domingo, octubre 18, 2026
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El globo de Katiel | Entrega 8/8 Cuando hayas probado el vuelo caminaras con la mirada en el cielo

Vinicio Diaz

Veinte años después de ese primer vuelo del biplano de John Borland, Segismundo Bracho se encontraba una mañana con su esposa en la pequeña planchada de madera que se había construido en una bahía cercana al Matadero de El Milagro, la cual funcionaba como terminal para que los viajeros abordaran los hidroaviones de las líneas aéreas Avianca y Panamerican. Era la mañana del 12 de febrero de 1930 y se disponía a volar por primera vez en un avión acompañado de su esposa para trasladarse desde Maracaibo hasta Cartagena. La prolija travesía aérea la había planificado para celebrar los cuarenta años de matrimonio.

Era una mañana cubierta por la sombra de un sol benigno que anunciaba a los pescadores que realizaban desde la madrugada su faena diaria en el lago que la jornada estaba a punto de terminar. Un volantín de color azul con forma de pájaro se movía alegre en un claro cielo pincelado de gris. Desde la orilla del lago, la astucia y habilidad de un niño manipulaba aquel volantín con una fina cuerda. Segismundo Bracho miraba arrobado al pájaro de papel sentado en los muebles de madera de la planchada con su esposa a su lado.

  • Me estoy acordando del vuelo del avioncito de John Bolas, le dijo a su esposa. Comparado con este monstruo que vamos a abordar luciría como una tarita.
  • Así es, respondió ella.
  • Un día como hoy fue también el primer vuelo del globo de Katiel.
  • Lo recordé esta mañana cuando me levanté de la cama, volvió a responder ella.
  • ¡Mirá ese volantín! Pareciera que nos está avisando que un día como hoy voló por primera vez un globo en Maracaibo.
  • Si volveís a repetir un mal recuerdo no me meto en ese avión, le advirtió ella con voz de disgusto.

Desde que vio por primera vez los aviones que llegaron a Maracaibo, Segismundo Bracho sintió interés por meterse en esos pájaros metálicos para comprobar lo que Sebastián Katiel le dijo en una ocasión: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con la mirada puesta en el cielo”.

La experiencia de volar la pudo haber vivido Segismundo Bracho veinte años atrás si el segundo viaje del Mongolfiera no hubiera terminado en tragedia. Y es que el polaco le había prometido que lo llevaría en el globo en un tercer viaje que sería privado para que sintiera la emoción de tocar las nubes con las manos.

Aunque ya no era aquel vibrante e inquieto comerciante de telas que se había granjeado fama por presentar por primera vez en Maracaibo el espectáculo de un globo sobrevolando la ciudad, a sus sesenta años Segismundo Bracho conservaba vivos los impulsos irrefrenables y la emoción del aventurero que le caracterizaron. Con ese mismo talante ungido en todo su cuerpo, abordó el hidroavión Boeing Clipper 314 agarrando la mano de su esposa.

  • Qué curioso – le dijo a su esposa una vez que ambos ocuparan los asientos de pasajeros – nunca me metí en la cesta del globo del húngaro. Y no puse tampoco interés en conocer los instrumentos que utilizaba para orientarse cuando el globo estaba en el cielo. Sólo me llamó la atención el extraño sextante que el mismo decía que había comprado en París a un coleccionista de objetos robados.
  • Dejá de pensar en eso. Mirá que el avión ya va a arrancar, le expresó su esposa con disgusto.

A través de la ventanilla del hidroavión fue observando en silencio las costas de Cartagena esperando que la nave se acercara a la terminal marítima. Antes no había sentido interés en asomar su mirada porque sabía que en la primera etapa del trayecto aéreo “vamos a ver monte y cerros”, así le explicó a su esposa. El mar y su insondable lejanía le transmitían tranquilidad al cruzar un largo trecho marítimo de azul profundo cubierto por un cielo de diferentes tonos grises.

Al advertir pequeños y aislados islotes sembrados en medio del mar, pero cercanos a la costa, pensó que tal vez Sebastián Katiel y su loro pudieron haber sido aventados hasta ellos por la tormenta, pero ese breve rapto de delirio se desvaneció al comprobar de que habían pasado veinte años y no se sabía absolutamente nada de sus paraderos.

