
Segismundo Bracho abrigó durante días la esperanza de que los desparecidos se encontraran con vida en alguna de las islas del Caribe, o probablemente en otra ciudad del norte del continente. Desde el primer día de la tragedia del Mongolfiera, y a lo largo de los meses que siguieron, estableció contacto con las islas de Aruba, Curazao, Cuba, Martinica, Trinidad y Puerto Rico enviado esquelas y telegramas a representantes comerciales de empresas locales con las que había mantenido relación de negocios. En las primeras daba explicaciones amplias de cómo había ocurrido el suceso, así como también una descripción física de los dos personajes desparecidos. En las segundas solicitaba confirmación de las preguntas a los destinatarios escogidos.
Pidió igualmente a los cónsules de Estados Unidos y México acreditados en Maracaibo que solicitaran información sobre reportes de aparición de rastros de un globo en las costas de sus respectivos países, o de la presencia en los centros de emergencias de un náufrago polaco con un loro políglota.
Al cumplirse la primera semana de la desaparición, el obispo Obdulio Rincón pidió a los feligreses que asistían a la habitual misa que oficiaba todos los domingos en la Santa Iglesia Catedral que oraran por Sebastián Katiel, pero sugirió no referirse al loro Papagá porque la liturgia no estaba concebida para los animales. Segismundo Bracho, quien no era un asiduo visitante de las iglesias, estaba presente a instancias de su esposa y entendió que la misa convocada se trataba de una suerte de responso encubierto, pues el obispo, al final de su intervención, pidió a Dios por el descanso eterno del alma del aeronauta polaco sin proferir una excusa.
-Ya terminó de matarlo, lo mandó al descanso eterno sin estar seguro de que murió, le dijo a su esposa con un dejo de rencor.
-Tenéis que tener resignación, nadie logra sobrevivir a una tragedia como esa, respondió su mujer.
Los días, semanas y meses que siguieron a la desaparición del globo y sus dos ocupantes fueron de interminable búsqueda para Segismundo Bracho, quien prosiguió enviando esquelas y telegramas a sus contactos comerciales en las islas del Caribe recibiendo las mismas respuestas: no hay noticias de restos de un globo ni de náufragos.
La ciudad, entretanto, fue recuperando su ritmo habitual pese a que la mayoría de su gente siguió sintiendo temor por la arremetida de la tempestad que había inundado las viviendas, locales comerciales, edificios, boticas, bodegas, incluso, algunas construcciones antiguas habían sido sacudidas con fiereza mostrando severas grietas en las bases de las paredes, así como en sus techos que fueron desencajados por lo que hubo necesidad de reemplazarlos.
Los comentarios de los habitantes acerca de la desaparición de Sebastián Katiel y su loro acompañante fue el tema diario durante varias semanas. Los niños llevaban a las escuelas los rumores que escuchaban en sus casas de parte de sus padres y vecinos. En el mercado principal circulaban versiones de todo calibre en torno al destino final de los ocupantes de la Mongolfiera, y en los cafés y en las plazas, donde los habituales contertulios solían reunirse todas las tardes, las interpretaciones iban desde lo religioso a lo metafísico y de lo divino a la brujería, no obstante, todas las especulaciones coincidían en afirmar que había sido la voluntad de Dios enviar una tormenta inédita a la ciudad para proferir un castigo celestial.
El comentario sobre el castigo celestial tuvo tan honda repercusión que condujo a Asdrúbal Rincón, alias Uvita, al convencimiento personal de la existencia de Dios por primera vez en su vida. A tal extremo llegó su iluminación divina que solicitó a los sacerdotes jesuitas que regentaban la iglesia San Felipe Nery que lo recibieran para enclaustrase e iniciar su conversión al catolicismo para abandonar así su vida licenciosa y la pertinaz inclinación a la bebida. Sus amigos de la pandilla Los Váquiros no lo volvieron a ver en las calles y comenzaron a llamarlo San Asdrúbal el Monje de las Uvas.
