Luis Felipe Montiel
Bueno, vamos a ver. Resulta que Europa, esa señora elegante que siempre habla de valores y de derechos humanos en los pasillos de Bruselas, se ha puesto los guantes de trabajo y ha decidido, con la delicadeza de quien cierra una tienda a las seis en punto, que ya no quiere más gente tocando la puerta sin cita previa. Veintidós países firmaron una carta —empujada por Italia, que hoy predica el orden fronterizo con el mismo fervor con que antes pedía reparto solidario— para decirle a España, con ese tono de tío que aconseja en el velorio, que la cosa de Ceuta no puede seguir así.
Lo curioso, lo verdaderamente teatral del asunto, es que no firmaron los mismos de siempre. Ahí está Dinamarca, socialdemócrata hasta los tuétanos, tan dura con el migrante como cualquier ministro de ultraderecha húngaro. Porque resulta que el guion cambió: ya no se discute a quién le toca cargar con el paquete, sino cómo evitar que el paquete llegue. Es la diferencia entre discutir quién paga la cuenta y decidir que el restaurante cierre sus puertas.
España, Francia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo no firmaron. España porque es la protagonista del drama y a uno no le piden que aplauda su propio funeral. Francia y Portugal por cortesía vecinal —ellos también viven pegados a esa frontera sur que tanto preocupa—. Irlanda por temperamento, siempre un poco al margen de las fiestas continentales. Y Luxemburgo, ese país pequeño que se permite el lujo moral de los países pequeños: opinar bonito sin tener que ensuciarse las botas en la playa.
¿Por qué actúan así los europeos con España? Aquí es donde toca ponerse serio un segundo, sin perder la gracia. No es que odien a los españoles ni que desconfíen particularmente de Sánchez. Es que descubrieron, con el rigor del que hace cuentas de cocina, que la frontera de uno es la frontera de todos: lo que entra por Ceuta, si no se detiene ahí, termina tocando el timbre en Berlín o en Estocolmo por la puerta trasera de Schengen. Los del sur —Grecia, Malta, Chipre— llevan una década pidiendo ayuda en la primera línea de playa. Los del norte —Alemania, Bélgica, Países Bajos— están hartos de recibir al que ya entró por otro lado. Y el este, con Hungría y Polonia a la cabeza, convirtió todo esto en asunto de seguridad nacional desde que Lukashenko usó a los migrantes como ficha de ajedrez. Tres miedos distintos, una sola carta firmada.
¿Solución? Aquí uno tendría que ser más ingenuo de lo que la vida permite para creer en una fórmula mágica, pero digamos lo obvio con la boca pequeña: sin un mecanismo real y obligatorio de reparto —no de buenas intenciones, sino de cuotas con dientes—, y sin invertir en serio en los países de origen y tránsito para que la gente no tenga que jugarse la vida en una patera, Europa seguirá firmando cartas cada dos años mientras el problema, paciente, espera del otro lado del mar. Cerrar la puerta sin abrir ninguna ventana solo garantiza que la próxima crisis migratoria tenga, otra vez, apellido español.
¿Y Venezuela en todo esto? Ahí sí que el chiste deja de tener gracia. El nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, que entró en vigor el 12 de junio de este año, obligó a España a cerrar precisamente la vía que durante casi una década había servido de salvavidas administrativo para unos 240.000 venezolanos: la residencia por razones humanitarias, ese permiso que se entregaba sin necesidad de demostrar que uno era perseguido político, solo que venía huyendo de un país que se cae a pedazos. Ese mecanismo, vigente desde 2018 ante la avalancha de solicitudes de asilo venezolanas y la baja tasa de reconocimiento de refugiado, permitió regularizar a esos cientos de miles de personas. Ahora el Pacto busca uniformar el trato a los solicitantes de asilo en toda la Unión, lo cual suena bonito en el papel, pero en la práctica significa que el venezolano ya no tiene atajo: debe entrar por la puerta estrecha del asilo formal, con todo su expediente bajo el brazo, o buscar la vía ordinaria de extranjería, más lenta y más incierta. Migration Policy InstituteGrupohg
Es decir: el mismo endurecimiento que Italia le pide a España para contener al que llega por el Estrecho, termina por quitarle la alfombra roja al venezolano que ya estaba adentro, viviendo, trabajando, esperando sin dramatismo su turno en la fila de la normalidad. La geopolítica, como siempre, no distingue entre el que cruza el mar en una patera y el que hace quince años cruzó el Atlántico en un vuelo comercial con una maleta y la esperanza intacta: al final, a todos los mete en la misma gaveta que dice «frontera exterior».


