El economista Francisco Rodríguez publicó un ensayo el 8 de septiembre de 2026 en The New York Times —el mismo que circuló después en el boletín del 14 de septiembre— y ahí, entre líneas elegantes y cifras que marean, suelta una bomba con la delicadeza de quien sirve el té: Venezuela no está siendo rescatada. Está siendo vendida. Al por mayor. Con factura y todo.
Repasemos el menú, porque hay para todos los estómagos.
Plato uno: la privatización que nadie vio venir (aunque todos la olieron). Washington y el gobierno de Delcy Rodríguez —sí, ese dúo que suena a spin-off de una serie que nadie pidió— estarían repartiendo derechos petroleros como quien reparte golosinas en Halloween, solo que en vez de dulces son campos que guardan cerca de una quinta parte de las reservas del país, y en vez de tocar timbres hay contratos firmados en la sombra. ¿El detalle poético? Concesiones por cien años. Cien. Como para que ni tus bisnietos alcancen a preguntar qué firmó el abuelo. Y de fondo, una promesa de inversión de cien mil millones de dólares, ese número tan grande que ya ni impresiona, solo aturde, como cuando alguien te dice el precio de un yate y tú solo puedes asentir.
Plato dos: el invitado incómodo de la mesa. Ahí aparece Alejandro Betancourt, protagonista recurrente de esta telenovela energética, a quien Rodríguez señala sin anestesia: el mismo personaje que ya cobró contratos eléctricos venezolanos jugosísimos sin necesidad de competir con nadie —porque para qué competir si el árbitro es tu amigo— y que, según el ensayo, vio parte de esa plata aterrizar cómodamente en propiedades fuera del país. Ahora, dice Rodríguez, Washington decide asociarse con él para repartir activos públicos con el mismo estilo discreto de siempre: puertas cerradas, luces bajas, nadie mirando. Es el déjà vu más caro de la historia reciente venezolana.
Plato tres: el fantasma de Yeltsin sirviendo vodka. Aquí el ensayo se pone verdaderamente filoso. Rodríguez traza un paralelo con la Rusia de los noventa, cuando las privatizaciones opacas parieron una oligarquía tan poderosa que después tuvo todos los incentivos del mundo para frenar cualquier reforma democrática que se atreviera a preguntar de dónde salió tanto dinero. Traducción sin filtro: Venezuela podría estar fabricando, en tiempo récord y con bendición internacional, su propia camada de oligarcas petroleros, antes siquiera de tener instituciones capaces de ponerles una multa de tránsito, mucho menos de auditarlos.
Plato cuatro, el postre amargo. Rodríguez ya no se conforma con hablar de petróleo: sugiere que Venezuela está mutando en algo parecido a un protectorado estadounidense sin el rótulo oficial. Menciona en el mismo respiro las operaciones militares conjuntas, el reencuentro diplomático con Israel y la salida de Venezuela de la Corte Penal Internacional, y remata comparando todo esto con las intervenciones históricas de Washington en Cuba, Haití y República Dominicana. O sea: no es una metáfora suelta, es un patrón que se repite con la puntualidad de un tren europeo.
Y aquí es donde la cosa deja de ser solo indignante y se vuelve fascinante: Rodríguez, desde el análisis económico e institucional, termina aterrizando casi en el mismo punto exacto al que llega cualquiera que se haya puesto a tirar del hilo de los nombres, las sociedades y los contratos alrededor de los famosos 17 campos petroleros. Las preguntas incómodas se acumulan como facturas sin pagar: ¿quién recibe realmente esos campos? ¿qué historial arrastra Betancourt? ¿por qué cien años y no, digamos, cincuenta, que ya sería una barbaridad razonable? ¿qué pone Venezuela sobre la mesa y qué pone la otra parte? ¿cómo se sostienen esos cien mil millones prometidos?
La tesis central, resumida sin anestesia, es esta: el problema no es solamente quién se queda con el petróleo, sino qué tipo de poder económico se está gestando antes de que el país tenga siquiera las herramientas institucionales para controlarlo. Es como entregarle las llaves de un banco a alguien antes de instalar las cámaras de seguridad.
Y entonces la pregunta que queda flotando, incómoda y deliciosa a la vez, es esta: ¿estamos viendo cómo los boliburgueses de siempre simplemente cambian de vestuario, ahora con el sello de aprobación de Washington? Porque si algo enseña la historia reciente venezolana, es que las oligarquías no desaparecen: se reinventan, cambian de bandera y siguen cobrando.
Fuente: Francisco Rodríguez, The New York Times (8 de septiembre de 2026) — Leer el ensayo completo


