuras circulares y, entre cada una, había una separación de dos metros. Los quince metros de altura de la enorme bolsa indicaba que su diseño había estaba inspirado en el mismo patrón creado ciento treinta años atrás por los hermanos franceses Jackes y Joseph Montgolfiere, a quienes se le atribuye la invención del globo aerostático.
Bastó que los diarios locales mencionaran en sus reseñas el enrevesado apellido de los hermanos franceses para que se despertara el ingenio y el humor popular que a menudo surgía cuando se conocía una palabra o una frase extranjera. Es así como el globo de Sebastián Katiel comenzó a ser llamado la Mongolfiera, por su monumental tamaño y porque era toda una fiera que retaba a la naturaleza.
Luego de su último espectáculo en Curazao, Sebastián Katiel decidió reforzar la superficie del globo utilizando telas que le proporcionó Segismundo Bracho, quien las extrajo del inventario de su negocio. “Utilizá para ese jueguito que tenéis con el musiú las telas que se venden como retazos y las más descoloridas y con defectos”, le había advertido su progenitor, Abdul Brachat, quien treinta años antes había levantado de la nada, y con la ayuda de su socio también libanés Samir Barbar, un negocio que ahora lucía próspero y consolidado debido a la nutrida clientela que mantenía.
Tanto Abdul Brachat, como su socio, sabían de que el negocio estaba en buenas manos, pero, a pesar de estar retirados parcialmente, ambos no le dejaban de prestarle atención.
- Abdul – preguntó Samir Barbar al conocer el espectáculo del globo – por qué a Segismundo no se le ocurrió traer un camello desde el Líbano a Maracaibo, yo lo habría ayudado a conseguir uno.
- Porque sabía que no cabía por el ojo de una aguja, respondió su socio.
En la víspera del espectáculo, Sebastián Katiel y Segismundo Bracho acordaron reunirse en la tarde en el Blue Book, un restaurant ubicado en la Calle Comercio propiedad de Harry Middlenton, un norteamericano que había invertido en el mencionado negocio toda la fortuna que había ganado buscando petróleo en los pantanos del río Motatán, y con quien el comerciante de telas mantenía una estrecha amistad, pues le apartaba para su esposa y dos hijas las mejores telas y los últimos artículos de mercería importados que llegaban a su tienda.
“He logrado reunir todo el dinero para cubrir los costos del espectáculo”, exclamó lleno de alborozo Segismundo Bracho. Y es que había convencido a varios comerciantes amigos para que fijarán en la superficie del globo avisos para promocionar sus negocios. “¡Se imaginan, el nombre de sus establecimientos serán los primeros que podrán ser vistos desde aire! ¡Harán historia ¡” Les había dicho para persuadirlos a invertir en un espectáculo “del cual nunca se arrepentirán”, le enfatizó Segismundo Bracho había puesto a pruebas además sus habilidades y poder de persuasión como comerciante al vender doscientos boletos a diez bolívares cada uno entre las personas que solicitaron ver de cerca el ascenso del globo. Entre los privilegiados solicitantes figuraba el gobernador del estado, general Otoniel Mavarez y su séquito de colaboradores cercanos, los propietarios de las empresas más importantes de la ciudad, y los cónsules de Alemania, Inglaterra, Italia y de los Estados Unidos, quienes confesaron que habían visto volar globos aerostáticos en sus respectivos países, pero deseaban estar presente en el espectáculo para sentir de nuevo la experiencia.
“Por mi parte todo está arreglado”, intervino Sebastián Katiel mientras paladeaba la segunda copa de brandy Henessys, quien esa tarde estaba vestido con una chaqueta gris de cierre sencillo con solapa de pico forrada en seda negra, y un pantalón del mismo color con bandas laterales de satén, es decir, su atuendo era más sobrio y menos llamativo del que llevaba el día que bajó de puerto. Esa tarde el loro Papagá no lo acompañaba porque a esas horas de la tarde acostumbraba a disfrutar de una larga siesta.
“Solo falta un detalle – agregó Sebastián Katiel – necesito que una persona me ayude en el proceso de inflar el globo, así como con otros pequeños pormenores relacionados con su elevación”.
