Por Asuri Montes de Oca
Siete meses. Eso es lo que tardó Venezuela en pasar de «presidente detenido por comandos estadounidenses» a «vamos a sentarnos a conversar como personas civilizadas». Nada mal para un país donde los diálogos políticos suelen tener la vida útil de un helado en pleno agosto caraqueño.
La protagonista de esta nueva temporada es Dinorah Figuera, médica de profesión y presidenta de una Asamblea Nacional que, técnicamente, nadie del chavismo reconoce, pero que Washington sigue tratando como si fuera la única legítima sobre la faz de la tierra. Esta semana volvió a pisar suelo venezolano acompañada de un grupo de exdiputados, dispuesta a negociar con Jorge Rodríguez —presidente del Parlamento oficialista y, para que la trama tenga suficiente condimento familiar, hermano de la propia presidenta encargada, Delcy Rodríguez—.
Sí, ese Jorge Rodríguez. El mismo que hasta hace poco era la cara dura del chavismo frente a cualquier interlocutor extranjero, ahora convertido en anfitrión de una delegación opositora que él mismo probablemente habría calificado de «agentes del imperio» en otro capítulo de esta historia. Pero bueno, la política tiene esa costumbre encantadora de reciclar enemigos en socios de negociación cuando conviene.
Vale la pena recordar cómo llegamos hasta aquí: en enero, fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro, y de la noche a la mañana el chavismo tuvo que reinventarse sin su figura central. Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada y, en un giro que ni el guionista más creativo se habría atrevido a proponer, comenzó a acercarse a Washington con un entusiasmo que no se veía desde antes de que Hugo Chávez llegara al poder en 1999. De enemigo jurado del imperio a nuevo mejor amigo de EE.UU.: la velocidad del cambio de bando merece, como mínimo, un aplauso técnico.
Ahora bien, ¿por qué Figuera y no las dos figuras más mediáticas de la oposición, Edmundo González o María Corina Machado, ganadora del Nobel de la Paz? Buena pregunta, y la respuesta parece tener menos que ver con carisma y más con currículum institucional. Figuera fue electa diputada en 2010 y reelecta en 2015, y desde 2023 ostenta la presidencia de esa Asamblea Nacional «fantasma» —la de 2015— que sigue sin reconocer ninguna elección legislativa posterior y que en su momento impulsó a Juan Guaidó como presidente interino, aventura que terminó en 2023 sin que Guaidó lograra ejercer poder real alguno, pese al respaldo de más de cincuenta países durante el primer mandato de Trump.
Es decir: Figuera no es la líder con más votos ni la más fotografiada en portadas internacionales, pero sí la heredera institucional de ese proyecto opositor que Washington nunca dejó de reconocer sobre el papel, aunque en la práctica no gobernara ni una cuadra. Ironías de la diplomacia: a veces gana quien tiene el sello correcto, no quien tiene el favor popular.
Su historia personal tampoco es menor. Sobreviviente de cáncer, comenzó su carrera política como concejala en Caracas a mediados de los noventa. Tuvo que exiliarse en España en 2018 tras denunciar amenazas vinculadas al caso de Fernando Albán, el opositor que murió al caer desde el décimo piso de la sede del servicio de inteligencia venezolano, en circunstancias que el Gobierno atribuyó a un suicidio y que la oposición siempre calificó como un asesinato con nombre y apellido. Desde entonces vive en Valencia, España, y en 2023 recibió, como regalo de bienvenida a su nuevo cargo, una orden de captura por parte del propio Estado que dice ahora sentarse a negociar con ella.
La reunión de junio, primera pisada de Figuera en suelo venezolano desde su exilio, contó con el respaldo explícito del Departamento de Estado estadounidense, que celebró el encuentro como el inicio de una hoja de ruta hacia una transición democrática. Palabras grandes para un proceso que, hasta ahora, ha avanzado a un ritmo que haría quedar rápido a un caracol.
¿Logrará esta vez la oposición lo que no consiguió entre 2019 y 2023, cuando tuvo el respaldo pleno de Washington y aun así no pudo ejercer poder real en el país? Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí es seguro es que, en esta nueva ronda, los apellidos Rodríguez estarán presentes en ambos lados de la mesa —el chavista y, indirectamente, el poder que decide quién se sienta a negociar—, y que la palabra «esperanza», pronunciada por Figuera al regresar, tendrá que sobrevivir, una vez más, al peso de la historia reciente venezolana.
Continuará. Como siempre.