Antes del mediodía el veterano comerciante de telas y su mujer entraban a la habitación que habían reservado en el recién inaugurado Hotel Nacional de Cartagena. Para aprovechar la tarde, Segismundo Bracho invitó a su esposa a visitar algunos de los antiguos castillos costeros cargados de historias de guerras y de saqueos de piratas. Al llegar a una de los castillos le llamó la atención un hombre viejo que lucía una rala barba poblada de canas, vestido con pantalón y camisa de caqui.

El viejo llevaba además un roído sombrero panamá y sandalias con suela desgastadas y, se ganaba la vida, entreteniendo a los turistas que visitaban los castillos dando órdenes a un loro que había adiestrado para que extrajera con su pico unas pequeñas tarjetas de cartulina pergeñadas en una caja de madera. Las tarjetas tenían impresos sibilinos mensajes sobre dinero, salud, el futuro y el amor.

Para ejercer su oficio solía ubicarse todos los días bajo la sombra de un espeso camoruco sentado casi a la orilla de la playa en una silla de madera de cáñamo y espaldar de cocuiza.

“Conozca su futuro y su suerte”, exclamaba con voz apagada el viejo mientras el loro permanecía a su lado agarrado a una percha de madera. “Tome una tarjeta y sepa su destino”, añadía con la misma voz apagada.

A Segismundo Bracho aquellos dos personajes le recordaron de inmediato al aeronauta húngaro y a su palmípedo amigo políglota. Se acercó a ellos por curiosidad y pidió que el loro le extendiera una tarjeta. “Alguien pronto te dará felicidad y tristeza”, se leía en la diminuta cartulina que Segismundo Bracho tomó del pico del ave. No se sorprendió por el mensaje, le pareció ambiguo y carente de magia, sin embargo, observó en aquel vendedor de ilusiones unas señales que le eran familiares.

Escrutó su rostro y le pareció el de un náufrago europeo que no supo por años de sombras ni inviernos. Diminutas venas en forma de hilo rojos se extendían en las dos mejillas de un rostro que dejó de ser blanco, justo hasta donde la barba había detenido su camino. Observó que sus ojos eran cetrinos, poco frecuentes en los habitantes de un lugar tropical donde predominaba una acentuada presencia de personas de raza negra con antecedentes de esclavitud la mayoría.

Las facciones del rostro del viejo también empezaron a serle familiares a Segismundo Bracho. Pensó que lo más probable es que fuera de raza eslava por la forma angular de las mandíbulas, la cara ancha y una frente vertical. Recordó que en una ocasión Sebastián Katiel le comentó que la mayoría de sus descendientes tenía una cara infantil. Aquel viejo, en efecto, debió tenerla antes de que los estragos del tiempo se encargaran de difuminarla.

Un movimiento del viejo para reacomodarse en la silla que ocupaba lo obligó a extender la pierna derecha. Al completar el movimiento la bota del pantalón se corrió dejando al descubierto el tobillo, el cual asomaba la imagen tatuada de una pata de gallina húngara con tres pequeños pétalos de rosa. Segismundo Bracho se percató de inmediato y mantuvo fija la mirada en el tatuaje. Sus ojos quedaron inmóviles como dos globos congelados. El viejo desde su silla advirtió la reacción sin mostrar sorpresa y pudo descifrar que el desprevenido turista era su amigo comerciante que años atrás lo llevó a conocer el cielo de una ciudad llamada Maracaibo.

Segismundo Bracho con actitud nerviosa se dirigió al viejo.

  • ¿Esas tres garras del tatuaje significan lealtad, coraje y amor?, preguntó con voz sibilante.
  • Así es, pero ya me quedan muy poco de las tres, replicó el viejo con voz quebrada y casi inaudible.

Segismundo Bracho sintió escalofríos al escuchar aquella respuesta, por lo que se acercó más a la silla donde Sebastián Katiel permanecía. Quería cerciorarse si estaba frente al hombre que había sido devorado por una furiosa ventisca mientras volaba en un globo de telas acompañado de un loro, de modo que escrutó de nuevo el rostro agrietado por el sol y el salitre para despejar la sospecha que lo inducía a pensar que podría estar frente a su amigo desaparecido.