Lo más curioso en esas primeras semanas que pasaron luego de la asoladora tormenta fue lo revelado por Manuel Corona, unos de los vendedores de carnes en el Mercado Principal, quien en la peluquería de Jacobo Semprún dijo que su esposa, Aurora Briñez, había tenido otro misterioso sueño que era necesario tomar seriamente en consideración. Aurora Martínez era una mujer voluminosa que acostumbraba a ocultar su figura en anchos faldones negros que resaltaban su color blanco y siempre llevaba un cintillo rojo en la frente. A ella se le atribuían facultades místicas excepcionales como lectora de cartas e interpretadora de sueños y de mensajes sibilinos.
Según lo relatado por el matarife, su mujer había soñado en la madrugada de ese mismo día que un ruido ensordecedor, producido por millones de emboques resonando sus maderas todos al mismo tiempo, invocó la presencia de otra tormenta que provocó que la ciudad quedara nuevamente a merced de una sombra oscura y de una copiosa lluvia que no amainaba. Atemorizada por la extraña revelación, Aurora Briñez aconsejaba prohibir el uso de tales juguetes por un tiempo porque se trataba de una indiscutible señal de advertencia.
Entre sus seguidores creyentes, Aurora Briñez había adquirido reputación porque muchas de las revelaciones se habían cumplido, por lo que se había convertido en una suerte de vidente con una certera base de credibilidad que evitaba hacer alardes de sus supuestos poderes sobrenaturales porque, según aseguraba, ella era apenas una intermediaria que recibía los mensajes que otras fuerzas enviaban del más allá. La única vez que había errado fue cuando despertó a su marido una madrugada para decirle que habían asesinado al caudillo Venancio Pulgar en su residencia familiar. El intento de asesinato se llevó a cabo, pero quedó frustrado porque el militar había dormido en la casa de su amante. El caudillo al enterarse de su sueño ordenó detenerla por dos días por no haberle informado a tiempo.
La sugerencia del extraño sueño de Aurora Briñez fue llevada al despacho del presidente de estado Otoniel Mavarez, quien, como buen aficionado a las supersticiones y al esoterismo muy acordes con su condición de apostador, de inmediato ordenó, a través de una resolución oficial, prohibir el uso de los emboques en la ciudad hasta nuevo aviso, incluso, su fabricación. Los más afectados por la inaudita resolución fueron por supuesto los niños que dejaron de ver los emboques en las bodegas, pero también los vendedores artesanales que rondaban por las escuelas, el puerto y los sitios donde a menudo los chicos se concentraban para jugar, entre ellos la popular Negra Indalecia que todos los días los vendía junto con sus petacas en la esquina del abasto Puerto Arturo.
Dos días después de entrar en vigencia la peregrina resolución que prohibía la fabricación y utilización de los emboques, un pasquín que fue colocado en la puerta de la casa que compartían Manuel Corona y Aurora Briñez en el Callejón de La Mona, obligó a la pareja a salir de la ciudad por un par de meses, pues en él se decía´´ Si en el sueño oíste el ruido de los emboques, ahora vas oír el ruido de los machetes en las noches´´.
Las versiones sobre los hechos que se estaban presentando al recogerlas el Obispo Obdulio Rincón las aprovechó para tratarlas a su modo en las homilías dominicales, en las cuales reiteraba las advertencias previas que, desde su púlpito, como decía, formuló a los feligreses cuando aseguró que el vuelo de un globo sobre el cielo de Maracaibo había sido un sacrilegio. Los créditos sobre tales advertencias se las atribuyó totalmente a su persona dejando en el anonimato al presbítero José Francisco Delgado, obviando que desde el primer vuelo al párroco regente de la catedral se le había encomendado la tarea de alertar sobre las inconveniencias religiosas del vuelo del globo en cada homilía que había escrito de su puño y letra. “El obispo suele ganar indulgencias con escapulario ajeno”, les decía José Francisco Delgado a sus monaguillos sin ocultar su resentimiento.
