
El general ruso Oleg Makarevich, el hombre que Moscú puso al frente de la seguridad de Nicolás Maduro, pasaba los días mirando su teléfono. No era un dispositivo de última tecnología militar, era un smartphone con la aplicación FlightRadar24, esa que usan los aficionados para ver dónde van los aviones. Con eso, él y el Kremlin le vendieron al dictador la idea de que tenían un control total del espacio aéreo, que sabrían cuándo un caza norteamericano se acercaba o un misil apuntaba a Miraflores. Una mentira que mantuvieron hasta el final, aunque detrás de esa fachada no había más que un espejismo y una promesa vacía.
Makarevich no era un elegido por su brillantez. Todo lo contrario. Lo mandaron a Venezuela después de su pobre desempeño en Ucrania, donde no dejó precisamente un recuerdo de competencia. Llegó con un grupo de unos 120 hombres, la Equator Task Force, que supuestamente debía entrenar a los militares venezolanos en tácticas de infantería, manejo de drones y comunicaciones. Una fachada para lo que en realidad era: hacer creer que Rusia seguía siendo el escudo del chavismo, que Putin no iba a dejar caer a su aliado en el Caribe.
Por dentro, los militares venezolanos que debían trabajar con él no le tenían mucha fe. Conocían su historial, sabían que en el frente ucraniano no había sido más que otro general de salón. La confianza era poca, pero el régimen no tenía otra opción que creer. Y Makarevich, con su cabeza sudorosa y su teléfono en mano, seguía diciendo que todo estaba bajo control, que su tecnología de inteligencia de señales y escuchas era infalible. Les repetía a Maduro y a Cilia Flores que no había de qué preocuparse.
La noche más larga del chavismo, esa madrugada del 3 de enero de 2026, cuando Estados Unidos lanzó la operación «Resolución Absoluta», los rusos no vieron nada. Se enteraron de la invasión cuando los bombardeos ya caían sobre Fuerte Tiuna, la principal base militar de Venezuela, cuando los cazas surcaban los cielos de La Guaira, Miranda y Aragua, y cuando el aeropuerto de Caracas era un hervidero de acción militar. Mientras las fuerzas norteamericanas desplegaban más de 150 aeronaves, los soldados de Makarevich estaban tan desconcertados como los mismos chavistas. El general seguía mirando la pantalla de su teléfono, preguntándose qué estaba pasando.
El resultado fue un desastre absoluto. Maduro fue capturado y hoy está en una prisión de Brooklyn. Los 33 militares cubanos que debían protegerlo murieron. Y el encargado de la seguridad, el general ruso, no supo decir ni dónde ni cómo había fallado, porque nunca supo realmente qué estaba haciendo.
Dentro de la cúpula chavista que logró escapar, la bronca contra Makarevich y los rusos es inmensa. El embajador ruso en Caracas lo culpa en privado del fracaso, aunque en público se cuida de decirlo. La verdad es que nadie entiende cómo se pudo confiar en un tipo que vigilaba el Caribe con una aplicación civil. «No puedes proteger a un dictador con FlightRadar», dijo una fuente militar venezolana.
Ahora los cubanos están mirando el panorama con otros ojos. Saben que ellos son los próximos, que la protección que Rusia les prometió tiene más agujeros que un colador. Moscú nunca tuvo un plan real para salvar a Maduro; todo era una pantalla para mantener la influencia en la región, para seguir vendiendo humo en el patio trasero de Estados Unidos. Los rusos no salvaron al chavismo y ahora, con Maduro preso y el régimen tambaleándose, los cubanos saben que su tiempo se acerca. Sólo queda esperar a que el reloj marque la hora.