Al reconocer que ese viejo no podía ser otro que Sebastián Katiel, procedió entonces a levantar el desvencijado sombrero que el viejo llevaba. Luego hundió sus manos en una canosa cabellera y comenzó a rozarla lentamente con todos sus dedos como gesto inmediato de afecto. Conmovido por la repentina aparición de quien había perdido la esperanza de encontrar con vida, unas emotivas lágrimas se fueron deslizando por las mejillas de Segismundo Bracho, quien inútilmente trató de contenerlas. Las manos las mantuvo en movimiento frotando la cabeza del húngaro y, en el rostro del comerciante de tela, una precaria sonrisa de alivio se fue abriendo paso.

  • Te dije que no le pusieras un nombre al globo, expresó Sebastián Katiel sin levantarse de su silla y sin asomo de rencor.
  • ¿Cómo me reconociste? Preguntó con voz quebrada Segismundo Bracho.
  • Solo tengo un amigo con labios hendidos…

Sebastián Katiel relató bajo las sombras del camoruco en el que solía ofrecer sus tarjetas de la suerte, la amarga experiencia que vivió junto con el loro Papagá cuando el globo Mongolfiera fue engullido por el salvaje torbellino que veinte años atrás lo convirtió en una víctima desaparecida. Segismundo Bracho se acomodó en un taburete y puso total atención a la explicación que inició el veterano aeronauta.

“Recuerdo – explicó – que cuando ya estábamos a merced de la borrasca, coloqué a Papagá en mi pecho y, con una cuerda e inusitada rapidez, me amarré al piso de la cesta del globo. Era una niebla enorme y espesa que, con un zumbido aterrador y cómplice, nos envolvió como una mortaja en una oscuridad insondable que nos impedía saber si teníamos los ojos abiertos o cerrados. El viento desprendió con su extremada fuerza las cuerdas del globo de tela e hizo que se perdiera con celeridad en la oscuridad, mientras que la cesta, con nosotros adentro, inició un viaje sin rumbo dando vigorosos giros en forma de espiral transmitiendo la medrosa sensación de estar cayendo en un profundo vacío.

Con Papagá en mi pecho seguí adherido al piso del globo rogando que la tormenta bajara su velocidad, pero las vueltas y los giros eran incesantes, no se detenían. El pánico había hecho que perdiera la noción del tiempo y del espacio. Por momentos pensé que estábamos muertos pues no sentía los pálpitos del corazón, no obstante, la punta del pico de Papagá me laceraba el pecho y el aguijonazo me mantenía consciente. Mientras Papagá temblaba por el miedo, sentía que su pico se hundía y me abría una brecha.

Sebastián Katiel detuvo de pronto su relato para desabrocharse la camisa y mostrar su pecho, en el que se apreciaba, debajo de la tetilla izquierda, una cicatriz con la forma y tamaño del estambre de una flor de cayena. “Mira la cicatriz, le dijo a Segismundo Bracho, es el único recuerdo que conservo de Papagá.

La tormenta debió perder su fuerza – prosiguió su relato Sebastián Katiel – por lo que presumo que la cesta descendió al quedar liberada de la maraña en la que estábamos. Del descenso no puedo dar cuenta porque estaba inconsciente. Y es que desperté flotando en medio de un mar desértico y silencioso que me llevó a creer que habíamos fallecido y estábamos en el cielo. La primera impresión que tuve fue mi cuerpo ondulando en el interior de la cesta sin saber dónde estaba aquel desolado e interminable lugar cubierto de agua por todos lados.

En ese mar el sol era tenue y bondadoso, pero no podía descifrar si era de mañana o de tarde. El cuerpo me dolía y las piernas las sentía entumecidas. Incliné la cabeza con dificultad para mirar a Papagá y advertí que su cuello caía como el fuelle de un acordeón extenuado. No me quedó más que convencerme que el fiel amigo que me acompañó durante diez años había fallecido. Imaginé que la violenta caída de la cesta en el mar lo había desnucado, o que su corazón no pudo resistir el intenso miedo que había vivido.

No puedo precisar cuánto tiempo estuve inconsciente antes de verme flotando en el mar, pero debió ser un par de días pues, cuando descubrí a Papagá sin vida, su cuerpo comenzaba a expeler el olor acre propio de la descomposición. El cuerpo de Papagá lo envolví con un largo retazo de tela del globo que había quedado aferrado a la cesta. La tela estaba hecha un ovillo y, al desplegarla, encontré en uno de sus tramos la frase fiera desgarrada del nombre completo Mongolfiera. La improvisada mortaja de Papagá la eché al mar antes que se hiciera de noche para verla desaparecer lentamente y demorar así la triste despedida. Una vez que desapareció en lo profundo, comencé a sentirme realmente solo y a pensar con resignación que sería el próximo muerto y que nadie me despediría.

