martes, agosto 4, 2026
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Un país sentado a oscuras, sudando cuarenta grados

Por Luis Felipe Montiel

Hay una escena que resume mejor que cualquier discurso lo que somos: un país sentado a oscuras, sudando cuarenta grados, al que de pronto un funcionario le pide que ahorre electricidad. No que la reciba. Que la ahorre. Es una finura casi metafísica, un chiste que solo puede ocurrírsele a quien vive en un despacho con planta eléctrica propia mientras el resto de la nación negocia con Dios y con el ventilador de pilas la posibilidad de dormir.

Porque esto no es una crisis energética. Es una obra de teatro del absurdo que llevamos representando, con distintos elencos y el mismo libreto, desde hace diecisiete años. El escenario cambia —ahora es Maracaibo, ahora Aragua, mañana será cualquier esquina donde a alguien se le ocurra encender una licuadora— pero el parlamento central se mantiene intacto: la culpa es del clima, la culpa es de la tierra que tiembla, la culpa es de un «Superniño» que decidió, caprichosamente, ensañarse solo con Venezuela y no con el resto del continente que también tiene sol.

Vale la pena detenerse en la palabra «ahorro», que en boca del poder tiene una elasticidad admirable. Ahorrar, para el ciudadano común, supone guardar algo que se posee en exceso. Pero aquí se nos pide ahorrar lo que ya nos han quitado. Es como pedirle a un hombre que no ha comido en tres días que se cuide con el hambre. La señora Méndez, en Maracaibo, lo explica sin necesidad de metáforas: tiene que despertar a su hija de once años en plena madrugada, sin haber dormido ella misma, para llevarla a un colegio que después, a media mañana, también se queda sin luz. Ese es el verdadero plan de ahorro: ahorrarle al gobierno la molestia de resolver, y trasladarle al ciudadano la tarea de sobrevivir con ingenio.

Porque en Venezuela la ingeniería ya no la hacen los ingenieros, la hace la gente. Jorge, en Maracay, se ha convertido en un especialista de la oscuridad: sabe cuántas horas de autonomía da un inversor de seiscientos dólares, qué bombillo aguanta más con pilas, cómo salvar la nevera del deshielo. Ha construido, sin proponérselo, una tecnología paralela a la del Estado: la tecnología de la resistencia doméstica. Y cuando el apagón lo alcanza hasta en el cine —porque hasta las salas de proyección funcionan con plantas que no dan para el aire acondicionado—, uno entiende que ya no hay refugio posible. La oscuridad venezolana es una compañía fiel, casi sentimental, que nos sigue a todas partes como esos amores que uno no supo terminar a tiempo.

Lo interesante, es que la explicación oficial siempre llega envuelta en un vocabulario que suena a ciencia pero funciona como coartada. Antes fue «la guerra eléctrica», después «el saboteo imperialista», ahora es el fenómeno climático y el temblor de junio. Cada ciclo tiene su villano exótico, su fuerza mayor, su acto de Dios que exime de responsabilidad a quien administra. Nunca, jamás, en diecisiete años de apagones, la explicación ha sido la más sencilla y la más venezolana de todas: que no se invirtió, que no se mantuvo, que el dinero destinado a las plantas y las líneas de transmisión se convirtió, como por ensalmo bolivariano, en otra cosa. En casas en Miami, en cuentas en no sé dónde, en obras que nunca se terminaron pero que sí se cobraron enteras.

Y sin embargo —aquí está lo que nos vuelve un pueblo entrañable y desesperante a la vez— seguimos teniendo tiempo para el humor. Las redes sociales, ese último parlamento libre que nos queda, respondieron al decreto de Delcy Rodríguez con la ironía que solo un venezolano jodido y sin luz puede permitirse: preguntando si diez horas de oscuridad al día ya cuentan como ahorro, o si hay que además renunciar a que una abuela de ochenta y ocho años vea un rato de televisión. Ese chiste, amable lector, no es solo un chiste. Es una forma de dignidad. Es la manera en que un país que no tiene con qué alumbrarse decide, al menos, no quedarse callado.

Porque al final, ¿qué es un apagón sino la metáfora perfecta de todo lo demás? Se apaga la luz, sí, pero también se apagan las promesas, las cuentas que nunca cuadran, las explicaciones que ya nadie cree. Y ahí seguimos, los venezolanos, alumbrándonos con el teléfono en la tienda, con la vela en la cocina, con el chiste en Twitter, inventando maneras de ver en medio de una oscuridad que —esto ya lo sabemos, aunque nos cueste decirlo— no depende del sol, ni de la tierra, ni de ningún Niño, Superniño o santo que se le parezca.

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