Segismundo Bracho no tardó en encontrar la solución al requerimiento planteando por el aeronauta húngaro, y le aseguró que le asignaría para esa labor a Carlos Luis Medina, su cochero de confianza, quien todas las mañanas lo buscaba en su casa y luego lo llevaba de regreso una vez que cerraba las puertas de su negocio.
“Pero debes tomar en cuenta algo – advirtió – Carlos Luis habla más que el loro que tienes y en un solo idioma, pero es muy responsable, atento y sobre todo curioso, le agrada conocer de los inventos que surgen en el mundo. Todos los días me cuenta cosas que no se si son reales o fantasiosas.”
Carlos Luis Medina era uno de los cocheros que trabajaban para la cuadra de Juvenal Bohórquez, uno de los empresarios que ofrecía el servicio de transporte en carruajes en la ciudad. De mediana estatura, tez morena, ojos siempre inquietos, Carlos Luis Medina era un joven de veintidós años al que siempre se le veía una sonrisa afable y cuyo rostro guardaba un increíble parecido con el personaje que aparecía en la etiqueta del Jarabe Bayer, por lo que todos los cocheros y amigos solían llamarlo Bayer.
El oficio de cochero lo heredó de su padre, quien había trabajado para el general Rafael Urdaneta Faría y para el Mocho Hernández, entre otros conocidos militares y caudillos políticos. Conducir carruajes no era un oficio que le agradaba ejercer a Carlos Luis Medina, lo hacía por obligación desde los 15 años para ayudar a su familia y esa necesidad lo había apartado de su obsesionado interés por los estudios. Y es que sentía una profunda curiosidad por saber acerca de las ciencias, sobre todo por los objetos que funcionaban mecánicamente. Para estar enterado aprovechaba las horas que no estaba en servicio para leer las revistas por suscripción que llegaban en la tienda de Julio Añez y Compañía, las cuales contenían artículos relacionados con las nuevas tecnologías que estaban surgiendo en el mundo.
Una mañana le dijo a Segismundo Bracho mientras lo llevaba a su almacén de telas: “Dentro de un par de años tendré mi propio automóvil Ford modelo T para no llevarlo más a su trabajo en estos anticuados y ruidosos carruajes. Julio Añez me dijo que está tratando de traer varios modelos a Maracaibo”. Segismundo Bracho lo escuchó con displicencia desde el asiento trasero del coche sin detener la lectura del periódico y, con la misma paciencia de todos los días le respondió: “Dejá de soñar Carlos Luis y apurá el paso que hoy no quiero abrir el negocio fuera de la hora.”
El 12 de febrero de 1910, a las once de la mañana, el cielo estaba despejado más de lo acostumbrado, de modo que era un momento propicio para adelantar ese acto de proeza de sobrevolar la ciudad en un globo de telas. El sol no reflejaba aún su intensa luz sobre las puertas del añejo Convento de San Francisco que regentaban con pulcra disciplina los misioneros Capuchinos, quienes desde muy temprano se sentían inquietos y nerviosos ante la presencia de una muchedumbre que no era usual verla en los alrededores del convento, ni siquiera en los días de celebración de la Semana Santa.
Desde las cinco de la mañana el cochero Carlos Luis Medina se había dedicado con esmero a llenar al globo con el aire caliente que salía de un aparato con forma de estufa que estaba emplazado sobre gruesas estacas de madera. Había aprendido rápidamente las instrucciones básicas impartidas por Sebastián Katiel para inflar la enorme esfera, por lo que se desempeñaba con gran destreza y habilidad en el manejo de la estrafalaria maquinaria que tenía bajo su responsabilidad. Algunas personas que podían ver a Carlos Luis Medina en su pertinaz faena decían que el aparato en forma de estufa que manipulaba podía ser el alambique de Jacobo Urdaneta, un destilador clandestino de aguardiente que vendía caña blanca entre los caleteros del puerto, quien ese mismo día vio desparecer de su casa el rudimentario aparato, pero que no se atrevía a llevar la denuncia a la policía por temor a quedar al descubierto y pagar una pena por el delito de venta ilegal de licor.