El paso del tiempo se fue encargando de apagar las esperanzas de Segismundo Bracho de encontrar vivo a su amigo polaco. Una cruda resignación lo fue llevando silenciosamente a reconocer que Sebastián Katiel y su loro fueron engullidos por la nube gigante que envolvió a Maracaibo el día en que el Mongolfiera realizó su último vuelo. Había abandonado desde el mismo día de la aciaga tragedia las responsabilidades diarias de su trabajo en el almacén, no obstante, las fue retomando a medida que las secuelas de la tristeza se disipaban, aunque sin el ánimo ni la energía características que solía transmitir a sus empleados.
Justo al cumplirse un año de la desaparición de Sebastián Katiel, se presentó un sábado en la mañana Carlos Luis Medina para llevarlo al negocio, pero esta vez no en el coche tirado por un caballo, sino en un novedoso vehículo de cuatro ruedas de cauchos impulsado por un motor a combustión de dos caballos de fuerza que utilizaba gasolina. Se trataba de un Ford Modelo T que había importado Julio Añez desde Detroit, el cual apenas dos días antes había sido bajado del barco que lo trajo al puerto y que Carlos Luis Medina, con su habitual inteligencia, había aprendido a conducir con habilidad y destreza con increíble rapidez.
“¡Le dije que iba a dejar de usar los coches ruidosos y a no escuchar más los bufidos de los caballos, y ese día ya llegó” !, exclamó lleno de entusiasmo Carlos Luis Medina desde la acera del frente de la casa de Segismundo Bracho, y una señal de alegría, que no aparecía por el luto insepulto que arrastraba, emergió del rostro del comerciante de tela ante la sorpresiva presencia de aquella máquina y de su audaz piloto.
“Espero que está vaina no vuele”, le dijo a su cochero convertido ahora en chofer de auto, quien lo llevó a recorrer las calles granjeándose ambos el mérito de ser las primeras personas que paseaban por la ciudad en vehículo.
¿Qué es mejor, estar en la tierra o en el cielo? Preguntó Carlos Luis Medina.
-Estar acostado en la cama, respondió Segismundo Bracho desde el asiento de aquella máquina sin estar muy convencido de las bondades del prodigioso invento que trepidaba por las adoquinadas calles de la ciudad. El recorrido en el Ford Modelo T había comenzado en la casa de la Calle Comercio donde residía Segismundo Bracho con su familia, la cual estaba ubicada a pocos metros de su negocio. El vehículo bajo el mando de Carlos Luis Medina siguió en dirección a la Plaza Baralt no sin antes pasar por un lado del Mercado Principal y del Restaurant Blue Book. En el primero, algunos compradores y uno que otro vendedor miraron con pasmosa incredulidad la nueva maravilla de la tecnología cuando se desplazaba a moderada velocidad, mientras que en el segundo establecimiento los comensales que degustaban a esa hora de la mañana de un discreto desayuno no daban crédito a los que sus ojos estaban viendo.
“Dios mío, parece que ahora si estamos entrando al siglo veinte”, se le escuchó decir en su español enrevesado a la esposa del cónsul de Inglaterra, quien ese día había citado al resto de las cónyuges de los miembros del cuerpo consular al mencionado restaurant para presentarles otra maravilla que estaba haciendo acto de aparición en ese justo momento, pero no tenía nada que ver con los autos: era la línea de cosméticos de Elizabeth Arden llamada “el maquillaje invisible” que, por primera vez, llegaban a Maracaibo y que estaban causando furor en Nueva York.
