Luis Felipe Montiel
Venezuela hizo algo que ningún país debería intentar sin supervisión adulta: construyó un imperio industrial completo —hierro, bauxita, aluminio, acero, la electricidad de Guri, puertos, ferrocarriles— y después, con un talento actoral digno de premio, aprendió a apagarlo pieza por pieza sin que nadie firmara jamás la partida de defunción. Esto no fue un accidente de la historia. Fue una obra de ingeniería inversa: construir para después desconstruir, pero sin el placer estético de una demolición controlada.Y ahora, como corresponde a toda tragedia con final de comedia negra, llegan los buitres con corbata.
Glencore y Mercuria, dos pesos pesados del comercio mundial de materias primas, tocan la puerta de Venalum preguntando por la posibilidad de operar la fundición y obtener acceso al aluminio producido.
Nada firmado, nada oficial, nada garantizado todavía. Pero ahí están, olfateando con ese instinto que solo tiene el capital cuando huele una ganga.
Porque resulta que debajo del óxido sigue habiendo algo que vale plata.
Sorpresa.
Cuando esto sí funcionaba —créanlo o no—
Antes de que alguien confunda este texto con la enésima fábula del subdesarrollo eterno, hay que decir la parte incómoda: esto producía, y producía bien.
Sidor llegó a producir 4,3 millones de toneladas de acero en 2007, casi pegada a una capacidad instalada de aproximadamente 4,5 millones de toneladas.
Las cinco plantas venezolanas de briquetas de hierro —HBI, hierro briqueteado en caliente— sumaban alrededor de 6,9 millones de toneladas anuales de capacidad, y en 2008 Venezuela produjo cerca de 7 millones de toneladas.
Esto no era un decorado para folletos turísticos del Ministerio. Era una maquinaria industrial trabajando a un ritmo que hoy suena a ciencia ficción tropical.
El ejemplo más delicioso es Venprecar.
Tenía una capacidad nominal de 815.000 toneladas anuales y en 2005 produjo 765.000 toneladas.
Noventa y cuatro por ciento de utilización.
Eso no lo dice un sindicalista con nostalgia de cafetín ni un opositor con ganas de titular. Lo dice, con membrete y todo, el informe anual de International Briquettes Holding de 2005.
Orinoco Iron, con tecnología Finmet, tenía capacidad nominal para 2,2 millones de toneladas y ese mismo año produjo 1.279.439 toneladas, aproximadamente 58% de su capacidad.
Dos instalaciones industriales que no existían en una presentación de PowerPoint: producían, exportaban y facturaban.
Y llegó la revolución con su propio concepto de “mantenimiento preventivo”
El 21 de mayo de 2009 el Gobierno anunció la nacionalización de Venprecar y Orinoco Iron. El Decreto 6.796, publicado en la Gaceta Oficial N.º 39.220 del 14 de julio de ese año, ordenó la adquisición forzosa y, el 5 de febrero de 2010, el Estado asumió el control operacional y administrativo de ambas instalaciones.
Bonito gesto.
Los estados financieros posteriores de Sivensa registraron que en 2010 se habló de una cifra entre 600 y 800 millones de dólares como referencia para el valor de ambas plantas.
Siete años después, en 2017, la empresa sostenía que la indemnización “justa e integral” todavía no había sido pagada.
No sabemos cuánto terminó costando realmente la adquisición al Estado ni cuál fue el resultado final de aquella reclamación. Lo que sí sabemos es que, según los estados financieros de la propia empresa afectada, la cuenta continuaba abierta años después.
Elegantísimo.
Tres millones de toneladas de pellas y una obra eterna
La Planta de Pellas de Ferrominera comenzó a operar en 1992 con tecnología grate-kiln de Allis Chalmers y capacidad nominal para producir 3,3 millones de toneladas anuales, según documentan una investigación académica de la Universidad Católica Andrés Bello y la propia CVG Ferrominera Orinoco.
Hubo un proyecto para elevarla a 4 millones de toneladas anuales.
Que el proyecto existió está documentado.
Que se haya completado enteramente es otra novela.