Me eché a morir, pues no tenía la remota esperanza de sobrevivir en ese mar íngrimo donde las posibilidades de encontrarme eran extremadamente limitadas. Asumí con pesimismo que, si bien había sobrevivido a una tormenta borrascosa viajando en un globo de tela, una segunda oportunidad de continuar con vida siendo un náufrago era improbable. Una noche, estando exhausto y delirando por el hambre y la sed, percibí que una luz chocaba contra mi cara. Sentí después que la cesta estaba siendo elevada para llevarme de nuevo a tierra. En el delirio vi que Papagá, subido en uno de mis hombros, me acompañaba en el globo cantando la Marsellesa en los diez idiomas que sabía.

Cuando salí de ese trance me encontraba en una rústica litera del camarote de una antigua cañonera que la Armada de Colombia había desincorporado de su flota y subastó como chatarra naval. La cañonera la adquirió un grupo de marineros retirados de ese mismo país para dedicarse al negocio pesquero, pero en realidad la utilizaban para actividades de contrabando. Fue la tripulación la que me subió a la cubierta del barco junto con la cesta tras encontrarme a la deriva. Lo que aparentemente había sido un delirio se había convertido en un hecho real de rescate.

-Despertó el náufrago, escuché que dijo una voz ronca que tardé segundos en saber de dónde provenía.

  • Bienvenido a la vida, repitió la misma voz y pude ver la figura, al principio difusa, de un hombre negro, corpulento y de gran altura.
  • Sepa usted que es un hombre afortunado, porque donde lo encontramos solamente pasamos los contrabandistas, enfatizó luego y pude observar, ya con mi vista más aclarada, que tenía tres dientes incisivos de oro que relucían más que la luz del camarote donde me encontraba cada vez que sonreía.

El corpulento hombre se llamaba Ponciano y formaba parte de la tripulación de ese barco de contrabandistas que simulaba con astucia dedicarse a la pesca recorriendo de manera furtiva rutas de reducido tráfico de navegación entre Santa Marta y la península de La Guajira.

  • Lleva una semana en la cama, hombe, durmiendo y bebiendo solamente agua de coco, me dijo. Ya es tiempo que coma una sopa de aletas y huevos de pescado y se eche unos palos de ron, agregó.

Durante un mes estuve a bordo de aquel barco que parecía no tener la intención de llegar nunca a un puerto, pues su negocio era recibir, en pleno mar, cargas de licores, tabaco, cigarrillos y armas de otras embarcaciones que se ocupaban del mismo negocio ilegal. Los trasbordos eran realizados siempre en las noches, en horas de la madrugada, por lo que pude observar.

La tripulación entera, incluyendo el capitán, estaba ansiosa por saber cómo un hombre había sobrevivido flotando en una cesta – o canasta, como ellos la llamaban pues no sabían que era de un globo aerostático – y cómo llegó a una zona del Mar Caribe poco frecuentada por las rutas marítimas, de modo que esperaban con impaciencia, poco disimulada por cierto, que me reestableciera para saber si era sobreviviente de un barco que había naufragado, o si era un polizón que había sido lanzado al agua desde una nave pirata.

“En estos tiempos ya no lanzan polizones al mar, menos en una canasta, ahora los envenenan, los cubren con una sábana sucia que amarran con nudos de trinquete para que parezcan un chorizo gigante y los tiran al agua a cualquier hora”, me dijo el cocinero una mañana mientras desayunaba plátano verde y huevos fritos con un café cargado. El condumio matinal no lo pude terminar.

Para animarme a relatar mi historia casi todos los miembros de la tripulación me hablaban de las misteriosas e inverosímiles experiencias que habían tenido a lo largo de sus años como lobos de mar. Algunos me empezaron a comentar que habían visto, durante las noches de vigilia, peces grandes que parecían sirenas, otros, barcos antiguos navegando sin nadie a bordo que desaparecían entre la calima del mar, y unos afirmaban haber visto flotando en la oscuridad restos de vestimenta femenina de la antigua realeza española que, al subirla a la cubierta, se desvanecían. “Yo saqué del mar una noche unas enaguas que llevaba tejido con hilos rojos el nombre Encarnación, la tuve unos segundos en las manos y luego se deshizo”, me confesó Ponciano.

