martes, junio 2, 2026
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Jorge Giménez Ochoa y el «metegol» del poder: El fútbol venezolano se juega en la cancha de la política

El fútbol profesional suele medirse en goles, títulos y pizarras tácticas. En Venezuela, sin embargo, el partido más intenso se disputa desde hace años en los despachos de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF), un terreno donde la estrategia deportiva pesa menos que las conexiones con el palacio de gobierno.

Tras décadas de sombras bajo el mandato de Rafael Esquivel —cuyo imperio se desplomó con el escándalo del FIFA Gate en 2015—, la promesa de una nueva era de transparencia quedó sepultada bajo el peso de la geopolítica interna del chavismo. El balón ya no rueda; se negocia.

La llegada de Jorge Giménez Ochoa a la presidencia de la FVF es la crónica de un ascenso tan meteórico como teledirigido. Con apenas 34 años y un historial empresarial difuso, Giménez se impuso en unas elecciones internas que parecieron más un reflejo de las tensiones del Ejecutivo que una contienda deportiva. Su rival en la cancha electoral fue Jorge Silva, presidente del Deportivo Táchira y ficha vinculada al ala de Diosdado Cabello. Giménez, en cambio, corría con el respaldo del bloque de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez. A la hora del pitazo final, el ala de la vicepresidenta ganó por goleada.

Las huellas de Giménez en el deporte rey son recientes. Debutó en 2016 como accionista del Deportivo Lara bajo el paraguas de supuestos éxitos en el sector camaronero y textil, negocios de los que internet guarda un místico silencio. Lo que las redes no han podido borrar son los hilos de su influencia política. Versiones de peso lo ubican como parte de la comitiva de cinco personas que acompañó a Delcy Rodríguez en el polémico vuelo del Delcygate que aterrizó en Madrid en 2020. Su consagración federativa no dejó lugar a dudas: los mensajes públicos de júbilo emitidos por la propia vicepresidenta y el entonces ministro Tareck El Aissami sellaron su bendición en el cargo.

Pero liderar la FVF no es un premio cómodo. Giménez heredó un organismo quebrado, asfixiado por las deudas tras el colapso de PDVSA —patrocinante oficial que desplazó a la empresa privada— y marcado por la tragedia de su predecesor, Jesús Berardinelli, quien falleció bajo custodia policial tras ser investigado por irregularidades financieras. Aun así, el nuevo directivo llegó al cargo haciendo alarde de una chequera robusta, asegurando incluso haber financiado de su propio bolsillo parte del salario del exseleccionador nacional José Peseiro antes de tomar formalmente el mando.

Detrás de este músculo financiero opera un tridente familiar. Junto a su padre, Fenelón Giménez González —un experimentado ejecutivo que logró sortear acusaciones de estafa financiera en el pasado—, el actual presidente de la FVF tejió una red de constructoras y firmas de maletín como Cenesur, logrando registrar al menos 22 contratos con filiales petroleras estatales entre 2017 y 2019.

El fútbol venezolano, que alguna vez soñó con el despegue internacional de la mano de una fanaticada creciente, vive hoy atrapado en un sistema de tikitaka corporativo y gubernamental. Con el exministro chavista Pedro Infante como su vicepresidente en la federación, Giménez sostiene el control de un balompié local raquítico. En esta liga de intereses cruzados, el objetivo parece claro: no importa si la Vinotinto clasifica o no al Mundial, mientras el control del balón siga perteneciendo al anillo de poder.

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