Los pioneros en conducir el primer automóvil que circulaba en ese momento en Maracaibo prosiguieron su paseo llevando la máquina hacia al Convento de San Francisco y, desde allí, tomaron la Calle de Las Ciencias con intención de dirigirse a la Iglesia de Nuestra Señora de La Chiquinquirá, pero al llegar a la calle Páez, que atraviesa por el frente de la Iglesia Santa Bárbara, Segismundo Bracho le pidió a Carlos Luis Medina que se detuviera.
“Llevame por favor al negocio porque ya estoy mareao”, exclamó nervioso y con el rostro pálido.
” Parece que me vas seguir llevando en el coche de caballos”, agregó.
Con la llegada del primer automóvil la ciudad no solamente vio desaparecer lentamente los elegantes carruajes y las rústicas carretas tiradas por caballos. También vio desaparecer los excrementos que a menudo dejaban los equinos en las calles, lo cual fue un alivio para los transeúntes y dueños de establecimientos comerciales, pero sobre todo fue una alegría para los “picheleros”, o pregoneros de limpieza, quienes por dos reales diarios se ocupaban con desagrado de recogerlos todos los días para mantener asépticos los espacios públicos.
El automóvil, y otras novedades que fueron ingresando por el puerto desde ese mismo año y en los que siguieron, hicieron que los habitantes de Maracaibo fueran dejando en el pasado la tragedia del globo de Sebastián Katiel y su pajarraco. Con el discurrir de los días se fue abriendo una brecha temporal en la que esa tragedia fue descendiendo por su propio peso, quedando lentamente sepultada en las espesas brumas de olvido. Apenas se hablaba del aeronauta húngaro cuando los marinos o los caleteros del puerto veían que el lago era cubierto por nubes que dejaban de ser grises al quedar tiznadas de azul oscuro por una evaporación que terminaba en una lluvia que no alcazaba una hora de duración, la cual, por otro lado, solían estar acompañadas de vientos normales que adolecían de fiereza y malignidad.
“A correr que viene el chubasco que se llevó al húngaro y a su loro”, era una de las tantas expresiones que se popularizaron entre los trabadores del puerto y del mercado popular, como también entre los mismos habitantes cada vez que Maracaibo quedaba ensombrecida por la amenaza de una inesperada lluvia.
“Ahí viene la Papagá”, les decían a los niños para que se recogieran a sus casas cuando había asomos de tormenta.
La creencia de que el hombre podía volar utilizando aparatos como el globo fue también perdiendo interés entre los habitantes de Maracaibo. El tema poco a poco dejó de ser tratado en las conversaciones diarias en los cafés, en las plazas y hasta en los habituales sitios de tertulias esquineras. Una suerte de unanimidad colectiva no declarada parecía haberse decretado en torno a la ingrata experiencia vivida con la borrasca y la desaparición de Sebastián Katiel, dejando así por sentado que alcanzar el cielo por otra vía que no fuera la religiosa ya no admitía discusión.
El obispo Obdulio Rincón al observar aquel inusual propósito de enmienda colectivo lo interpretó no como un acto natural y espontáneo, sino como acción de inspiración divina que aprovechó para reforzar su dogmática visión sobre el sagrado dominio de Dios en el cielo, de modo que cada vez que podía en sus ocasionales homilías dominicales reiteraba a los feligreses, sobre todo a los ortodoxos, de que el cielo “es, será y seguirá siendo un espacio celestial reservado a Dios y sólo su voluntad permitirá otorgarle al hombre la sabiduría para crear artilugios que algún día, con su permiso y limitaciones, pueda ser empleado eventualmente para surcar en los aires”.
En la misa dominical en la que el obispo había expresado la anterior frase se encontraba presente por coincidencia Carlos Luis Medida. El ahora chofer de automóvil asistía no por ser un católico creyente y disciplinado que buscaba expiar sus pecados, sino porque ya había contraído matrimonio y su joven esposa lo obligaba a regañadientes. Las ceremonias litúrgicas a Carlos Luis Medina le producían modorra, de modo que no solía prestar atención a los ritos, mucho a los temas que se trataba en las homilías. Y es que por lo general su mente casi siempre estaba concentrada, mientras la misa discurría, en su auto Ford Modelo T y en los clientes que debía transportar al salir del templo.
