Luis Felipe Montiel
Uno se sienta a tomarse un guayoyo a eso de las seis de la tarde, mientras la luz de Caracas empieza a ponerse morada sobre el Ávila, y de repente se entera, por los caminos verdes de la prensa o por algún video que rueda en las redes, de que a un señor lo sacaron de una celda en Caracas y terminó bajo custodia de las autoridades de Estados Unidos. Resulta que el país —esa suma inagotable de telenovela de mediodía, comedia de equivocaciones y libreto operístico donde los tenores cambian de vestuario en mitad del aria— nos regala otra de sus escenas memorables: la del hombre que aparece en manos de la justicia estadounidense sin que nadie explique con claridad por qué puerta salió.
El señor Álvaro Pulido Vargas —que para mayores señas también ha atendido en su vida por Germán Enrique Rubio Salas y por el alias “Cuchi”, porque en esta tierra hasta los nombres tienen cambio de temporada, como los programas de televisión— quedó bajo custodia de las autoridades de Estados Unidos el domingo 11 de octubre. Una portavoz del Grupo de Trabajo de Seguridad Nacional dijo a la Associated Press que en la investigación participaron la DEA, el FBI y Homeland Security Investigations. Pulido tiene cita para comparecer ante un tribunal federal de Miami el martes 13.
Ahora bien, imagínese usted la escena. La portavoz estadounidense, con esa flema institucional tan ajena a nuestra calurosa costumbre de contarlo todo con lujo de detalles, no explicó cómo terminó el hombre bajo custodia de su país. Fuentes federales citadas por El Tiempo dijeron que agentes de la DEA lo sacaron de una cárcel caraqueña y lo trasladaron a Florida. La AP confirmó que Pulido está bajo custodia estadounidense, pero no detalló el procedimiento. El Gobierno venezolano guardaba silencio al cierre de los reportes dominicales.
Pulido también ha utilizado el nombre de Germán Enrique Rubio Salas y el alias “Cuchi”. Bajo ese nombre aparece una condena por narcotráfico dictada en Italia antes de sus procesos estadounidenses. La Sala Penal de la Corte Suprema de Colombia dejó constancia en un auto de 2001 de que la Corte de Apelación de Milán lo había condenado en 1997 a 15 años de prisión por asociación para el tráfico ilícito de estupefacientes.
Italia pidió su detención con fines de extradición. La Fiscalía colombiana negó esa captura porque los hechos eran de 1991 y 1992, anteriores a la fecha desde la cual Colombia permitía extraditar a sus nacionales por delitos cometidos en el extranjero. El documento judicial registra la condena y la solicitud italiana; no permite establecer si Pulido llegó a cumplir esa pena.
El plato fuerte, con sabor a contrato público y cuenta corriente, se sirvió años más tarde en los tribunales de Florida. En 2019, el Departamento de Justicia acusó a Pulido y a su socio Álex Saab de conspiración para lavar dinero y de siete cargos de lavado. El expediente se relacionó con un proyecto de viviendas de bajo costo. Según los fiscales, se presentaron documentos falsos sobre importaciones que no se habían realizado y se pagaron sobornos a funcionarios para que aprobaran esos documentos.
La acusación sostiene que el dinero salió de Venezuela, pasó por cuentas bancarias estadounidenses y terminó en cuentas del extranjero. Los fiscales pidieron el decomiso de más de 350 millones de dólares. Hay que precisar —porque en estas lides el rigor es lo único que nos salva del fanatismo— que se trata de lo alegado en una acusación, no de una condena firme contra Pulido. El Departamento de Justicia publicó la acusación de 2019.
En 2021 se abrió otro expediente federal contra Pulido, esta vez junto con el exgobernador José Gregorio Vielma Mora, Emmanuel Enrique Rubio González, Carlos Rolando Lizcano Manrique y Ana Guillermo Luis. La causa giró alrededor de contratos del programa CLAP para importar alimentos y medicinas.
La acusación señala que empresas controladas por Pulido obtuvieron contratos estatales con precios inflados y que parte de los fondos se habría destinado a sobornos y al movimiento de dinero por cuentas internacionales. Entre los contratos mencionados figura uno de 340 millones de dólares para distribuir cajas de alimentos. El Departamento de Justicia atribuyó al esquema alrededor de 1.600 millones de dólares recibidos del Estado venezolano y unos 180 millones transferidos hacia o a través de Estados Unidos. Son cifras de la acusación, no montos que un tribunal haya declarado probados contra Pulido. El Departamento de Justicia resumió los cargos de 2021 y publicó el documento de acusación.
Mientras tanto, en nuestra propia comedia local, Pulido fue detenido en abril de 2023 dentro de la investigación conocida como PDVSA-Cripto. La prensa lo vinculó con el caso, pero, cuando uno busca en la información pública disponible, se topa con un muro de niebla: no hay claridad sobre los cargos formales que le imputaron ni sobre las pruebas presentadas. Transparencia Venezuela planteó preguntas sobre su papel en la trama y sobre la falta de información pública.
La llegada de Pulido bajo custodia estadounidense ocurre semanas después de que Saab se declarara culpable de conspiración para lavar dinero y aceptara colaborar con la fiscalía. Como parte del acuerdo, aceptó el decomiso de 195 millones de dólares en ganancias ilícitas, según informó el Departamento de Justicia. Por eso la gente se sienta a especular en la barra del café, preguntándose qué dirá ahora el recién llegado. Aún no se sabe qué información aportará Pulido ni si su situación judicial se relacionará con la colaboración de Saab.
El Tiempo informó que otros dos implicados podrían ser trasladados desde Venezuela a Estados Unidos en los próximos días. No se conocen sus nombres ni hay una confirmación oficial. En el título de un video de Gustavo Azócar aparece la frase “van cuatro y faltan seis”; esa cuenta requiere verificación independiente.
Al final del día, cuando la noche cae sobre la ciudad y el cafecito se enfría en la taza, al ciudadano de a pie le queda un inventario desigual y algo desolador: una condena italiana cuyo cumplimiento no hemos podido establecer, dos procesos federales en Florida llenos de cifras astronómicas y una causa venezolana traspasada por el misterio. Uno apaga la radio, mira la calle tranquila y piensa que aquí seguimos esperando que, en el próximo acto de la comedia, alguien nos explique, aunque sea por cortesía, cómo entran y salen los personajes del escenario.
Luis Felipe Montiel, CNP