“No le hervís la ropa a tu madre cuando lava y venís pa acá a echarle candela a un globo que ni siquiera es tuyo”, gritó a todo pulmón Asdrúbal Rincón, alias Uvita, cuando vio que uno de los protagonistas del espectáculo era el cochero que vivía a tres casas de la suya en el sector El Fuego Vivo. Uvita era un gavillero que había purgado penas en la cárcel por diferentes delitos menores. Estaba entre el público acompañado de otros miembros de la banda Los Báquiro que él mismo lideraba, la cual con frecuencia asolaban al barrio El Saladillo. Desde tempranas horas, él y sus acompañantes habían comenzado a ingerir licor de caña blanca a escondida de los agentes de la policía que se ocupaban de resguardar la seguridad de espectáculo.
De un improvisado camerino de cartón que había ordenado construir Segismundo Bracho al lado de la tarima de despegue, y en cuyas cuatro frágiles paredes estaban pegados igual número de avisos publicitarios del brandy Tres Estrellas en gran tamaño, salió Sebastián Katiel vestido desde los hombros hasta los pies con una braga verde claro parecida a un calzoncillo y ceñida a su atlético cuerpo. Sobre la frente llevaba unas gafas de hule que luego emplearía para proteger sus ojos de la agresividad de las brisas y del polvo una vez que estuviera en pleno vuelo. Su cabeza estaba forrada por un gorro también de hule que llevaba inserto un par de orificios a los lados por los que emergían las orejas y cuya función era de la de recoger la frondosa melena de Segismundo Katiel. Calzaba, además, botines negros que le llegaba hasta la mitad de sus pantorrillas, que eran de tela de fieltro y provistos de una delgada lámina de suela de caucho.
Tan pronto hizo su aparición ataviado con su original traje de aeronauta, Sebastián Katiel comenzó a ser llamado por la multitud el Húngaro Loco, no solamente por una vestimenta que lucía extravagante a los ojos de personas que conocían más de trajes de toreros y disfraces de carnaval. Aquella vestimenta de aeronauta despertó por supuesto la hilaridad entre las personas que podían ver desde cerca a Sebastián Katiel. Algunos de los presentes encontraron similitudes con la indumentaria de los boxeadores que aparecían en las revistas deportivas extranjeras, otros creyeron ver al Hombre Bala que se presentaba en los circos y que salía disparado desde un cañón para caer sobre unas redes. Nada comparable fue la expresión que empleó el propio Segismundo Bracho para definir la apariencia de su amigo aeronauta cuando lo vio embutido en su traje: “A la verga, parece una cerbatana”.
Faltaban menos de cincuenta libras de aire caliente para que el globo alcanzara la capacidad de llenado, y Segismundo Bracho iba nervioso de un lado a otro revisando detalles y esperando con ansiedad que llegara la hora de la elevación. Comprobó que en el ambiente reinaba el mismo calor de los días finales de febrero, solo que esta vez una frágil brisa proveniente del lago soplaba con desgano y apenas sacudía las banderas patrias izadas en las cornisas esquineras del palacio de gobierno.
-Hay buena brisa para despegar, le dijo con su voz gangosa a Sebastián Katiel y pasándose el pañuelo por el rostro para secar el sudor, lo que delataba el estado de agitación nerviosa en el que estaba sumido ante el inminente ascenso del globo.
-Así es estimado amigo, respondió con voz serena y relajada Sebastián Katiel, pero sin levantar la mirada de una brújula china que empleaba para determinar con exactitud a qué punto cardinal se dirigiría eventualmente el globo. También revisó el pequeño compás imantado que había instalado en el interior de la cesta.
- Sabes algo, estimado Segismundo, este es mi vuelo veinticinco, por lo que tenemos todo a favor porque es también mi número de la suerte, dijo.
La impaciencia del público por ver el despegue del globo comenzó a crecer y sentirse. Una atmósfera de inquietud expectante cubría toda el área perimetral del Mercado Principal, epicentro del evento, y se extendía a lo largo y ancho de las diez cuadras que había desde la Calle Comercio hasta el Mercado de Los Buchones. El ambiente no obstante era festivo y lo dominaba el bullicio de las casi tres mil personas que se habían dado cita para presenciar el espectáculo.