No obstante, ese domingo cuando el obispo dijo “solo su voluntad permitirá otorgarle al hombre la sabiduría para crear un artilugio que algún día, con su permiso y limitaciones, pueda ser empleado eventualmente para surcar en los aires”, la frase retumbó en sus oídos sacándolo de su estado de distracción.
“Me da la impresión – pensó en silencio con su habitual agudeza – que el obispo Obdulio debió haber pedido prestada la edición de la revista Eureka que llegó la semana pasada a la tienda de Julio Añez en la que aparecen los biplanos que vuelan. De otra manera no se explica que ahora puede haber permiso de Dios para volar en el cielo cuando antes no lo había. Estamos mejorando”.
En la primera semana de diciembre de 1912, dos años después de la desaparición de Sebastián Katiel y su loro, llega a Maracaibo un piloto norteamericano llamado John Bombard. Este piloto había entrado por el puerto proveniente de Maracay donde había realizado la exhibición de un biplano con un motor que accionaba una hélice para permitir su elevación. Quienes habían visto volar a John Bombard en Maracay con aquella “ave de madera con alas de seda”, así lo había descrito un diario local en su primera página, quedaron maravillados con ese prodigio de la tecnología que apenas estaba surgiendo.
El extraño aparato, que llevaba el nombre de Blue Bird, estaba dotado de una estructura de madera denominada fuselaje, en cuya mitad había un espacio en forma de cuenco llamado cabina para que el piloto se introdujera y lo guiara empleando una suerte de timón o volante, ayudado de sencillos instrumentos de orientación que estaban adosados a un panel. A los lados del fuselaje, aquella nave llevaba extendida dos alas con bordes finos de maderas ambas cubiertas de tela.
El biplano llegó desarmado dentro de varios cajones y fue el mismo piloto el que se ocupó de armarlo colocando cada pieza en su lugar sin seguir un esquema de instrucciones, sino guiado por su memoria y conocimientos mecánicos. John Bombard era uno de los pioneros en pilotar este tipo de nave que se estaban empezando a utilizar a manera de ensayo, y con relativo éxito, en varias partes del mundo donde apenas se estaba desarrollando la industria aeronáutica. Su presencia en Maracaibo formaba parte de una gira por varios países aprovechando, como otros arriesgados pilotes, el increíble invento para obtener fama y dinero.
Una explanada que se habilitó cerca de las orillas lago, entre los terrenos del Hato Bremen del comerciante alemán Felipe Martein y de la Cervecería Maracaibo, sirvió de pista para el despegue y posterior aterrizaje del biplano. Entre la densa multitud de personas que se aglomeraron para presenciar el vuelo del “ave de madera con alas de seda” se encontraba Segismundo Bracho, quien ese día volvió a recordar con nostalgia silenciosa la tarde que vio por primera vez un globo aerostático en Curazao guiado por un piloto húngaro llamado Sebastián Katiel.
A su lado estaba Carlos Luis Medina y ambos contemplaron, con ojos deslumbrados, el momento en que la ligera nave levantó vuelo luego de tomar impulso tras recorrer con velocidad la explanada.
“No deberían llamarlo John Bombard a ese piloto sino John Bolas”, le dijo Segismundo Bracho a Carlos Luis Medina, quien no pronunció una palabra pues había quedado en una suerte de estado catatónico desde el momento del despegue del biplano hasta su aterrizaje.
“Ojalá no se te ocurra Carlos Luis aprender a volar ese pájaro de madera”, dijo en voz baja Segismundo Bracho mientras su chofer seguía con embeleso el vuelo pequeño del Blue Bird.
Continuará…





