
Hay hombres a quienes una orden internacional de arresto les arruina las vacaciones. A otros, aparentemente, les complica apenas la agenda.
Alejandro Betancourt pertenece, según la extraordinaria historia reconstruida por The Washington Post, a esa segunda categoría de seres humanos capaces de caminar por el borde de un expediente judicial con la elegancia de quien atraviesa el lobby de un hotel cinco estrellas buscando el desayuno.
El empresario venezolano, de 46 años, llevaba años apareciendo alrededor de investigaciones por presunto lavado de dinero. Suiza lo investigaba. España también había puesto sus ojos sobre él. Estados Unidos conocía bastante bien su nombre. En 2025 fue arrestado dos veces en Gran Bretaña: una vez por una orden española y otra a petición de Suiza.
Para cualquier mortal aquello habría sido suficiente para comenzar a buscar un abogado, un rosario y quizás una residencia con pocas ventanas.
Pero Venezuela tiene petróleo.
Y el petróleo, como sabemos, posee propiedades químicas extraordinarias: lubrica motores, produce gasolina y, en determinadas circunstancias, parece también lubricar expedientes.
Betancourt no ha sido acusado penalmente en Estados Unidos, Suiza, España ni Venezuela y ha negado haber cometido delito alguno. Conviene dejarlo establecido porque aquí hablamos de investigaciones, señalamientos y maniobras diplomáticas reportadas por el periódico estadounidense, no de una condena.
Pero justamente ahí comienza lo fascinante.
Después de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, Betancourt dejó de parecer solamente un empresario rodeado de fiscales para convertirse en una pieza útil del nuevo tablero venezolano.
Y cuando alguien resulta útil en política internacional, hasta las esposas pueden empezar a parecer un problema administrativo.
Según The Washington Post, altos funcionarios estadounidenses comenzaron a comunicarse con las autoridades suizas. En enero intervino el subsecretario de Estado Christopher Landau. En febrero habló con el fiscal general suizo quien entonces ocupaba la Fiscalía General estadounidense, Pam Bondi. En marzo participó Todd Blanche, entonces número dos del Departamento de Justicia.
No estaban discutiendo precisamente el clima de los Alpes.
La preocupación estadounidense era que Betancourt pudiera viajar y que, preferiblemente, el asunto se resolviera sin sanciones penales.
Una situación curiosa: Suiza buscando cómo detenerlo y Washington buscando cómo mantenerlo viajando.
Es como tener al policía colocando el cepo en una rueda mientras el mecánico del otro lado pregunta si no sería mejor inflarla.
¿Por qué tanto interés?
Porque Betancourt se había convertido en intermediario entre Estados Unidos y la nueva estructura de poder venezolana encabezada provisionalmente por Delcy Rodríguez. Además, su compañía, North American Blue Energy Partners, NABEP, había aumentado su producción desde unos 18.000 hasta casi 200.000 barriles de petróleo en apenas dos años.
De pronto, aquel empresario cuya trayectoria provocaba dolores de cabeza entre fiscales tenía algo mucho más importante que ofrecer: barriles.
Muchos barriles.
Y en política energética internacional 200.000 barriles diarios suelen hablar con una voz bastante más convincente que un expediente judicial de varios centímetros de grosor.
Betancourt tampoco apareció ayer.
Apenas pasaba de los treinta años cuando Derwick Associates obtuvo contratos para construir plantas eléctricas durante el gobierno de Hugo Chávez. Después entró en Petrozamora. En 2016 investigadores estadounidenses comenzaron a examinar aquel famoso esquema de préstamos a PDVSA que terminaría convertido en la Operación Money Flight, una trama que, según los fiscales, alcanzó aproximadamente 1.200 millones de dólares.
Su primo Francisco Convit y otras personas fueron acusados.
Betancourt apareció posteriormente identificado por medios estadounidenses como conspirador no acusado. Su defensa siempre negó cualquier irregularidad.
Mientras tanto, los fiscales suizos investigaban fondos presuntamente enviados a cuentas bancarias de aquel país.
Un currículum bastante más entretenido que LinkedIn.
Pero Venezuela tiene una extraordinaria capacidad para reciclar personajes. Allí nadie desaparece definitivamente: simplemente espera detrás del telón hasta que cambie el decorado.
La relación de Betancourt con el gobierno venezolano se rompió en 2020. Perdió su participación en Petrozamora, sus activos fueron congelados y terminó enfrentado al poder. Después apoyó a la oposición.
Tres años más tarde regresó a Caracas.
Según la reconstrucción periodística, sostuvo una conversación privada con Delcy Rodríguez y encontró nuevamente una puerta abierta hacia el negocio petrolero. Petrozamora terminó convertida en NABEP y Betancourt regresó al tablero.
Luego llegó enero de 2026.
Mientras Maduro y su esposa acababan de ser capturados, Betancourt pasó aquella madrugada saltando de llamada en llamada. Habló con Rodríguez y con funcionarios estadounidenses. En medio de una Venezuela donde las instituciones parecían cambiar de dueño antes del desayuno, él poseía algo extremadamente valioso: teléfonos que contestaban.
Conocía Caracas. Tenía acceso a Rodríguez, PDVSA y las comercializadoras petroleras.
Era, en términos prácticos, un traductor simultáneo entre el petróleo, el poder y los negocios.
Y entonces ocurrió la metamorfosis.
El hombre investigado pasó a ser el hombre necesario.
En mayo Suiza retiró su solicitud de extradición desde Gran Bretaña, aunque aclaró que su investigación continuaba. Casi simultáneamente, las autoridades suizas solicitaron al Departamento de Justicia estadounidense que lo arrestara.
Washington no actuó sobre esa petición.
Poco después, funcionarios estadounidenses impulsaron la concesión de una visa de entradas múltiples por un año.
Desde entonces Betancourt habría viajado al menos dos veces a Estados Unidos.
La imagen resulta difícil de superar: una jurisdicción mantiene una orden internacional mientras otra le abre la puerta del aeropuerto.
Bienvenido.
Pase usted.
¿Equipaje?
Solamente petróleo.
Toda esta historia podría resumirse con una vieja enseñanza venezolana: los gobiernos cambian, los discursos cambian, los enemigos cambian y hasta las revoluciones cambian de uniforme.
Pero el petróleo conserva una admirable estabilidad ideológica.
No es de izquierda.
No es de derecha.
No es chavista ni opositor.
Es un barril.
Y cuando hay suficientes barriles sobre la mesa, hasta una orden de arresto internacional puede descubrir, repentinamente, que tiene problemas de movilidad.


