Por Luis Felipe Montiel
Hay una regla no escrita en el mundo de los negocios internacionales: nunca te hagas amigo de un dictador a menos que puedas sacarle dinero.
Harry Sargeant III, magnate petrolero de Palm Beach, ex piloto de caza de la Infantería de Marina, graduado de la Florida State University y compañero de golf de Donald Trump, parece haber leído ese manual al revés. No solo se hizo amigo de Nicolás Maduro; se convirtió en su «Abuelo».
Sí, así, con mayúscula. El propio Maduro le puso el mote porque, según el dictador venezolano, Sargeant se parecía físicamente a su abuelo. No sabemos si el cumplido incluía la barba canosa, la panza de empresario exitoso o el talento innato para los negocios turbios, pero lo cierto es que entre 2017 y 2026, Sargeant fue quizás el único ciudadano estadounidense que podía cruzar la puerta de Miraflores —el palacio presidencial de Caracas— sin pasaporte diplomático, sin escolta del FBI y sin la obligación de declarar ante nadie qué hacía allí.
La historia de Sargeant en Venezuela no comienza en 2017, claro. Comienza en los años ochenta, cuando su padre, Harry Sargeant Jr., fundó Sargeant Marine Inc., una de las mayores empresas de transporte y almacenamiento de asfalto del mundo. El asfalto, ese material viscoso y aburrido que usamos para tapar los baches de la autopista, resultó ser la puerta de entrada perfecta al universo petrolero venezolano. Venezuela produce un tipo de crudo pesado que, por alguna broma de la geología, es óptimo para convertirse en asfalto de alta calidad. Mientras otros empresarios estadounidenses veían en Venezuela solo riesgo político, los Sargeant vieron una mina de brea negra y brillante. Y así, década tras década, la familia construyó relaciones con funcionarios de PDVSA, la petrolera estatal, que iban desde lo comercial hasta lo que el Departamento de Justicia de Estados Unidos eventualmente calificaría como soborno transnacional.
Pero volvamos al «Abuelo». En noviembre de 2017, Sargeant voló a Caracas en un viaje que Reuters describiría años después como algo «inusual para un empresario estadounidense». La razón era simple: quería comprar crudo pesado venezolano para su nueva planta de asfalto en Nueva Jersey. Lo inusual no era el negocio; lo inusual era que, en plena crisis venezolana, con el país al borde del colapso humanitario y las sanciones acechando en el horizonte, un magnate republicano de Florida pudiera sentarse frente a frente con Nicolás Maduro y conversar como si estuvieran discutiendo el precio de los tomates en un mercado de agricultores. Según el propio Sargeant, Maduro le preguntó por qué las empresas estadounidenses dudaban en invertir en Venezuela. La pregunta, viniendo de un hombre cuyo gobierno había expropiado decenas de empresas extranjeras, tenía un cierto sabor a cinismo que solo un dictador podía permitirse.
La respuesta de Sargeant, si es que dio una, no fue registrada. Lo que sí quedó registrado fue el inicio de una relación que desafiaría toda lógica diplomática.
Mientras la administración Trump —el mismo Trump con quien Sargeant jugaba golf en Mar-a-Lago— construía una política de «presión máxima» contra el chavismo, Sargeant tejía acuerdos comerciales con la cúpula del régimen.
En 2018, firmó un acuerdo de participación productiva con PDVSA. El trato era ambicioso: sus empresas rehabilitarían campos petroleros destruidos a cambio de la mitad de los ingresos. PDVSA, desesperada por inversión extranjera y tecnología que no pudieran comprar los rusos ni los chinos, accedió. Se habló de una inversión de hasta 500 millones de dólares. Para un país que en ese momento no podía ni comprar papel higiénico, 500 millones sonaban a maná caído del cielo. Para Sargeant, eran una apuesta calculada en un mercado que pronto sería el único lugar del planeta donde un empresario con contactos podía comprar activos petroleros a precio de ganga.
La ironía, por supuesto, es que Sargeant no era un diplomático. No tenía credenciales del Departamento de Estado. No representaba a Chevron, ni a Exxon, ni a ninguna de las grandes petroleras que operan bajo estrictos protocolos de compliance. Era un empresario privado, dueño de un conglomerado opaco llamado Global Oil Management Group, que se movía entre refinerías, terminales de almacenamiento y operaciones de trading con la agilidad de quien no tiene que rendir cuentas ante accionistas públicos ni ante comités de ética. Y sin embargo, allí estaba, en Miraflores, siendo llamado «Abuelo» por el hombre que Washington consideraba el enemigo número uno del hemisferio occidental.
¿Cómo se explica esto? La respuesta corta es: dinero. La respuesta larga es: una combinación letal de dinero, proximidad política y un nicho de mercado que nadie más quería tocar. El asfalto no es sexy. No es el petróleo ligero de Texas que se convierte en gasolina. Es un producto de nicho, pesado, difícil de transportar, que requiere relaciones a largo plazo con proveedores específicos. Venezuela, gracias a su crudo del Orinoco, es uno de los pocos lugares del mundo que produce el tipo exacto de crudo pesado necesario para el asfalto de alta calidad. Y Sargeant, gracias a décadas de relaciones con PDVSA, era uno de los pocos empresarios estadounidenses que sabía cómo mover ese producto desde los tanques de almacenamiento de José, en Anzoátegui, hasta los puertos de Houston y Nueva Jersey.
Pero había algo más. Sargeant no solo vendía asfalto; vendía acceso. Era el puente que Washington no quería construir pero que, en momentos de necesidad, no podía evitar cruzar. Cuando Trump necesitó enviar a alguien a Caracas para hablar de deportaciones de migrantes, Sargeant facilitó la reunión. Cuando Chevron necesitó que su licencia de operación fuera renovada, Sargeant estuvo en la habitación donde se discutió el tema.
Cuando el Departamento del Tesoro necesitó dar una licencia especial para importar asfalto sin violar sanciones, Sargeant fue el beneficiario. En cada uno de estos momentos, el «Abuelo» de Maduro demostró que ser amigo de un dictador no es una carga; es un activo. Un activo negro, viscoso, y extremadamente rentable.
El problema, claro, es que en Washington no todo el mundo aprecia que un ciudadano privado haga de intermediario no oficial con un régimen sancionado. El FBI, según reportes de POLITICO, ha examinado aspectos de los esfuerzos de Sargeant. Su abogado, Christopher Kise, niega cualquier irregularidad y sostiene que su cliente actuó legalmente, enfocado en proteger intereses comerciales estadounidenses. Pero la línea entre proteger intereses comerciales y hacer política exterior sin licencia es delgada, y Sargeant la ha caminado durante años con la seguridad de quien sabe que su red de contactos es más valiosa que cualquier reglamento.
Así que aquí estamos. Un ex piloto de Marines, dueño de una fortuna petrolera, apodado «Abuelo» por un dictador socialista, jugando al golf con un presidente republicano, y negociando asfalto entre dos países que oficialmente no se hablan. Si esto fuera ficción, lo criticarían por inverosímil. Pero en el mundo real, el crudo siempre encuentra su camino. Y Harry Sargeant III, hasta ahora, ha sido esa tubería.
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