Entre la multitud se encontraban vendedores ambulantes populares que habían abandonado las esquinas en las que siempre se apostaban para ofrecer sus mercancías, como el turco Naim, quien con su cesta colgada del brazo y llena de baratijas y lencería repetía: “Vendo bonito y barato”. También estaban las vendedoras de dulces, entre ellas Loló La Holandesa con sus escandalosos vestidos anunciando con su voz ronca los calabazates y conservitas de maduro recién hechas que siempre llevaba en una olla de peltre cubierta por una servilleta de seda blanca para que el dulce no atrajera moscas. No podían faltar los vendedores de guarapo de panela con sus helados bidones de aluminio repletos del refrescante líquido que, al mover las carretillas en las que estaban, rechinaban por el sonido del hielo. Otra que se desplazó al lugar del evento fue la Negrita Indalecia, quien había dejado su puesto de trabajo en la esquina de la tienda Puerto Arturo para salir a vender sus petacas y emboques.
Frente al sitio desde el cual sería elevado el globo, se había demarcado en el piso un semicírculo con tiza blanca para instalar, en correcto orden, doscientos taburetes de madera que servirían de asiento para las personas que adquirieron los boletos especiales para ver sentados, cómodamente, y en primera fila, el ascenso. Todos los taburetes estaban ocupados con excepción del reservado al Obispo Obdulio Rincón, quien, a pesar de habérsele entregado una entrada gratuita, se excusó de no estar presente porque esa mañana visitaba los enfermos del Hospital Central.
“Parece que al obispo no le agrada ver que un hombre diferente a él suba al cielo”, expresó con ironía el general Otoniel Mavarez a sus colaboradores, quien desde antes de las diez de la mañana ocupaba su puesto frente al globo vestido con su traje blanco de gala relucido de medallas y condecoraciones.
En los cuatro balcones de la segunda planta del edificio McGregor, sus propietarios colocaron sillas para sentarse a ver el espectáculo acompañados de sus familiares y amigos íntimos. Fueron los únicos que no adquirieron los boletos que vendió Segismundo Bracho. Estaban todos vestidos con trajes elegantes tanto los hombres, como las mujeres y hasta los niños, y no escatimaron para esperar el momento del ascenso tomando champan y wiskey.
En la tela del globo cercana a la cesta del piloto, estaban adheridos varios banderines publicitarios impresos en papel y en tamaño medio pliego. Se trataba de la publicidad contratada por Segismundo Bracho para costear los gastos del espectáculo. Entre los avisos destacaban la Sastrería La Tijera de Oro, la Tienda de Ramón Fuenmayor M, la Pulpería Louvre de Casimiro Semprún, y la imagen del frasco de la Emulsión Rincón, un remedio medicinal muy popular que resaltaba sus poderosas virtudes curativas con un mensaje lapidario: «El que cura porque Sí”. También aparecían estampados los avisos del medicamento Febrífugo Nuevo contra el paludismo de Virgilio Luzardo, un texto en letras grandes de la Botica Inglesa advirtiendo de que había sido fundada en 1825 y, enfatizando como credencial, su “85 años de probidad”. Asimismo, la Sombrería Al Vapor indicando su línea de zapatería, tenería y suela encamada advirtiendo, además, que disponía de Bálsamo de Copaiba. El almacén de Alfonso Dubuc también fijó su aviso para anunciar que despachaba Sal de Goma y de Coche, mientras que Eduardo Varas no perdió la oportunidad para informar que en su negocio vendía Muebles de Viena. Los Hermanos Belloso Rosell, por su parte, se unieron a la lista de anunciantes del evento al fijar un aviso en el que resaltaban que su librería era la única de Maracaibo. La ocasión también la aprovechó La Molienda de Granos Al Vapor de F.E. Sehémel, con su aviso que destacaba que tenía disponible harina de maíz blanca y amarilla, limpia, pura, fresca y sin afrecho. ¡Ah, y no se pone Agria!
Algunas de las grandes firmas comerciales más importantes de la ciudad se habían plegado igualmente a la promoción del evento incorporando vistosos anuncios en las telas del globo, entre ellas Julio A. Añez diciendo que vendía desde lozas hasta instrumentos para los trapiches, la firma alemana Breuer. Moler & Compañía resaltaba que además de importadores era exportadores, la Línea de Vapores Red Line, en cuyo unos de sus vapores había arribado Sebastián Katiel al puerto local, fijo un gran barco con sus itinerarios, mientras que Beckmann & Compañía, otra empresa alemana, se ocupó de recordar que tenían disponibles máquinas de coser Singer.
Continuará.






