sábado, agosto 1, 2026
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El día que Fauci decidió no decir nada

Luis Felipe Montiel

Uno llega a estas audiencias esperando la verdad y termina, como siempre, presenciando una ceremonia. Porque eso fue lo que hubo ese miércoles en el Capitolio: una ceremonia, con su liturgia de preguntas que ya sabían la respuesta que no iban a recibir, y su público —nosotros, los que mirábamos desde las gradas o desde la pantalla— dispuesto a creer que esta vez sí, esta vez el señor de la bata blanca iba a confesar algo.

No confesó nada. Y ahí está la primera lección del día, la que nadie quiso subrayar: en este país, cuando un hombre viejo decide callarse, el silencio se vuelve más elocuente que cualquier discurso. Anthony Fauci, ochenta y cinco años, la mano a veces sobre el rostro como quien se protege de una luz demasiado fuerte, se sentó frente al comité y contestó, pregunta tras pregunta, con la misma fórmula ritual: con todo respeto, me acojo a la Quinta Enmienda. Tres horas así. Uno pensaría que a la hora y media el ejercicio pierde sentido, que hasta los senadores más aguerridos se cansan de golpear una puerta que no se va a abrir. Pero no: en la política, como en el teatro malo, la repetición no cansa a quien la ejecuta, solo a quien la sufre.

Rand Paul, que preside el comité y que parece haberse asignado a sí mismo el papel del fiscal implacable, abrió con una acusación que sonaba más a sentencia que a pregunta: que sin la complicidad de Fauci jamás se hubiese impuesto el confinamiento, que durante años evadió su responsabilidad. Lo dijo con la seguridad de quien ya redactó el veredicto antes del juicio. Y es que esa es la trampa de estas audiencias: no se investiga, se representa. Se sabe de antemano quién es el villano y quién el héroe, y lo único que falta es que los actores digan sus líneas.

Detrás de Paul venían los publicó las páginas del diario íntimo de Fauci —más de mil cien, escritas, dicen, en computadoras de su cuenta oficial y entregadas por el propio Departamento de Salud—, y ahí el espectáculo se puso interesante, porque un diario privado leído en público siempre revela dos cosas: lo que el autor pensó de verdad, y lo que sus enemigos quieren que signifique. Reflexiones sobre cenas con celebridades, inventarios de premios y reconocimientos: material perfecto para pintar a un hombre encantado de conocerse a sí mismo. Pero también, entreverado en esas mismas páginas, un científico anotando dudas, discutiendo con colegas hipótesis distintas sobre el origen del virus, actuando —según quien lo lea— como un funcionario razonablemente perdido en medio de una emergencia sin manual de instrucciones.

Ahí es donde la columnista Rachael Bedard pone el dedo en la llaga: que gran parte de lo que se exhibió como prueba de mentira y ocultamiento es, leído con calma, apenas el registro de una incertidumbre genuina. Que Fauci, ya en enero de 2020, escribía sobre la posibilidad de un origen animal del virus y sobre las conversaciones con otros expertos que barajaban explicaciones alternativas. Nada de esto cabe en el guion del juicio espectáculo, así que simplemente no se menciona.

Del lado demócrata, la compasión sustituyó al argumento. Los senadores Peters y Blumenthal usaron su tiempo para lamentar el calvario del testigo y, de paso, cargar contra la actual administración, como si la mejor defensa de un hombre acorralado fuera cambiar de acorralado. Solo uno, Andy Kim, se salió del libreto para decir algo que no buscaba aplausos: que llamar criminales a los servidores públicos, aunque produzca buenos titulares, va carcomiendo por dentro la confianza que sostiene el oficio mismo de gobernar. Una frase que, en medio de tanto ruido, sonó casi fuera de lugar por sensata.

Uno sale de estas audiencias con la sensación de haber visto mucho y aprendido poco. Bedard lo resume mejor que cualquiera de nosotros los espectadores improvisados: el teatro, cuando funciona de verdad, usa la ficción para iluminar una verdad más profunda; esta audiencia, en cambio, solo sirvió para que cada bando confirmara lo que ya venía pensando. Fauci —el científico convertido en símbolo, en blanco, en pantalla donde se proyectan todas las ansiedades de una pandemia que todavía no terminamos de digerir— seguirá siendo, para unos, el culpable que se escondió detrás de la ley, y para otros, el chivo expiatorio de un país que prefiere señalar a una persona antes que revisar sus propias instituciones.

Y ahí queda la audiencia, archivada ya como un episodio más de esta larga comedia nacional donde nadie sale absuelto y nadie sale condenado, porque en el fondo lo que se juzgaba no era a un hombre, sino la incapacidad colectiva de ponerse de acuerdo sobre lo que realmente pasó.

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