lunes, mayo 25, 2026
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Los cien días en que el imperio de Alex Saab se volvió humo

CARACAS. — El aire en la oficina del piso alto huele a laca cara, a tabaco cubano apagado a las carreras y a ese miedo denso, casi sólido, que empieza a brotar cuando los teléfonos de línea segura dejan de sonar. Es enero. La luz de Caracas a esta hora de la tarde tiene un color amarillo sucio, como de fotografía vieja, y Alex Nain Saab Morán —el hombre que pasó una década vistiendo trajes de tres mil dólares para ocultar que su verdadero oficio era el de un tendero de esquina a escala global— mira la pantalla de su celular.

El tuit de Delcy Rodríguez todavía está ahí. “Agradezco al compañero Alex Saab por su labor…”. Palabras tibias. Palabras de funeral de Estado antes de que haya cuerpo. Saab sabe de sintaxis chavista; sabe que cuando te dan las gracias en público y te prometen «nuevas responsabilidades», lo que te están firmando es el pasaporte al sótano de El Helicoide.

Apenas unas semanas antes, el 3 de enero, el suelo se había abierto bajo sus pies. Un comando estadounidense se había llevado a Nicolás Maduro en un abrir y cerrar de ojos, rompiendo esa coreografía de poder que parecía eterna. Y ahí quedó Saab: el superministro, el enviado especial, el mago de los CLAP, convertido de la noche a la mañana en un bulto incómodo que la nueva junta de transición necesitaba limpiar de la mesa para poder sentarse a negociar con Washington.

La Gibson y los diamantes falsos

Para entender cómo un comerciante textil de Barranquilla terminó atrapado en un laberinto judicial entre Roma, Caracas y Miami, hay que mirarlo en su hábitat. Saab no era un ideólogo. Era un esteta del exceso con la mentalidad de un contrabandista del siglo XIX. Mientras el país hacía cola por un paquete de harina de maíz de dudosa calidad, su entorno se movía en un ecosistema de apartamentos de cinco millones de euros en la Via Condotti de Roma, cuentas numeradas en paraísos fiscales con nombres que suenan a empresas de mudanzas —Mirona Food, Glenmore Proje— y un séquito familiar que se desplazaba con la impunidad de la realeza exiliada.

Pero el dinero no compra el tiempo, solo lo decora.

Desde mediados de 2025, previendo que el barco chavista tenía más boquetes de los que sus millones podían tapar, Saab empezó a tejer lo que en los pasillos de la Cancillería llamaban con sorna Il Ritorno. El plan tenía el sello de la casa: diplomacia de rehenes.

El peón en su tablero era Alberto Trentini, un cooperante italiano de 46 años, un tipo con barba de geógrafo y mirada cansada que trabajaba para una oenegé y al que la policía política había cazado en Apure bajo la acusación genérica e incomprobable de «espionaje». Trentini era el rehén perfecto. No tenía importancia militar, pero en Roma su nombre abría telediarios. Giorgia Meloni había hecho del caso una cuestión de orgullo patrio.

Saab, operando a través de Luigi Giuliano —un abogado con conexiones lo suficientemente aceitadas en Carabobo y Roma—, le ofreció a la fiscalía italiana un trato de mercado negro: la cabeza de Trentini en una bandeja de plata a cambio de un patteggiamento. Un acuerdo de culpabilidad express. Limpiamos las órdenes de captura de Camilla Fabri, reducimos las penas a menos de dos años para que nadie pise la cárcel, nos devuelven el apartamento de Via Condotti y todos contentos.

«Giuliano convenció a Alex de que era la única salida», dice ahora una fuente diplomática que pide anonimato mientras fuma un cigarrillo tras otro en un café de Las Mercedes. «El problema es que Alex se creyó más listo que los italianos. Quiso estirar la cuerda».

El 31 de octubre de 2025 el pacto estaba firmado. Trentini debía salir libre en una semana. Pero Saab reculó. Usó como excusa el despliegue de los barcos de la Marina estadounidense en el Caribe. «No puedo presionar a Miraflores con la flota ahí afuera», se justificó. En Roma, la paciencia de los fiscales se agotó con el ruido de un portazo: el 12 de noviembre introdujeron una apelación para tumbar el acuerdo. El farol de Saab se había terminado.

El desfile de las maletas pesadas

La mañana del viernes en el aeropuerto de Maiquetía no hubo alfombra roja ni fotógrafos de la prensa oficial. Camilla Fabri, la exmodelo romana a la que el chavismo había nombrado, en un giro de ironía macabra, presidenta de la Misión Vuelta a la Patria, caminaba hacia la zona de embarque escoltada por diez personas. Su hermana Beatrice, su cuñado Lorenzo Antonelli —ambos salpicados por la misma tinta judicial en Italia— y la ruidosa prole de Saab.

Hacían el viaje a la inversa. La vuelta a la patria de Fabri costó diez millones de euros en cuentas congeladas y activos confiscados por los tribunales italianos. Una fianza de sangre para poder volver a pisar el suelo de Roma sin terminar en una celda de Rebibbia. Pagaron la multa, aceptaron la condena condicional y dejaron atrás el trópico.

Mientras el avión de Alitalia ganaba altura sobre el mar Caribe, Alex Saab ya no estaba en su oficina de cristal. El Helicoide tiene un olor particular: una mezcla de humedad subterránea, desinfectante barato y el sudor rancio del miedo acumulado por años. Allí pasó sus últimas semanas, borrado de la narrativa oficial, despojado del pasaporte diplomático que alguna vez exhibió como un escudo de invulnerabilidad.

Los mismos diputados que en 2023 lo comparaban con los «cinco héroes cubanos» en encendidos discursos parlamentarios, ahora evitaban pronunciar su nombre. El aparato de propaganda es una picadora de carne: un día eres el mártir del bloqueo y al siguiente eres un «ciudadano colombiano con documentación falsa».

El sábado por la mañana, los oficiales del servicio de migración de Estados Unidos lo subieron a un avión con rumbo norte. Es su segundo viaje a la Florida en cinco años. El primero lo hizo con el aura de un prisionero de alto valor político; este lo hace como el cabo suelto de un régimen que ya no existe. Al final, el gran negociador, el hombre que creía poder comprar su libertad utilizando la vida de un cooperante veneciano, descubrió la regla de oro del Nuevo Periodismo y de la vida misma: en las crónicas de poder, los intermediarios siempre terminan pagando la cuenta completa.

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