martes, agosto 18, 2026
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(La Luz) Capítulo V — Los dragones de papel

Henry Figueroa Brett

Hubo un momento en que los contratistas de Caracas no hablaban en bolívares ni en dólares; hablaban en yuanes. Entre 2003 y 2017, Venezuela firmó diecisiete proyectos con empresas chinas por veintidós mil millones de dólares. Ninguno, según las auditorías que se han podido hacer a contraluz, porque la luz oficial nunca llegó, cumplió su objetivo.

Los bancos de Beijing cobraron puntualmente, con intereses, con cláusulas de petróleo, con barcos de crudo que salían mes a mes hacia el oriente como pago de una deuda por obras que no existen, por plantas que no encienden, por megavatios que nunca llegaron a un solo bombillo venezolano. Era el trueque del siglo: nosotros les dábamos petróleo, ellos nos daban promesas. Y las promesas, como suele pasar, no iluminan.

Tomemos la planta Batalla de Santa Inés, en Barinas. Costó mil trescientos quince millones de dólares. Se inauguró en 2017 con el presidente dando discurso, cortando cinta, sonriendo para las cámaras. De ciento cinco megavatios prometidos, nunca generó más de cuarenta y cinco, y para 2021 apenas daba quince megavatios, una burla, una mentira con chimenea. Hoy está fuera de servicio por falta de combustible. Es decir: gastaron mil millones en una planta que no tiene con qué alimentarse, como quien compra un avión de lujo y no le alcanza para la gasolina, como quien construye un restaurante y se olvida de contratar al cocinero. Eso no es ingeniería, eso no es planificación, eso es un chiste cruel que nos costó trece siglos de salarios mínimos y que hoy es solo chatarra decorativa en el llano venezolano.

La empresa Sinohydro Corporation, una de las favoritas de los funcionarios venezolanos, esa empresa que sonaba a nombre de película de ciencia ficción, firmó contratos por dos mil doscientos ochenta y siete millones para tres plantas. Los registros de la Banca Privada de Andorra —ese pequeño banco entre montañas que ya conocemos de sobra, el mismo que vio pasar los millones de los bolichicos de Derwick y los sobornos de Odebrecht— muestran que Sinohydro pagó ciento veintiún millones de dólares en sobornos a un funcionario de Pdvsa para asegurarse esos contratos. Así se hacían los negocios: con petróleo por un lado, con comisiones por el otro, con firmas en idiomas que nadie entendía, y con oscuridad para el pueblo al final del camino. El funcionario se llevó su mordida, el chino se llevó su contrato, y nosotros nos llevamos la planta que no funciona.

La planta Termocarabobo II costó mil doscientos setenta y tres millones. El ingeniero José Aguilar calcula que el sobreprecio fue de seiscientos veinte millones.  La cifra no me cabe en la cabeza: seiscientos veinte millones de dólares de puro aire, de puro humo, de puro robo con papeles en regla. Eso es más que el presupuesto de salud de varios países juntos. Eso es más que lo que cuesta mantener un hospital durante décadas.

La turbina de Planta Centro, contratada a China Machinery Engineering, tuvo un sobreprecio del cuarenta y cinco por ciento y solo funcionó tres años. Hoy es chatarra decorativa, un monumento de metal oxidado a la estupidez pagada con petróleo, a la corrupción que no necesita ni disimular. Cinco termoeléctricas chinas, por las que se pagaron cuatro mil ochocientos cincuenta y seis millones, no encendían ni un solo bombillo en 2021, según documentos filtrados de la propia Corpoelec, esos documentos que nunca debieron ver la luz pero que la oscuridad del apagón terminó por revelar, porque en la oscuridad todo sale a flote.

Y no fueron solo las plantas. También llegaron los medidores chinos, cincuenta mil unidades que supuestamente iban a modernizar el sistema, que iban a traer la «revolución energética» que anunciaban por televisión con spots coloridos y música alegre. Costaron millones, se instalaron a medias, muchos dejaron de funcionar antes de que terminara el año, y otros nunca sirvieron para nada. Era la revolución energética que anunciaban mientras la gente encendía velas en los barrios, mientras los comercios cerraban porque no aguantaban otro bajón de voltaje, mientras los hospitales perdían equipos que costaban más que la vida de los pacientes.

Un funcionario chavista firmando un contrato en mandarín, sin entender ni una palabra de lo que dice, con una sonrisa de oreja a oreja porque ya sabe cuánto le van a depositar en Andorra, en Suiza, en alguna cuenta de Barbados que ni siquiera está a su nombre pero que él controla con un teléfono. Y al fondo, la planta eléctrica que nunca encenderá, la turbina que nunca girará, el cable que nunca conducirá un solo electrón hasta una casa venezolana.

Esa es la foto que nunca pude tomar: el apretón de manos entre el ladrón y el cómplice, entre el que vendió la mentira y el que la compró con plata del pueblo, mientras el país se queda sin luz, sin justicia, y sin siquiera la dignidad de saber a quién reclamarle. Porque al final, el chino se llevó su petróleo, el funcionario se llevó su comisión, y nosotros nos llevamos la oscuridad. Esa es la única herencia que nos dejaron. Esa es la revolución energética: apagones con sello de Beijing.

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