
Más de trece mil millones de dólares en cooperación eléctrica para el extranjero, mientras en mi casa de Maracaibo se estropeaban los aires por los bajones de voltaje y mi vecino guarda la comida en una nevera que funciona cuando Dios quiere, que es casi nunca.
El gobierno de Hugo Chávez y después el de Nicolás Maduro gastaron, según los cálculos del ingeniero José Aguilar, (especialista en sistemas de generación eléctrica, ha sido citado recientemente (2025-2026) por medios como El Pitazo y Tal Cual analizando los racionamientos de Corpoelec y la caída de la generación térmica.) más de cien mil millones de dólares en veinte años para el sector eléctrico nacional. Cien mil millones.
Hago la cuenta y me mareo: eso es más del doble del presupuesto anual de países como Ecuador o Uruguay. Es suficiente para construir cincuenta represas como Caruachi, para tender líneas de transmisión hasta el Amazonas, para darle luz gratis a toda Latinoamérica si así se hubiera querido.
De ese montón, más del sesenta por ciento se despachó después de la supuesta «emergencia» decretada en 2009, esa emergencia que nunca terminó porque era un negocio que no debía acabar. Trece mil millones de esos dólares no se quedaron en Venezuela. Se fueron a Cuba, a Nicaragua, a Haití, a Bolivia, a islas del Caribe donde ni siquiera saben pronunciar bien el nombre de nuestro país, pero sí sabían cobrar con puntualidad suiza y firmar los recibos con letra clara.
Solo en Haití, en 2010, después del terremoto que devastó esa pobre isla, Venezuela financió plantas en Gonaives, Cabo Haitiano y Carrefour. En Nicaragua, entre 2007 y 2012, pagaron doce plantas que hoy generan trescientos treinta y seis megavatios, el setenta por ciento de la capacidad de ese país.
Y yo me pregunto, con la honestidad brutal de quien ya no tiene nada que perder: ¿quién pagó esa luz? La pagamos nosotros, los venezolanos, con el dinero que no se invirtió en las líneas de setecientos sesenta y cinco kilovoltios que se caían de oxidadas, con el dinero que no se usó para comprar los repuestos de Guri, con el dinero que desapareció en los contratos de Derwick mientras nos decían que había que hacer sacrificios, que había que ser solidarios, que había que pensar en el mundo antes que en uno mismo. Solidaridad con el mundo, oscuridad en casa.
En Bolivia, la planta de Entre Ríos, de cien megavatios, costó ochenta y seis millones y fue inaugurada con bombos y platillos en 2010. Las contrataron a Siemens y a TSK, firmas serias, con ingenieros que sabían lo que hacían, con garantías, con estándares internacionales, mientras aquí, en ese mismo año, le daban los contratos a Derwick, a unos muchachos sin historial que compraban turbinas usadas en Tanzania y las facturaban como nuevas.
Es decir: para el extranjero, ingeniería alemana; para nosotros, chatarra pintada de nuevo y vendida con precio de oro. Esa es la ecuación. Esa es la política energética de la revolución bolivariana. Ellos se llevaron la Siemens, nosotros nos quedamos con la Tanzania.
Con los dos mil millones que se llevaron Bolivia y Centroamérica, según los cálculos del ingeniero Aguilar, se podría haber mantenido todo el parque térmico venezolano y terminar la represa de Macagua.
Con los once mil millones que le dieron a Cuba para su sistema eléctrico, se podría haber construido una línea más de ochocientos kilovoltios para sacar la energía de Guri y tres plantas de ciclo combinado de seiscientos megavatios cada una.
Nos quedamos a oscuras para que otros tuvieran luz. Han sido luz para la calle y oscuridad para la casa. Eso no es diplomacia, eso no es solidaridad bolivariana, eso no es internacionalismo proletario. Eso es saqueo con destino internacional, eso es entregar la plata del pueblo con una mano mientras se le pide paciencia con la otra, eso es mirar a los venezolanos a los ojos y decirles que el apagón es culpa del imperialismo mientras se le paga la luz a La Habana.
No fue una mala decisión de planificación hecha por técnicos despistados. Fue una política deliberada, planificada, ejecutada con método. Mientras aquí se destruía OPSIS, se congelaban las tarifas por quince años, se fusilaban las inversiones y se iban los ingenieros huyendo de la miseria salarial, allá afuera se repartía la electricidad como quien reparte dulces en una fiesta que no paga. Y nosotros, los venezolanos, éramos los dueños de la piñata, nunca nos tocaban los caramelos. Solo nos tocaba ver cómo se la llevaban entera, mientras nosotros tropezábamos en la oscuridad de nuestras propias casas, encendiendo velas y pidiendo perdón por no ser lo suficientemente revolucionarios. Esa es la revolución que nos dejaron: oscuridad para nosotros, luz para los demás, y culpa para el que se atreva a reclamar.


