lunes, agosto 24, 2026
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Epstein, el petróleo venezolano y un «bolichico» que le vendía sueños en dólares

Luis Felipe Montiel

Hay historias que parecen guionizadas por alguien con muy mal gusto y peor moral, y esta es una de ellas. Resulta que entre el alud de correos electrónicos que integran los ya célebres Epstein Files, apareció un nombre que nadie esperaba mezclar con el financiero neoyorquino condenado moralmente por la historia: Francisco D’Agostino, empresario venezolano, hoy prófugo reclamado por la Fiscalía chavista, y en su momento —al parecer— asesor de cabecera de Jeffrey Epstein en materia de bonos petroleros. Sí, leyó bien: mientras medio mundo se preguntaba con qué gente se codeaba Epstein en su isla del terror, resulta que también tenía tiempo para hablar de Pdvsa con un venezolano vinculado a Derwick Associates. Como para no reírse, si no diera tanto asco.

La cosa arranca en 2012. D’Agostino, con ese estilo de vendedor de humo con acento caribeño, convence a Epstein de meterle al menos 4,5 millones de dólares a bonos de la petrolera estatal venezolana con vencimiento en 2015. Una jugada que, vista con la distancia, tiene la elegancia de comprar un boleto de lotería sabiendo que el sorteo está arreglado por la corrupción y el saqueo sistemático. Porque justo en esos años Pdvsa se desplomaba con la gracia de un edificio mal construido: producción en caída libre, corrupción campante y unos ingresos petroleros que se derrumbaron 40% entre 2014 y 2015. Un negocio «genial», como diría el propio Epstein en uno de sus lacónicos correos.

No todo era hablar de barriles y rendimientos. D’Agostino, generoso anfitrión de sí mismo en la vida ajena, visitó Little Saint James, la tristemente célebre isla de Epstein en las Islas Vírgenes, ese lugar que hoy suena más a escena de crimen que a paraíso tropical. Y ahí, entre tragos y contactos, el venezolano quedó embobado con una joven a la que, con una cursilería que sonroja, bautizó como su «gacela acuática».

Meses después, en pleno delirio político por la salud terminal de Hugo Chávez, D’Agostino no pudo evitar preguntar por su «gasela» —con esa ortografía que delata la prisa del enamorado tropical— y Epstein, fiel a su estilo escueto y perturbador, respondió que estaba «ahí y desnuda». Dos frases que resumen perfectamente el nivel moral de la conversación: geopolítica venezolana y objetificación humana en el mismo párrafo, sin pausa para respirar.

Porque mientras Venezuela se sacudía por el cáncer de Chávez y la incertidumbre de una sucesión, D’Agostino jugaba a ser analista de riesgo país para Epstein, prediciendo con soltura de comentarista de streaming que «alguien menos radical» del chavismo se quedaría con el poder. Y de paso, ofreció organizarle a Epstein toda una agenda social en Caracas, con contactos de lujo como Baldo Sansó, asesor financiero de Pdvsa y cuñado nada menos que del entonces presidente de la petrolera, Rafael Ramírez. Porque en el mundo de los «bolichicos» —esa fauna de empresarios criados a la sombra del petroestado— todo se resuelve con un almuerzo y un buen contacto familiar.

Entre los nombres que D’Agostino quiso ponerle en bandeja a Epstein estaba también Alejandro Betancourt López, su presunto socio y cofundador de Derwick Associates, la empresa que le sacó al Estado venezolano génesis de sobreprecio: 2.900 millones de dólares de más por centrales eléctricas, según cifras de Transparencia Internacional. Una cantidad que, dicho sea de paso, hace que los 4,5 millones en bonos parezcan propina de restaurante. «Almorzamos, ¿en tu casa?», le escribió D’Agostino a Epstein para presentarle a Betancourt, como quien organiza una reunión de negocios cualquiera y no un encuentro entre sospechosos de fraude y un depredador sexual convicto.

El desenlace, como suele pasar con estos personajes, no fue precisamente un final feliz para nadie decente. Epstein terminó detenido por tráfico sexual y apareció ahorcado en su celda en 2019, en un suicidio que sigue generando más preguntas que la sopa de letras de sus contactos. D’Agostino, por su parte, coleccionó sanciones del Tesoro estadounidense en 2021 por presuntamente ayudar a esquivar el bloqueo petrolero a Venezuela —sanción que, curiosamente, le levantaron el año pasado—, además de una solicitud de extradición chavista por lavado de dinero y asociación delictiva. En enero de este año fue detenido brevemente en Italia, cuando trataba de cruzar hacia Francia, pero salió libre porque la justicia italiana consideró que en una cárcel venezolana correría riesgo de trato inhumano. La ironía, como siempre, no descansa: el mismo Estado que él ayudó a esquivar en sanciones es el que ahora lo quiere de vuelta preso.

Al final queda la misma pregunta incómoda de siempre: ¿cuántos «D’Agostinos» más andan sueltos por ahí, vendiendo contactos, bonos y accesos VIP a cambio de una firma y una isla privada? La respuesta probablemente no nos guste.

Con información e investigación original de Armando.info, a quienes agradecemos el trabajo periodístico que hizo posible esta crónica.

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