Por Luis Felipe Montiel
De pronto, Venezuela vuelve a estar de moda. No por sus playas, sus misses ni aquella vieja costumbre de anunciar que tenemos las mayores reservas petroleras del planeta mientras producimos bastante menos. La moda viene acompañada de contratos, inversiones multimillonarias y compañías extranjeras haciendo nuevamente las cuentas sobre el subsuelo venezolano.
La colombiana GeoPark acaba de anunciar su entrada en la Faja Petrolífera del Orinoco mediante un acuerdo para desarrollar el bloque Bare. El contrato contempla 25 años de operación sobre un activo que ya dispone de infraestructura y producción. Es otra señal de que el capital petrolero internacional está regresando a Venezuela.
Chevron también prepara miles de millones de dólares en inversiones y una ampliación importante de su producción. Otras compañías internacionales estudian o desarrollan proyectos.
Nada particularmente escandaloso.
Venezuela necesita producir petróleo. Para hacerlo necesita capital, tecnología y operadores. Quien invierte dinero, asume riesgos y realiza el trabajo pretende obtener beneficios. Así funciona un negocio desde bastante antes de que inventáramos el socialismo del siglo XXI.
El asunto se vuelve más interesante cuando llegamos al negocio grande.
Cien años dan para bastante
El acuerdo que involucra a North American Blue Energy Partners, NABEP abarca 17 campos petroleros con alrededor de 65.000 millones de barriles de reservas y contempla inversiones que podrían alcanzar los 100.000 millones de dólares. Washington tendría además una participación del 35% en la empresa matriz, junto con derechos sobre parte de la producción. (Washington Post)
La duración prevista de las concesiones llama todavía más la atención:
100 años.
El entusiasmo, sin embargo, tropieza con la geología.
The Washington Post advirtió esta semana que podrían pasar años antes de que Venezuela consiga incrementar significativamente su producción. Recuperar campos, reparar infraestructura y movilizar decenas de miles de millones de dólares no ocurre porque alguien firme un documento y aparezca sonriente ante las cámaras. (Washington Post)
Chevron ofrece una referencia menos fantástica: proyecta inversiones superiores a 7.000 millones de dólares durante cinco años y calcula elevar su producción hasta aproximadamente 600.000 barriles diarios. (chevron.com)
El petróleo tiene esa desagradable costumbre de exigir ingeniería incluso después de los discursos.
Entonces Naím cambia la pregunta
En una conversación con César Miguel Rondón, Moisés Naím llevó la discusión hacia un terreno diferente.
Su planteamiento, resumido de manera provocadora, es que el acuerdo petrolero puede ser una fachada y que detrás existe un problema relacionado con el temor a la democracia.
Es su interpretación. Pero introduce una pregunta bastante más interesante que contar barriles.
La observación de Naím deja abierta otra pregunta. Una inversión concebida para varias décadas necesita estabilidad, continuidad contractual y autoridades capaces de garantizar los acuerdos. El problema aparece cuando esa necesidad económica se encuentra con otra posibilidad perfectamente normal en una democracia: que cambie el gobierno.
¿Qué ocurre cuando los intereses económicos de quienes invirtieron comienzan a depender de la continuidad de quienes firmaron?
No conocemos la respuesta.
Precisamente por eso vale la pena hacer la pregunta.
Un conocido entre tantos recién llegados
Y entonces aparece Alejandro Betancourt.
Betancourt controla NABEP y su nombre resulta familiar en Venezuela. Fue relacionado públicamente con el grupo empresarial conocido como los “bolichicos”, jóvenes empresarios que construyeron grandes fortunas alrededor de contratos estatales durante los años del chavismo.
Reuters ha informado sobre cuestionamientos alrededor de la selección de NABEP y contratos concedidos sin un proceso competitivo. (Reuters)
Y allí comienza la parte verdaderamente venezolana de la historia.
Lo interesante es que Venezuela parece estar entrando en una nueva era petrolera y las nuevas eras venezolanas tienen la curiosa costumbre de recibirnos con algunas caras conocidas.
El petróleo tiene memoria
GeoPark entra. Chevron expande operaciones. NABEP obtiene una posición gigantesca. Washington entra directamente en el tablero. Caracas promete producción y llegan nuevamente miles de millones de dólares alrededor de una industria que durante años parecía especializada en producir más discursos que barriles.
La discusión consiste en saber cómo se están escogiendo los participantes, bajo qué reglas, con qué controles y quién termina beneficiándose de la nueva distribución del negocio petrolero venezolano.
La observación de Naím introduce entonces una pregunta distinta: ¿qué ocurre cuando un acuerdo petrolero pensado para durar generaciones se cruza con una transición política que todavía no tiene fecha?
Washington sostiene que la recuperación económica debe ayudar a crear las condiciones para una futura transición democrática. Sus críticos temen exactamente lo contrario: que los intereses creados alrededor del nuevo negocio petrolero terminen condicionando sus tiempos.
No sabemos cuál de las dos cosas ocurrirá. Y ese es precisamente el punto.
Porque petróleo tenemos para rato.
Lo que no sabemos todavía es quiénes tienen reservado el asiento para los próximos cien años.
Fuentes consultadas: The Washington Post, Reuters, Axios, GeoPark, Primicia/Globovisión y entrevista de Moisés Naím con César Miguel Rondón.



