
Miami no es solo playas, vida nocturna y exiliados soñando con regresar a La Habana. Miami es también la capital mundial de los intermediarios: de los operadores que se mueven entre el sol y la sombra, entre el español y el inglés, entre la licitud y la conveniencia. En el universo de Harry Sargeant III, uno de esos intermediarios es Hugo Perera, empresario inmobiliario de la ciudad del sol, con una habilidad particular para aparecer en fotografías incómodas junto a gente poderosa.
La foto en cuestión muestra a tres hombres en la oficina de Manuel Quevedo, entonces presidente de PDVSA, en Caracas. A la izquierda, Hugo Perera, sonriente y relajado, como quien visita a un primo lejano. En el centro, Quevedo, con la solemnidad de quien sabe que está siendo retratado para la posteridad. Y a la derecha, Harry Sargeant III, el “Abuelo” de Maduro, el magnate del asfalto, el hombre que no debería estar allí pero que de alguna manera siempre lo está. La imagen, publicada por medios venezolanos, es un retrato perfecto de la diplomacia de bajo fondo: empresarios de Florida, funcionarios chavistas y operadores políticos enredados en el mismo hilo, sonriendo para la cámara como si celebraran un cumpleaños en lugar de negociar petróleo en un país sancionado.
Pero Hugo Perera no es solo un rostro en una foto. Es un personaje con historial. En 2024, Perera testificó como testigo estrella en el juicio contra el ex congresista republicano David Rivera, acusado de actuar como agente extranjero no registrado para Venezuela. Según la acusación federal, Rivera había recibido dinero del gobierno venezolano para influir en la política estadounidense a favor del chavismo. Y Perera, según su propio testimonio, había estado en el centro de esas transacciones. Había facilitado pagos. Había organizado reuniones. Había servido de puente entre el dinero venezolano y los bolsillos estadounidenses.
La conexión entre Perera y Sargeant no está completamente documentada en los expedientes judiciales. No sabemos si Perera actuó como intermediario en los negocios de Sargeant con PDVSA. No sabemos si compartieron clientes, contactos o cuentas bancarias. Pero sabemos que aparecieron juntos en Caracas, en la oficina del presidente de la petrolera estatal, en un momento en que cualquier ciudadano estadounidense que hiciera negocios con PDVSA estaba técnicamente violando las sanciones. Y sabemos que, en el mundo de los intermediarios petroleros, las coincidencias son tan raras como el crudo ligero en Venezuela.
Perera representa la capa local de la operación Sargeant. El tipo que conoce a los funcionarios de Miami que a su vez conocen a los funcionarios de Caracas. El tipo que sabe qué restaurante es seguro para una reunión discreta. El tipo que puede arreglar un vuelo privado, una visa de emergencia o una transferencia bancaria que no deje rastro en los registros públicos. No es un ejecutivo de corporación. No es un diplomático. Es un operador. Y en el ecosistema de la influencia petrolera, los operadores son tan esenciales como los geólogos.
La red de amigos de Miami que rodea a Sargeant no termina en Perera. Según una investigación de POLITICO, Sargeant trabajó junto al ex congresista republicano Aaron Schock y una red de inversionistas y consultores para promover una postura más pragmática hacia Venezuela. Schock, que había renunciado al Congreso en 2015 acusado de malversación de fondos de campaña, resurgió en este nuevo papel como cabildero informal de la causa petrolera venezolana. Junto con el consultor Benjamin Papermaster, Schock y el grupo de inversionistas lanzaron una “campaña de comunicaciones coordinada” para persuadir a la Casa Blanca de que el compromiso económico con Venezuela servía a los intereses estadounidenses.
Según una investigación posterior, Schock y Sargeant viajaron a Venezuela casi al mismo tiempo que el propio secretario de Estado, Marco Rubio, recorría América Latina, y se reunieron con la entonces vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez para discutir una propuesta: que Caracas liberara presos a cambio de que Estados Unidos restaurara plenamente la licencia de Chevron y que Venezuela aceptara vuelos de deportación dos veces por semana (voz.us). Un asunto clave para Trump y para figuras de su gabinete, como el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller. Era una operación paralela que, según el reporte, llegó a socavar al propio Rubio desde dentro de la administración.
Piénsenlo un momento. Un ex congresista acusado de corrupción. Un consultor de relaciones públicas sin experiencia diplomática. Un grupo de inversionistas en bonos venezolanos que querían recuperar su dinero. Y un magnate petrolero con antecedentes de soborno transnacional. Esa era la “dream team” que intentaba redefinir la política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela. No eran académicos de Georgetown. No eran funcionarios de carrera del Departamento de Estado. Eran operadores de Miami, con agendas comerciales claras y una fe ciega en que el petróleo puede resolver cualquier problema geopolítico.
El papel de Miami en esta historia no es accidental. La ciudad es el puente natural entre Estados Unidos y América Latina. Es donde los millones del petróleo venezolano se lavan, se invierten y se multiplican. Es donde los exiliados chavistas compran condominios de lujo con dinero que debería estar en hospitales venezolanos. Y es donde los intermediarios como Perera construyen carreras moviendo influencia entre dos mundos que oficialmente se odian pero comercialmente se necesitan.
Sargeant, con su base en Palm Beach, estaba geográficamente en el centro de este ecosistema. A solo una hora de Miami, en el condado donde los ricos republicanos de Florida juegan al golf y hacen negocios, tenía acceso a la red de operadores, cabilderos y consultores que hacían posible el imposible: que un empresario estadounidense negociara con un régimen sancionado sin terminar en la cárcel.
Pero la red de Miami también es frágil. Depende de la discreción. Depende de que nadie hable demasiado. Depende de que las fotos no salgan a la luz. Y cuando salen —como la de Perera, Quevedo y Sargeant en Caracas— el ecosistema entero tiembla. Porque en Washington, una foto vale más que mil declaraciones juradas. Y una foto con el presidente de PDVSA, en plena vigencia de sanciones, es evidencia de algo que nadie quiere explicar en público.
Hugo Perera y los amigos de Miami son el telón de fondo de la historia de Sargeant. No son los protagonistas, pero sin ellos, la obra no podría representarse. Son los conectores. Los facilitadores. Los hombres de la sombra que hacen posible que el crudo fluya, que las reuniones ocurran, y que los cheques lleguen a su destino. Y en una historia donde todo el mundo niega todo, ellos son los que, eventualmente, aparecen en las fotos.


