Más de 1.700 muertos, edificios que no debieron caer y miles de migrantes en vilo. Un retrato de la catástrofe que reavivó todas las heridas anteriores.
El olor llega antes que las imágenes. En La Guaira, la única forma de escapar de él es acercarse al mar. Del otro lado de la carretera costera, bajo un sol que a media tarde roza los 40 grados, lo que antes fueron edificios de ocho pisos son ahora montañas de hierro y cemento. Cuatro días después de que dos terremotos —de magnitud 7,2 y 7,5— sacudieran el norte de Venezuela en menos de un minuto de diferencia, los rescatistas siguen buscando voces entre el silencio de los cascotes.
El balance oficial del lunes 29 de junio es devastador: 1.719 muertos, más de 5.000 heridos, 855 edificios afectados —189 con colapso total— y cerca de 6,76 millones de personas potencialmente damnificadas, según la Organización Internacional para las Migraciones. Es la peor catástrofe sísmica que sufre Venezuela en un siglo.
Una tragedia dentro de la tragedia
Ángel tiene 23 años y viajó casi diez horas desde el estado Sucre para buscar sobrevivientes con los compañeros de su club de moteros. Lo primero que encontró al colarse por un hueco del derrumbe fue un brazo saliendo de los cascotes. Luego, una pierna colgando. «Vi el cuerpo de mi abuela en el velorio, pero esto es otra cosa», dice, sentado en una silla de plástico frente al mar, con la mascarilla colgada del cuello.
A su lado, Alejandro, chofer de turistas de 29 años venido de la Cordillera andina, intenta explicar el olor que lo impregna todo. «No es como el del pescado podrido, es más fuerte. No te lo quitas a menos que vengas aquí, cerca del agua salada.» Las olas caribeñas siguen su cadencia, ajenas al caos del otro lado de la carretera.
En medio de ese caos, hombres como Rubén —vecino de dos cuadras— se convierten en líderes improvisados. Con él ya rescataron con vida a cinco personas de un mismo edificio. «Es como el protagonista de una novela», cuenta Flavio, quien trabaja en las labores de rescate mientras su propia esposa permanece atrapada entre los escombros. «Yo me como una arepita con queso y sigo pa’lante.»
Pero la adrenalina también tiene sus trampas. El lunes por la mañana, una voz escuchada en las profundidades de un derrumbe movilizó a bomberos, policías y militares. Horas después, Rubén tuvo que anunciar desde lo alto de la montaña de escombros: «Rescate cancelado. El lugar es demasiado peligroso.» El silencio que siguió fue otro tipo de derrumbe.

Por qué cayeron los edificios
La destrucción no fue accidental. Fue décadas de decisiones acumuladas. Ingenieros y especialistas coinciden en que Venezuela lleva años construyendo sobre una bomba de tiempo sísmica.
Muchas de las estructuras colapsadas en La Guaira y Caracas fueron levantadas durante la bonanza petrolera, con prisa y sin respetar los estándares antisísmicos modernos. Los edificios de las décadas de 1950 y 1960 nunca fueron actualizados. Y los que sí se construyeron más recientemente, según los códigos vigentes, tampoco resistieron.
«No tienen las vigas y refuerzos más modernos que hoy en día se usan», explicó David Cocke, ingeniero estructural californiano que dirigió el Earthquake Engineering Research Institute. El problema: pisos bajos «débiles» —garajes y espacios abiertos— que al ceder arrastraron a todos los pisos superiores en colapsos tipo dominó.
La geografía empeoró el escenario. El suelo blando amplifica las ondas sísmicas. Y la secuencia de dos terremotos poderosos en menos de un minuto fue letal: «Como si dos personas empezaran a gritar al mismo tiempo, las vibraciones se amplifican», explicó el geofísico brasileño Marcos Ferreira, recordando el patrón de la tragedia turca de 2023 que dejó más de 60.000 muertos.
Los que están fuera y no pueden volver, ni quedarse
La catástrofe tiene también un capítulo que se escribe lejos de Venezuela. En Panamá, María Corina Machado —líder opositora y Premio Nobel de la Paz 2025— denunció este lunes que el gobierno de Delcy Rodríguez cerró el espacio aéreo del país, impidiéndole regresar para acompañar a los damnificados. También señaló que equipos de rescate internacionales y periodistas enfrentan obstáculos para operar en el terreno.
Y en Estados Unidos, cerca de 600.000 venezolanos con Estatus de Protección Temporal (TPS) observan la tragedia con el miedo a la deportación encima. El gobierno de Donald Trump canceló la protección que les permitía trabajar y residir legalmente; 250.000 ya la perdieron, otros 350.000 la perderán en octubre.
El TPS fue creado precisamente para situaciones como esta: cuando un desastre hace imposible el retorno seguro. Pero el camino legal está cerrado. Una decisión de la Corte Suprema del 25 de junio —un día después de los sismos— complicó aún más el panorama al validar la cancelación del programa para haitianos y sirios.
El dato más cruel: casi 150 venezolanos deportados desde Estados Unidos aterrizaron en La Guaira el mismo día de los terremotos. Fueron trasladados a un hotel en la zona cero. Se estima que apenas una decena sobrevivió.
Venezuela lleva un siglo sin una catástrofe de esta magnitud. Y enfrenta la reconstrucción con la economía rota, las instituciones debilitadas, millones en el exilio y los ingenieros advirtiéndo que incluso los códigos de construcción vigentes necesitan revisión. El mar sigue sereno frente a La Guaira. Del otro lado de la carretera, el país intenta encontrar sus muertos.


