domingo, septiembre 13, 2026
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Cuando los grilletes cambiaron de tobillos

Luis Felipe Montiel

Milo Yiannopoulos quería deportaciones. No unas pocas, discretas y administradas con la frialdad burocrática de un formulario. Quería millones y millones. Deseaba agentes de inmigración con inmunidad total, puestos de control en supermercados, gasolineras, centros comerciales y edificios públicos. Quien no pudiera demostrar inmediatamente su derecho a permanecer en Estados Unidos debía ser expulsado.

Durante años, el británico hizo de la provocación un oficio y de la humillación ajena un espectáculo. Desde las tribunas de la extrema derecha estadounidense reclamó un Estado implacable contra los inmigrantes. No le preocupaban demasiado las familias separadas, los detenidos trasladados sin explicación ni los abogados incapaces de localizar a sus clientes. La causa exigía firmeza y cualquier escrúpulo podía confundirse con debilidad.

La teoría funcionó maravillosamente hasta que el sujeto del verbo deportar fue él.

El 27 de agosto, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas lo detuvieron en el aeropuerto de Nueva Orleans. Poco después fue expulsado al Reino Unido. Las autoridades sostienen que había permanecido en Estados Unidos más tiempo del autorizado y que un juez dictó una orden definitiva de deportación después de que no compareciera ante un tribunal migratorio.

Yiannopoulos niega esa versión. Afirma que tenía residencia permanente, obtenida por su matrimonio con una persona estadounidense, y rechaza haber violado las condiciones de su permanencia.

La controversia jurídica podrá seguir su curso. La ironía ya dictó sentencia.

De pronto, el hombre que pedía una maquinaria migratoria sin contemplaciones descubrió que la maquinaria carecía de contemplaciones. Lo esposaron, le encadenaron las manos y los pies, lo trasladaron de una instalación a otra y, según relató, nadie le explicaba qué estaba sucediendo. Sus abogados tampoco conseguían determinar dónde se encontraba.

Entonces apareció el miedo.

Yiannopoulos describió la experiencia como humillante, desorientadora, degradante y aterradora. Contó que las cadenas dolían mucho más de lo que parecían en televisión y confesó que lloró “como una anciana” durante una hora. Solo necesitó sentir el peso del metal para comprender aquello que cientos de inmigrantes llevan años denunciando.

Su conversión no nació frente al dolor ajeno. Llegó cuando el dolor encontró su propia carne.

Ese detalle separa la empatía del simple instinto de conservación. La empatía permite imaginar el sufrimiento del otro sin necesidad de ocupar su celda. El instinto de conservación descubre los derechos humanos cuando alguien cierra la puerta desde afuera.

Para algunos ciudadanos, ICE es una sigla, una consigna electoral o una promesa repetida desde una tribuna. Para millones de inmigrantes representa el temor de que una mañana cualquiera la ley deje de parecer una norma escrita y comience a sonar como golpes en la puerta. Ese miedo ya existía mucho antes de que Yiannopoulos lo descubriera en un aeropuerto.

Durante la entrevista con Piers Morgan, el periodista le recordó sus antiguas publicaciones, incluida aquella en la que pedía deportar a todos los somalíes de Estados Unidos. Cuando Milo intentó defenderse, Morgan le devolvió su propia lógica: “¡Eso me parece un argumento para deportar a más personas como tú!”.

Yiannopoulos quedó atrapado en el razonamiento que había empleado contra los demás. Si la conducta de algunos permitía condenar a toda una comunidad, sus propias palabras también podían utilizarse para justificar su expulsión. La diferencia era que, esta vez, él no controlaba la lista de los indeseables.

Ahora dice que comprende. Asegura que no le desearía semejante experiencia a nadie y se declara avergonzado de haber apoyado el movimiento político que fortaleció esa política migratoria. El arrepentimiento puede ser sincero. También resulta extraordinariamente oportuno: apareció exactamente cuando los grilletes cambiaron de tobillos.

La historia tiene todavía una vuelta más venenosa. Laura Loomer, antigua compañera de Yiannopoulos en los territorios más exaltados del trumpismo, se atribuye públicamente haberlo denunciado ante ICE y el FBI. Asegura que actuó después de que Milo supuestamente incitara a ejercer violencia contra ella y sostiene que fue responsable de su detención. Las autoridades no han confirmado que su denuncia haya desencadenado el arresto.

Ahora Loomer también acusa a Yiannopoulos de mentir sobre las circunstancias de su captura. Milo aseguró que quince agentes participaron en el operativo, que algunos se negaron a detenerlo después de reconocerlo y que desde Washington llamaban constantemente. Loomer afirma haber consultado fuentes del Departamento de Seguridad Nacional que niegan esa versión y exige la publicación de las cámaras corporales. Ninguna de las partes ha mostrado pruebas concluyentes.

Las revoluciones suelen devorar a sus hijos. Los movimientos fundados en la persecución comienzan con los vecinos y terminan mordiendo a sus propios bufones.

Sería fácil celebrar su desgracia. Yiannopoulos dedicó años a burlarse de personas vulnerables y a reclamar para ellas exactamente el trato que ahora denuncia. Su caso parece diseñado para satisfacer esa forma de justicia popular resumida en una frase: recibió una cucharada de su propia medicina.

Ahí está la lección que trasciende al personaje. Quien concede poder ilimitado al Estado porque confía en que será utilizado contra “los malos” olvida una pregunta elemental: ¿quién decidirá mañana quiénes son los malos?

Milo Yiannopoulos creyó conocer la respuesta. Imaginó que siempre estaría entre quienes señalaban y jamás entre los señalados. Se equivocó. La puerta de la celda se cerró, las cadenas dejaron de ser una consigna electoral y la brutalidad institucional adquirió peso, temperatura y sonido.

No descubrió una injusticia nueva. Descubrió que la injusticia también sabía pronunciar su nombre.

Luis Felipe Montiel

Con información de El País, publicaciones de Laura Loomer y declaraciones de Milo Yiannopoulos en su entrevista con Piers Morgan.

 

 

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