
Luis Felipe Montiel
Hay gobiernos que atraen inversión extranjera con incentivos fiscales, zonas francas o tratados de doble tributación. El chavismo, en cambio, inventó un método más artesanal: primero se consigue al socio, después se le busca pasaporte, y si hace falta, hasta apellido. Bienvenidos a la saga de «los turcos» que, mirados de cerca, resultaron ser italianos con nombre y apellido conocidos en la familia Saab.
Durante años Caracas y Ankara se vendieron como un romance geopolítico: cooperación, hermandad, oro, carbón, madera. Un idilio digno de spot institucional. El problema es que cuando alguien se tomó la molestia de leer los registros mercantiles en lugar de los comunicados de prensa, el cuento turco empezó a oler a spaghetti a la boloñesa.
El 31 de agosto de 2018 el Ejecutivo venezolano decidió que era buen día para regalar el subsuelo. Publicó, uno detrás de otro, los decretos 3.597, 3.598 y 3.599: el carbón se volvió «estratégico» y, acto seguido, nacieron dos empresas mixtas exprés. Mibiturvén, entre la estatal Minervén y la turca Marilyns Proje Yatirim (55%-45%), para el oro. Carboturvén, entre Carbozulia y Glenmore Proje Insaat (mismo reparto), para el carbón. Dos decretos, dos minerales, un solo día de firma. La casualidad, generosa como pocas, decidió trabajar horas extra.
Porque al abrir el capó de Marilyns aparece Lorenzo Antonelli, italiano, accionista único y presidente del consejo según el registro mercantil turco. Y Antonelli no es un señor cualquiera que decidió invertir en minería venezolana por amor al riesgo: pertenece al círculo familiar de Camilla Fabri, esposa de Alex Saab. O sea que la «inversión turca» en oro tenía, detrás del telón, a un pariente político del empresario colombo-venezolano más sancionado del continente. Vaya sorpresa.
La coreografía societaria en Reino Unido es todavía mejor que cualquier culebrón. En Kinloch Investments Limited, Antonelli controló más del 75% de las acciones desde junio hasta el 7 de diciembre de 2018. Ese mismo día, sin pausa ni indemnización, Camilla Fabri entró a controlar ese mismo porcentaje. No hubo transición, hubo relevo de guardia. Y en Glenmore Solutions Limited el guion se repite con otra actriz: Antonelli sale el 29 de octubre de 2018 y, el mismísimo día, entra Patrizia Fiore, también italiana, también del entorno de Fabri, también con más del 75%. Companies House, ese archivo aburrido que nadie lee hasta que revienta un escándalo, registra la secuencia con una precisión que ya quisiera cualquier notario venezolano.
Mulberry Proje Yatirim, sancionada por el Tesoro de Estados Unidos en 2019 por facilitar pagos de oro venezolano en Turquía y por su papel en el negocio de los CLAP, tiene su espejo británico en Mulberry Capital Partners Limited. ¿Adivinen quién aparece ahí como directora desde septiembre de 2018? Patrizia Fiore, la misma que meses después recibiría el control de Glenmore. El círculo no se cierra: se aprieta.
Mientras tanto, el negocio tenía cifras nada modestas: Venezuela exportó en 2018 cerca de 23,6 toneladas de oro a Turquía. El mecanismo, según describió OFAC, era casi un trueque medieval con maquillaje bancario: entidades turcas compraban el oro, depositaban los fondos en cuentas en Turquía y esos fondos se transferían a una cuenta del BCV. El oro no era depositado en la cuenta bancaria. transferencias vinculadas al Banco Central de Venezuela, y de vuelta, en dirección contraria, pasta y leche en polvo rumbo a los anaqueles venezolanos. Un chef especializado en sanciones internacionales no lo habría planeado mejor: Venezuela mandaba lingotes y recibía espaguetis.
Y por si el carbón y el oro fueran poco, en 2019 llegó el bosque. Glenmore Proje Insaat se asoció con el Estado para crear Mavetur, negocio forestal. Ahí aparece Mario Germán García Palacio, abogado colombiano vinculado empresarialmente a Saab, representando a Glenmore, con Patrizia Fiore presidiendo el comité directivo. García Palacio, para nadie sorpresa a estas alturas, también había figurado en Mulberry Capital Partners y en Kinloch. El elenco es reducido; solo cambian de escenario.
La prueba que muchos buscaron durante años —un papel que dijera «Propietario: Alex Saab»— nunca apareció, porque las redes empresariales complejas no tienen la cortesía de firmar autógrafos. Lo que sí apareció fue algo más elocuente: familiares, cuñados, abogados y operadores turnándose el control de las mismas sociedades, el mismo día, como en una posta de relevos donde el bastón siempre queda en la familia.
Los inversionistas eran turcos. Las empresas eran turcas. Los decretos decían Turquía. Pero detrás del escenario, la dirección postal era Estambul y la genealogía era italiana. Venezuela puso el oro, el carbón y los bosques. Turquía puso el membrete. Y la familia, como siempre, puso el apellido que no aparecía en ningún documento… hasta que alguien se dignó a leerlo.


