miércoles, agosto 12, 2026
InicioEconomiaCAPÍTULO 6: El Tuit que Destruyó al Abuelo — Trump Lo Desautoriza...

CAPÍTULO 6: El Tuit que Destruyó al Abuelo — Trump Lo Desautoriza en 280 Caracteres

Luis Felipe Montiel

El 12 de febrero de 2026, a las 9:47 de la mañana, hora de la Costa Este, Donald Trump publicó en Truth Social un mensaje que, en cualquier otra administración, habría provocado un terremoto diplomático. No era una declaración de guerra. No era un nombramiento. Era una desautorización. Dirigida, con nombre y apellido, a Harry Sargeant III. Y redactada con la elegancia de un martillo neumático: “No tiene autoridad, de ninguna manera, forma o forma, para actuar en nombre de los Estados Unidos de América, ni tampoco nadie más que no sea aprobado por el Departamento de Estado”.

El motivo aparente fue un reportaje del Wall Street Journal que, horas antes, había pintado a Sargeant como asesor informal de la Casa Blanca sobre Venezuela, sugiriendo que el magnate petrolero llevaba tiempo influyendo en la política hacia Caracas desde las sombras (WSJ). Trump, celoso de su monopolio sobre la política exterior y alérgico a compartir el reflector, reaccionó con la sutileza de un toro en una cristalería. No hubo llamada previa. No hubo comunicado interno. Fue una humillación pública, ejecutada en un tuit, desde la cuenta personal del presidente de Estados Unidos.

Para Sargeant, que había pasado años cultivando su imagen de puente indispensable entre Washington y Caracas, el golpe fue devastador. No porque cambiara algo en la realidad —según Reuters, Sargeant y su equipo sí habían estado asesorando informalmente a la administración sobre cómo ingenierizar el retorno de empresas petroleras estadounidenses a Venezuela— sino porque destruía la narrativa que el magnate había construido con cuidado. La narrativa de que él no era solo un empresario; era un actor geopolítico. De que sus reuniones con Maduro no eran negocios; eran servicio público. De que su acceso a Miraflores no era una ventaja comercial; era una herramienta de Estado.

Trump, con su tuit, arrasó esa narrativa. La redujo a cenizas. Y de paso le recordó a Sargeant algo que el magnate parecía haber olvidado: en la Casa Blanca de Trump, solo hay un protagonista. Y no es el donante republicano de Palm Beach.

La ironía es múltiple. Primero, porque Sargeant había sido precisamente el facilitador de una de las pocas victorias diplomáticas de la administración en Venezuela: la reunión Grenell-Maduro de enero de 2025, que resultó en seis estadounidenses liberados y la renovación de la licencia de Chevron. Sin Sargeant, es probable que esa reunión nunca hubiera ocurrido. Y, sin embargo, un año después, el mismo presidente que se benefició de su intermediación lo desautorizaba como si fuera un vendedor de enciclopedias colado en la residencia oficial.

Segundo, porque la desautorización llegó justo en el momento de mayor influencia de Sargeant. Había estado viajando a Caracas con frecuencia. Había reunido un equipo de ex ejecutivos de Chevron y consultores políticos. Había estado presionando, según fuentes de Reuters, para que la administración adoptara una postura más pragmática hacia Venezuela, argumentando que el país representaba “la mayor oportunidad de inversión desde el colapso de la Unión Soviética”. Y había estado, según POLITICO, bajo la lupa del FBI, que examinaba aspectos de sus esfuerzos de influencia (POLITICO).

Tercero, y quizás lo más irónico, porque la desautorización de Trump no detuvo a Sargeant. Ni siquiera lo ralentizó. Apenas semanas después del tuit, seguía volando a Caracas, reuniéndose con funcionarios venezolanos y negociando contratos de asfalto y derechos petroleros. Porque al final del día, una desautorización en Truth Social no tiene valor legal. No revoca licencias. No congela activos. No impide que un ciudadano privado haga negocios en el extranjero. Es solo ruido. Y en el mundo del petróleo, el ruido es irrelevante mientras el crudo siga fluyendo.

Pero el daño reputacional fue real. La prensa, que ya husmeaba en la historia de Sargeant, recibió el tuit como confirmación de que algo raro pasaba. ¿Por qué el presidente necesitaba desautorizar públicamente a un empresario privado? ¿Qué había hecho Sargeant para merecer semejante reprimenda? ¿Había cruzado alguna línea? ¿Había prometido algo que no podía cumplir? Las preguntas se multiplicaron, y las respuestas, como siempre, fueron escasas.

El abogado de Sargeant, Christopher Kise, salió a defender a su cliente con la vehemencia de quien sabe que la batalla se gana en los tribunales, no en Twitter. Negó cualquier irregularidad. Negó que Sargeant hubiera actuado como agente del gobierno. Negó que hubiera recibido contraprestaciones. Y negó, de paso, que la desautorización de Trump tuviera algún efecto práctico en las operaciones de su cliente. Todo era legal, insistió. Todo era transparente. Todo era protección de intereses comerciales estadounidenses.

Quizás. O quizás no. Lo innegable es que la desautorización marcó un punto de inflexión. Fue el momento en que Sargeant pasó de actor útil a actor incómodo. De ser el puente a ser el obstáculo. De ser el “Abuelo” de Maduro a ser el problema de Trump. Y en la política exterior de Estados Unidos, ser un problema para el presidente es la forma más rápida de perder el acceso.

Sargeant, como hemos visto, no es un hombre que se rinda fácilmente. Si Trump le cerraba la puerta frontal, él encontraría la ventana trasera. Y si no había ventana, construiría un túnel. Porque en el mundo del petróleo, la única regla que importa es que el crudo siempre encuentra su camino. Y Harry Sargeant III, hasta ahora, había sido esa tubería.

RELATED ARTICLES

Most Popular