miércoles, agosto 12, 2026
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CAPÍTULO 7: El Espía de Chevron — Ali Moshiri, el Hombre de la CIA que Abrió Caracas a Sargeant

Luis Felipe Montiel

En toda historia de intriga petrolera hay un personaje que no encaja del todo. No es el villano principal ni el héroe trágico. Es el tipo que aparece en escena con un pie en el mundo corporativo y otro en el de las sombras. En la saga de Harry Sargeant III en Venezuela, ese personaje es Ali Moshiri. Ex presidente de exploración y producción de Chevron para América Latina. Director de Amos Energy. Viajero frecuente a Caracas. Y, según reportes de Bloomberg, informante de la CIA.

Sí, leyeron bien. Informante de la CIA.

La historia de Moshiri con Venezuela comienza mucho antes de su encuentro con Sargeant. Como ejecutivo de Chevron, supervisó las operaciones de la petrolera estadounidense en el país durante años. Chevron, una de las pocas empresas occidentales que mantuvo presencia en Venezuela pese a la expropiación de activos y la deterioración de la relación bilateral, operaba bajo una licencia especial del Tesoro que le permitía extraer crudo del campo Boscan —el mayor productor de crudo para asfalto en el país— y comercializarlo a través de PDVSA. Moshiri conoció a fondo la maquinaria petrolera venezolana. Conoció a los funcionarios clave. Conoció los campos, las refinerías, los contratos, las comisiones. Y cuando se retiró de Chevron, no se retiró de Venezuela.

En 2017, Moshiri viajó a Caracas junto con Sargeant. El objetivo era reunirse con Nicolás Maduro y negociar el acceso a crudo pesado venezolano. Moshiri, ya sin el uniforme de Chevron pero con toda la experiencia acumulada, actuaba como guía y asesor. Conocía el terreno. Sabía quién importaba y quién no. Sabía qué ofrecer y qué exigir. Y, según reportes posteriores, también tenía una línea directa con Langley.

Bloomberg reveló que Moshiri había servido como informante de la CIA, proporcionando información sobre la situación política y económica de Venezuela a la agencia de inteligencia estadounidense. Su mensaje, según las fuentes citadas, era consistente: una intervención forzosa o un cambio de régimen abrupto sería desastroso para los intereses estadounidenses. Venezuela, argumentaba, no era otro Iraq. No era un país que pudiera “arreglarse” con sanciones y presión militar. Era un estado fallido con 300.000 millones de barriles de reservas probadas, y cualquier vacío de poder sería ocupado rápidamente por China, Rusia o Irán.

El papel de Moshiri como informante añade una capa de complejidad fascinante a la red de Sargeant. Porque significa que, cuando Sargeant volaba a Caracas con Moshiri a su lado, no solo llevaba un experto petrolero. Llevaba, potencialmente, un canal de inteligencia. No sabemos si Sargeant sabía del vínculo de Moshiri con la CIA. No sabemos si la CIA sabía de los negocios privados de Moshiri con Sargeant. Y no sabemos si alguna de las reuniones en Caracas fue coordinada, aunque fuera informalmente, con la agencia. Pero lo que sí sabemos es que, en la geopolítica petrolera, estas líneas nunca están del todo separadas.

Moshiri representa el arquetipo del ejecutivo petrolero convertido en actor geopolítico. No por ambición política, sino por la naturaleza misma del negocio. Cuando supervisas la producción de crudo en un país como Venezuela, no puedes ignorar la política. La política determina quién obtiene la licencia, quién paga los impuestos, quién va a la cárcel y quién recibe la medalla. Y cuando te retiras de la corporación pero mantienes tus contactos, no puedes ignorar la inteligencia. Porque la inteligencia es, en esencia, información privilegiada. Y la información privilegiada es, en esencia, poder.

La relación entre Moshiri y Sargeant ilustra cómo funciona la diplomacia empresarial en la sombra. No hay embajadas. No hay notas diplomáticas. Hay reuniones en hoteles de Caracas, cenas en restaurantes privados y conversaciones en aviones privados volando entre Miami y Maiquetía. Y hay, siempre, un interés comercial que justifica la proximidad. Moshiri, a través de Amos Energy, tenía intereses en la rehabilitación de campos petroleros venezolanos. Sargeant, a través de Global Oil Management, tenía intereses en el asfalto y el crudo pesado. Ambos necesitaban lo mismo: que Venezuela siguiera produciendo petróleo, que las sanciones no fueran totales, y que el régimen chavista no colapsara de forma caótica.

Hay algo más oscuro en la historia de Moshiri. Su rol como informante de la CIA lo colocaba en una posición de doble lealtad. Por un lado, servía a los intereses de inteligencia de Estados Unidos, ayudando a Washington a entender un país opaco y peligroso. Por otro, asesoraba a un empresario privado cuyos negocios se beneficiarían directamente de cualquier relajamiento de la política estadounidense hacia Venezuela.

¿Era Moshiri un patriota que usaba su experiencia para servir a su país? ¿O un operador que usaba su conexión con la CIA para aumentar su valor como consultor petrolero? La respuesta, como siempre en estos casos, es probablemente ambas. Y ninguna.

Cuando el FBI comenzó a examinar los esfuerzos de Sargeant, según POLITICO, es probable que también miraran de reojo a Moshiri. Porque en una investigación sobre influencia extranjera y posibles violaciones de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA), un ex ejecutivo de Chevron que también es informante de la CIA y que viaja con un magnate petrolero a reunirse con un dictador sancionado es exactamente el tipo de personaje que hace que los agentes del Bureau se pongan los lentes de lectura.

Moshiri, como Sargeant, ha demostrado una habilidad sobrenatural para navegar aguas turbulentas. No ha sido acusado de nada. No ha perdido su licencia de operación. No ha sido expulsado de Venezuela ni investigado públicamente. Sigue siendo, según todo indica, un actor clave en el ecosistema petrolero que conecta Houston, Caracas y Washington. Un espía corporativo. Un consultor de sombras. Un hombre que sabe demasiado y que, por eso mismo, es demasiado valioso para ser descartado.

En la crónica de Sargeant en Venezuela, Ali Moshiri es el personaje que nadie vio venir pero que todos necesitaban. El guía que conocía el camino. El espía que sabía qué decir. Y el aliado que, en el momento exacto, supo cómo mantener viva la llama del negocio en un país que ardía.

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