Desde un principio me resistí a contar mi historia alegando como pretexto que los días que estuve naufragando me habían apagado el recuerdo y que sufría de una suerte de amnesia, lo cual obviamente no era cierto pues recordaba, con acentuada claridad, esa mañana en Maracaibo cuando realicé el segundo vuelo del globo. En todos los días que estuve a bordo del barco lo que más deseaba era olvidar, pero no podía. De día, tarde y noche la imagen del oscuro y profundo hoyo donde nos sumergió la tormenta se repetía en mi cabeza, y el sonido devastador del viento solía aparecer imprudentemente como una ominosa letanía.

No obstante, lo que me detenía con mayor fuerza a contar mi historia era el temor que sentía de enfrentarme ante una tripulación de marinos perspicaces con un relato difícil de creer debido a las características tan excepcionales que revestían al suceso. Pensaba que tratar de explicar que un aeronauta con un loro políglota sobrevivió a una feroz borrasca que empujó su globo a más de trescientos kilómetros del sitio donde partió y luego fue encontrado con vida flotando en una cesta en medio de mar, era, sin duda, un acto arriesgado que despertaba fundadas sospechas y exponía, igualmente, que mis trágicas peripecias fueran consideradas ridículas, fantasiosas o una charlatanería urdidas con el único fin de ocultar un secreto.

“Es tiempo de escuchar su historia, amigo”, me increpó una noche el capitán con voz serena pero sentenciosa en una velada que se preparó en la cubierta del barco para celebrar su cumpleaños. El capitán era un hombre alto, blanco, con el aspecto físico parecido al de los atractivos trapecistas de los circos. Provenía de una familia acomodada, pero decidió abandonar la marina mercante, donde se había formado, para dedicarse al riesgoso oficio del contrabando. Se había tomado dos tragos de una botella de ron cuando me instó a responder su pregunta, la cual de inmediato congregó en torno suyo a todos los miembros de la tripulación. Hasta el vigía de turno bajó de la cofa impulsado por la curiosidad de conocer mi relato dejando a la cañonera falto de guardia.

  • A mí me arrastró al mar una tormenta cuando volaba en un globo en Maracaibo, dije sin mucho preámbulo, y el bullicio de las voces y el sonido de las botellas que había en la cubierta se apagó de súbito. Todas las miradas se dirigieron a la escalera del timón donde me encontraba parado, y donde se encontraba también el capitán, quien estaba sentado en una silla de cuero forrada con hilos de oros que le había intercambiado un comerciante de Haití como parte de un pago por un lote de cajas de ron y tabaco. Hubo miradas suspicaces, algunas de estupor como la del cocinero, quien agenció un taburete para sentarse y escuchar cómodamente mi relato.

En silencio y sin interrupciones, el grupo de marineros y su capitán escucharon cada una de las vicisitudes que atravesé junto con Papagá. Todos mostraron asombro cuando expliqué que había quedado atrapado en el fondo de un gran hoyo de aire y que la fuerza del viento era comparable a la de un huracán. Quedaron perplejos al escuchar que me encontraba a más de sesenta metros de altura y para evitar salir disparado me amarré junto con Papagá al piso del globo con una cuerda. Les dije que todos tenían el derecho a dudar y hacerse preguntas porque hasta para mi resultaba increíble que alguien sobreviviera a un suceso en extremo feroz creado por la naturaleza. “Si estoy aquí frente a ustedes es porque Dios quiso, más nadie”, exclamé finalmente cuando di por terminada mi intervención.

El capitán de la cañonera se levantó y aplaudió. Su gesto fue seguido por el resto de los hombres lo que me produjo sorpresa y alivio. “Usted, amigo – dijo de seguidas el capitán – no solamente es una persona valiente y afortunada, sino también sincera. Ahora entendemos que en el cielo existe otro mar, tal vez más poderoso, que cuando se agita puede devolver con vida a los que se engulle, como suele pasar en ocasiones con este mar de agua que nos rodea y nos permite vivir.

