Luis Felipe Montiel
El notario del reino: crónica de un abogado con demasiadas firmas
Hay países que producen petróleo y países que producen papeles. Venezuela, con esa vocación barroca que nos caracteriza, produce ambas cosas al mismo tiempo, y a veces del papeleo sale más renta que del subsuelo. Esta es la historia de un hombre que entendió eso mejor que nadie: un abogado, dos diplomados en materia tributaria, un cargo en la Federación Venezolana de Fútbol y una colección de sociedades con nombres que suenan a hacienda colonial —Apamate, Kingdom, Multiobras— pero que en realidad son, como casi todo en esta tierra, fachadas de bachaquero con corbata.
Se llama Oscar Cunto André, y su nombre aparece apenas unas líneas en las más de ochocientas páginas del expediente español conocido como el caso Zapatero, esa novela de tráfico de influencias que empezó con el rescate de una aerolínea y terminó salpicando desde Delcy Rodríguez hasta un expresidente de gobierno. Pocas líneas, sí, pero suficientes: en este país, como en el sainete, no hace falta protagonizar la escena para ser indispensable en el montaje. Basta con firmar en el momento oportuno.
Cunto es Abogado Senior de Dentons, el bufete que la prensa bautizó, sin mucha piedad, «el bufete de Maduro», porque asesoró a Pdvsa en sus contratos petroleros incluso cuando ya el dictador estaba preso en Nueva York y el país lo administraban, con la misma alegría de siempre, los hermanos Rodríguez. Y es, además, Segundo Vicepresidente de la Federación Venezolana de Fútbol, ese templo donde el balompié y el poder juegan de local desde hace rato. Ahí redactó el Código de Ética de la federación —imagínese usted la ironía, un código de ética redactado por un hombre cuyo nombre transita por un expediente de comisiones ilegales— y diseñó, según cuenta con orgullo en su perfil, «un nuevo procedimiento de contrataciones basado en estándares internacionales de transparencia e integridad». La retórica venezolana siempre ha sido más generosa que los hechos.
Porque mientras Cunto hablaba de transparencia, su firma aparecía como apoderado de Apamate Corporate and Trust, una sociedad domiciliada en Madrid por la que, dicen los policías españoles, transitaron trescientos mil euros destinados a pagar la comisión de un empresario cercano a un ministro español. Y era, también, el único accionista de una empresa registrada en Delaware —esa Suiza pobre de Estados Unidos donde cualquiera puede fundar un imperio de papel por cien dólares— llamada Grupo Multiobras MM 77, la misma que ordenó una transferencia de casi setenta y cinco mil euros hacia otra sociedad, Softgestor, fabricante en serie de contratos de consultoría que no consultaban nada.
Y no contento con eso, Cunto también entra en el capítulo más folclórico y más triste de esta historia, el del difunto Francisco Flores Suárez, el contratista devenido armador de yates, dueño de una embarcación de quince millones de euros bautizada, sin ningún pudor, The Kingdom. Cunto figura como director de una entidad llamada, cómo no, Kingdom Caribbean Bank, registrada en la isla de Dominica, y firmó la creación de otras empresas del mismo Flores en jurisdicciones del Caribe donde el sol calienta menos que el dinero que ahí se guarda.
Uno podría preguntarse cómo hace un solo hombre para ser, a la vez, jurista de un bufete internacional, moralista del fútbol nacional, apoderado de sociedades que mueven comisiones y director de un banco caribeño con nombre de telenovela. La respuesta, me temo, no es un misterio: así se ha construido media Venezuela desde hace décadas, con hombres de traje impecable que reparten su firma entre el club social, el ministerio y el paraíso fiscal, convencidos de que la respetabilidad se hereda por acumulación de membretes.
Esto no es corrupción a secas, es teatro nacional: la puesta en escena donde el villano no se esconde, se acredita. Cunto no huye de las cámaras, aparece en LinkedIn presumiendo su membresía en el Comité Legal de la FIFA. No niega sus sociedades, las registra con su nombre propio, sin testaferros de cartón. Es, en el fondo, el venezolano de siempre: el que no necesita esconder el fraude, porque ha logrado que el fraude luzca como una hoja de vida.
Cuando se intentó contactarlo, por su correo en Dentons, por su empresa de Delaware, por las oficinas de la federación, el silencio fue unánime. Como corresponde: en esta crónica, como en tantas otras, el protagonista firma los documentos, pero nunca contesta las preguntas.



