El manifiesto del consejero delegado de la empresa, Alex Karp, increpa a las grandes tecnológicas a matar por la paz
En marzo de 1934, la revista Fortune publicó un reportaje sobre la guerra, titulado Arms and the Men (Las armas y los hombres), donde explicaba que cada baja enemiga costaba 25.000 dólares. “Cada vez que el fragmento de un proyectil se abre paso hacia el cerebro, el corazón o los intestinos de un hombre en la línea del frente, una gran parte de los 25.000 dólares encuentra su camino hacia el bolsillo de un fabricante de armas”. En Vietnam, el precio ya había subido a un millón de dólares por enemigo. Los rifles se habían convertido en helicópteros, bombardeos masivos, y una red logística global.
El reportaje de Fortune denunciaba cómo empresas como Krupp, el mayor fabricante de cañones de artillería pesada y obuses del imperio, vendía “a amigos y enemigos” a través de un entramado internacional de bancos, minas y fábricas como parte de un negocio cuyo “consumidor final” son los propios soldados. Con una interesante particularidad. Como observa de manera astuta Frank A. von Hippel en La era química, el comercio de armas es el único negocio en el que un pedido obtenido por un competidor aumenta el de sus rivales enemigos. “Las grandes firmas de armamento de las potencias hostiles se oponen como pilares que sostienen un mismo arco. Y la oposición de sus gobiernos hace su común prosperidad”.
En la guerra no todo son balas. El conglomerado alemán IG Farben, formado en 1916 por decenas de empresas químicas (incluyendo grandes como BASF, Bayer y Hoechst), fue uno de los principales financiadores del partido nazi y la compañía alemana que más se expandió por Europa, absorbiendo las firmas de los territorios anexionados por el Tercer Reich mientras experimentaban libremente productos como petróleo sintético, caucho sintético, lubricantes, explosivos, plastificantes, colorantes y nuevos componentes químicos como el zyklon B. En nuestra era, la industria que amenaza con devorar el planeta gracias a la guerra ya no es la petroquímica; son las grandes tecnológicas.
Desde que se ha convertido en el sistema operativo del Pentágono, Palantir se ve a sí misma como una “empresa colectiva” que combina la teoría política con la acción tecnológica, una nueva IG Farben capaz de liderar a los grandes jugadores de la industria, ofreciendo infraestructura técnica y alianzas estratégicas en perfecta alineación con las prioridades del gran proyecto americano. En el nuevo Manifesto, Alex Karp, consejero delegado de Palantir, interpela a las empresas tecnológicas sobre su “obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación” porque “la capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere (…) poder duro, y el poder duro en este siglo se construirá sobre el software”.
Como Vannevar Bush antes que él, Karp argumenta que para sostener la democracia y la seguridad, EE UU debe diseñar tecnologías de vigilancia, identificación y eliminación eficientes que sustituyan la torpe vigilancia policial. Plataformas de deportación masiva como ImmigrationOS y sistemas letales casi automáticos como Maven Smart System, que lo mismo sirve para secuestrar presidentes que para bombardear Irán.
Pero su argumento de peso está en el punto cinco. “La cuestión no es si se construirán armas de inteligencia artificial, sino quién las construirá y con qué propósito. Nuestros adversarios no se detendrán a entregarse a debates teatrales sobre los méritos de desarrollar tecnologías con aplicaciones críticas para el ámbito militar y la seguridad nacional”. Y así es como las estadounidenses Palantir, Microsoft y Anthropic, y las chinas Baidu, Huawei y Tencent garantizan su común prosperidad a costa del resto del mundo.