Luego de ese feliz encuentro con la tripulación mis deseos por llegar a la orilla y tocar tierra se acrecentaron. Estaba deseoso de ver en el día la cercanía de una playa y en las noches las luces de una costa, pero me abstuve de hacer esa exigencia por temor a que me lanzaran por la borda por malagradecido. Una mañana llegó Ponciano y me dijo que saliera del camarote para que viera desde la cubierta las costas de Santa Marta. En efecto, se podía contemplar los trenes cargados de bananas llegando a los muelles del puerto y los techos de zinc de las casas reflejando los rayos del sol.

Ponciano se acercó para decirme que la cañonera atracaría en uno de los malecones en la medianoche para no despertar sospechas, y me entregó además un papel con la dirección de una residencia que, al dorso, tenía escrito un mensaje con letras ininteligibles: “Atiéndelo como si fuera este negro”. Más allá de la medianoche la cañonera en efecto recaló en unos de los malecones del puerto de Santa Marta. El capitán le pidió a Ponciano que extendiera la rampa de madera hasta la dársena, pero, antes de que bajara, me entregó una bolsa que contenía un pantalón de caqui, una camisa blanca, un par de medias negras y unas sandalias usadas.

-Con esta muda te puedes vestir hasta que tengas para comprar ropa más decente, me dijo, y se despidió con un estrechón de manos. Ponciano hizo lo propio una vez que tocamos tierra, pero cuando se disponía a subir de nuevo a la cañonera me expresó: quien te va a recibir en esa dirección que escribí en el papel se llama Púrpura.

Púrpura era el nombre de una negra que gestionaba en tierra las operaciones logísticas de los marinos de la cañonera. Era una mujer cercana a mi edad en ese momento, tiznada por la naturaleza por un color ébano reluciente, de ojos glaucos heredados tal vez por algún cruce racial forzado por un europeo. Su cuerpo era escultural y del mismo surgían un par de senos en turgencia permanente que aparentaban no haber sido nunca lamidos.

La dirección que me agenciaron me condujo hasta un barrio de pescadores donde todas las casas eran de paredes de barro, pintadas de blanco, con techo de zinc y no disponían de cercas divisorias, con excepción de la de Púrpura que, aun siendo de construcción rústica, sus techos eran a dos aguas y las paredes cubiertas con madera, distinguiéndose además del resto por una verja de metal con forma de estambre que recorría todo su entorno. Se entendía así que era ella la que ejercía el orden y la autoridad en aquella comunidad donde se había ganado el respeto.

Púrpura no se había casado ni procreado y decía ser digna heredera de los negros esclavos que se declararon cimarrones y huyeron hacia la sierra de Luruaco, al sur de Cartagena, donde en el siglo XVII se levantaron los primeros palenques. Así me lo contaba, con lujos de detalles, cada viernes en la noche cuando nos sentábamos a tomar ron o brandy en el porche de lo que se convirtió en nuestra casa desde el mismo día que me recibió luego de cumplir con la instrucción de que me atendiera como si fuera un negro más.

Por encontrarme con ella es que llevó más de veinte años andando por las arenas de estas playas, atravesando los castillos, oliendo la sal de sus costas, vendiendo ilusiones que siempre hacen falta para curar los deseos que no llegan. Y, desde hace tres años, que es el tiempo que lleva de fallecida, esperando cada mañana para ver aparecer caminando en la playa la silueta vibrante de Púrpura mostrando sus vestidos largos de seda y colores luminosos que le traían los contrabandistas de la cañonera, recogiendo las conchas de los cocos y caracoles para hacer collares, diciéndome, con su pícara sonrisa: me mandaron a atender un negro y me quedé cuidando un blanco.

Un niño caminaba por la orilla de la playa con un globo de colores sujetados a una fina cuerda y pasó por donde estaban Sebastián Katiel y Segismundo Bracho. Inesperadamente el globo se le escurrió de las manos y fue a parar donde estaban los dos viejos amigos que se habían reencontrado. Fue el Húngaro Loco quien detuvo con sus manos el curso aleatorio de la colorida esfera y llamó al pequeño para entregárselo.

  • Gracias, dijo el niño – un día de estos quisiera volar como este globo.

Los dos viejos amigos se miraron a la cara y le respondieron, casi al mismo tiempo: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con la mirada puesta en el cielo”.

FIN

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