lunes, febrero 23, 2026
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Es el petróleo, estúpido

Por Alfredo Álvarez / CNP 5289

Les confieso que buena parte del país —esa que aún puede hacerlo y no está presa en el Helicoide— celebra en silencio los últimos acontecimientos en Venezuela. El anuncio de la liberación de los presos políticos nos sustrae, aunque sea momentáneamente, de la depresión colectiva que durante años nos oprimió. La emoción es real, pero también la cautela: sabemos que, tras cada gesto de alivio, se esconde el cálculo político de un régimen que intenta borrar todo lo que le resulta ajeno o disidente.

La incursión militar del 3 de enero de 2026 dejó cicatrices y daños colaterales, pero también abrió un nuevo tablero de poder. Algunos evocan el espíritu del 23 de Enero: esa sensación de cambio inminente, de un país que despierta. Sin embargo, la velocidad de los acontecimientos exige un nuevo diccionario de emociones y razones. Todo se mueve demasiado rápido, y entre esperanza y vértigo intentamos descifrar qué nos aguarda.

El oro negro y la nueva transición

Nada causa más ruido ni suscita más suspicacias que el tema petrolero. Somos una nación sobre un océano de crudo, pero sin industria. Donde antes hubo poder, hoy quedan ruinas. En torno a ese petróleo naufragado giran, una vez más, los intereses del mundo. Guyana se convierte en potencia emergente; Brasil refuerza su músculo energético. Y nosotros, todavía aturdidos, somos el epicentro de una disputa que ya no se disfraza de ideología, sino que se enuncia con brutal franqueza: el petróleo es la clave.

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marcó el inicio de un régimen provisional encabezado por Delcy Rodríguez, quien busca proyectar independencia frente al control norteamericano. Pero en el fondo, nadie duda de quién mueve los hilos. El petróleo se ha convertido en la columna vertebral de la estrategia de Donald Trump, ahora en su nuevo mandato, y el escenario venezolano es el laboratorio perfecto para su doctrina energética.

La doctrina Trump: control o caos

Trump ha sido transparente: Estados Unidos controlará las ventas de petróleo venezolano “indefinidamente”. Su objetivo declarado es reconstruir la infraestructura —destruida por corrupción y años de abandono— y usar los ingresos para beneficio “del pueblo venezolano y estadounidense”. En la práctica, esto significa asegurar crudo barato, estabilizar precios internos y reforzar su promesa de prosperidad económica.

La apuesta no es solamente económica, sino geopolítica. Controlar el petróleo venezolano implica bloquear a China y Rusia, principales compradores de nuestro crudo en los últimos años, y fortalecer la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental. Washington planea elevar la producción a niveles pre-Maduro —más de dos millones de barriles diarios— y revertir décadas de contracción. Empresas como Chevron, ExxonMobil y ConocoPhillips ya preparan el retorno, incentivadas por garantías crediticias y posibles subsidios.

El petróleo, en suma, se transforma en un instrumento de poder global: define alianzas, castiga enemigos, y legitima intervenciones. Lo que comenzó como una “Operación contra el narcoterrorismo” terminó siendo la instauración de un protectorado energético.

Efectos colaterales del reacomodo

Este nuevo orden deja perdedores claros. Cuba, que recibía hasta 100.000 barriles diarios subsidiados por Venezuela, entra en una crisis energética terminal. Nicaragua, que dependía de esos envíos, enfrenta consecuencias similares. La izquierda bolivariana latinoamericana queda aislada, mientras los gobiernos aliados a Washington se preparan para una reconfiguración del mapa geopolítico.

En paralelo, la intervención revive fantasmas del pasado: la diplomacia del cañonero, el uso del poder militar para “estabilizar” regiones ricas en recursos. Voces en la ONU alertan sobre un retorno a la “era de los imperios”, donde la soberanía es una variable negociable. Desde Moscú y Pekín llegan condenas y advertencias, no por altruismo, sino por la pérdida de inversiones que rondan los 16.000 millones de dólares en proyectos petroleros.

Pero también hay quien celebra. Europa respira con los precios del crudo más estables. Colombia podría beneficiarse si el retorno de los migrantes reduce la presión humanitaria. Brasil, dividido entre cautela y pragmatismo, observa la posibilidad de integrarse a un corredor energético regional bajo tutela estadounidense.

El poder detrás del poder

Mientras tanto, dentro del país, la transición se juega en un tablero interno lleno de trampas. Diosdado Cabello, ministro del Interior, y Vladimir Padrino López, de Defensa, continúan siendo figuras clave. Washington los mantiene bajo el ojo público —y bajo amenaza—, ofreciendo a la vez incentivos para garantizar estabilidad sin tropas en el terreno. Un quiebre entre ellos podría precipitar el derrumbe de la estructura militar y abrir paso a un esquema de control parcial, civil-militar y tutelado desde el norte.

El Senado norteamericano, por su parte, aprobó una resolución que limita el poder de guerra presidencial, exigiendo autorización del Congreso para cualquier acción adicional en Venezuela. Esta restricción frena parcialmente las ambiciones de Trump, forzando una vía más diplomática y prolongando la incertidumbre.

Venezuela, entre la esperanza y el precio del barril

La historia parece repetirse: cada transición en Venezuela tiene el petróleo como motor y maldición. Pero esta vez, el tablero es global. Si la “transición tutelada” logra estabilizar el país, millones de refugiados podrían regresar. Si se convierte en una ocupación encubierta, estaremos ante una nueva forma de colonialismo: moderna, tecnocrática y legalizada.

Por ahora, me quedo con lo esencial. Celebro la liberación de los presos políticos. Espero reencontrar a Henry Alvíarez, Enrique Ferreira, Rocío San Miguel, Biaggio Pillieri, y tantos otros que pagaron el precio por disentir. Celebro su libertad, aunque sepa que todavía no somos libres del todo. Porque entre tanta geopolítica, discursos y barriles, es bueno recordarlo: sí, es el petróleo, estúpido. Pero también somos nosotros, los que aún creemos en futuro.

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