Y aquí aparece el detalle capaz de resumir una época completa: en julio de 2019, casi tres décadas después de inaugurada la primera planta, el propio Gobierno todavía “inspeccionaba avances de construcción” de una segunda línea de pellas.
Casi tres décadas después seguíamos inspeccionando avances.
Eso es, técnicamente, una nueva categoría de arte performático.
El aluminio que viajó más lejos que sus propios dueños
Una investigación de Armando.info, publicada por Andreina Itriago en 2020, documentó que en marzo de 2019 salieron desde el puerto de Matanzas más de 4.000 bultos de lingotes de aluminio de Alcasa con destino a Alunasa, en Costa Rica.
El conocimiento de embarque fue posteriormente endosado a la empresa Metallik.
Lo verdaderamente curioso estaba en los números.
Según los documentos venezolanos examinados por la investigación, la mercancía tenía un valor de poco más de dos millones de dólares. El Ministerio de Hacienda costarricense la tasó en más de ocho millones.
Cuatro veces más al cruzar el Caribe.
Como si el aluminio engordara en altamar.
Eso no demuestra por sí solo la existencia de un delito ni permite adjudicar beneficiarios que los documentos examinados no identifican. Pero deja flotando una pregunta que cualquiera con una calculadora puede hacerse en voz alta y con las cejas levantadas:
¿Cómo podía un mismo cargamento valer poco más de dos millones de dólares aquí y más de ocho millones allá?
Y se apagaron las celdas, una por una, como en un funeral lento
Venalum llegó a disponer de 905 celdas y una capacidad cercana a 430.000 toneladas anuales de aluminio primario.
La crisis eléctrica de 2009 comenzó a reducir progresivamente las celdas en funcionamiento. Para 2018 quedaban alrededor de 400 operativas. El gran apagón de marzo de 2019 terminó sacando de servicio las celdas que permanecían activas.
Después vinieron recuperaciones parciales.
En 2022 se habló oficialmente de 183 celdas operativas. En 2024 fuentes internas reportaron 205 celdas recuperadas, hasta que una nueva falla eléctrica habría provocado la pérdida de entre 40 y 47.
Para 2025 y 2026 Venalum ha anunciado planes de revestimiento e incorporación de celdas, pero sin publicar un balance integral que permita saber con precisión cuántas están realmente energizadas y cuánto aluminio sale de ellas cada mes.
Estimaciones sectoriales sitúan la producción por debajo de 100.000 toneladas anuales.
Decir que Venalum está destruida sería mentir.
Está allí.
De pie después de quince rounds.
Todavía respirando.
Todavía negociable.
Los que vienen a hacer las cuentas
Por eso Glencore y Mercuria miran ahora hacia Puerto Ordaz.
No porque Venezuela haya descubierto algo nuevo, sino porque el mundo está redescubriendo algo viejo: que medio siglo de inversión industrial no desaparece necesariamente después de dos décadas de deterioro.
Las conversaciones conocidas hasta ahora contemplan la posibilidad de que alguna de estas compañías participe en la operación de Venalum y obtenga acceso al aluminio producido.
No existe un acuerdo definitivo anunciado. No conocemos una eventual estructura accionaria. No sabemos cuánto dinero habría que invertir, quién asumiría la rehabilitación, qué compromisos adquiriría Venezuela ni qué recibirían exactamente las empresas interesadas.
Y esa incertidumbre es precisamente lo interesante.
Porque Venezuela no tiene que descubrir qué hacer con Guayana.
Ya lo descubrió hace medio siglo.
Construyó las represas, abrió las minas, tendió los ferrocarriles, levantó las plantas y consiguió que produjeran millones de toneladas.
Lo que nunca aprendió fue la parte aparentemente más aburrida del capitalismo industrial: mantenerlas funcionando.
Ahora Glencore y Mercuria estudian Venalum y quizás hagan sus cuentas.
Nosotros también podemos hacer las nuestras.
La diferencia es que ellos calcularán cuánto cuesta volver a encenderla.
A Venezuela todavía le falta calcular cuánto le costó apagarla.


