Hay una frase que resume mejor que cualquier informe diplomático el nivel de sofisticación de esta historia. Ocurrió cuando un hondureño se quejó porque no había agua para bañarse y un guardia le respondió, tajante, que aquello era África y que se aguantara. Como quien dice «bienvenido al hotel»; solo que el hotel no tiene agua, ni luz, ni la más remota intención de explicarte cómo demonios llegaste ahí.
Brayan Omar Sánchez lleva días asomado a un balcón en Bangui, capital de la República Centroafricana, mirando pasar a mujeres con canastas en la cabeza como si presenciara un documental que alguien puso en el canal equivocado. Hasta hace poco, su geografía mental de África cabía en tres palabras: desierto, animales feroces y enfermedades espantosas. Ahora vive ahí. Se podría decir que el universo tiene un sentido del humor especialmente cruel, o que Estados Unidos decidió tercerizar hasta la ironía.
Diez años en Miami cortando césped, manejando camiones y lavando fachadas a presión. Ni una multa, ni un delito: solo el pecado original de no tener papeles. Un día de mayo salió de su casa en Allapattah y el ICE lo recogió como quien recoge la basura los martes. De ahí, un tour por el sistema: Krome, Denver, Phoenix, Texas. Un peregrinaje tras otro, hasta que en el último centro a alguien se le ocurrió mezclarlo con migrantes africanos, una anomalía que despertó sus sospechas. Cuando finalmente le devolvieron sus pertenencias —incluidos unos zapatos hechos a mano con bolsas de papas y Doritos, la alta costura de la indigencia—, preguntó a dónde lo mandaban. La respuesta fue «África», dicha con la misma ligereza con la que se anuncia un vuelo retrasado.
El oficial que le informó del traslado fue, además, un maestro de la persuasión: «Si no suben al avión por las buenas, vendremos armados y a golpes». Un discurso motivacional digno de coach corporativo. Al día siguiente cumplieron su palabra: chalecos, escudos, esposas y un migrante vietnamita que se resistió hasta terminar inconsciente a golpes, mientras nadie podía —o quería— ayudarlo. Bienvenidos al vuelo inaugural de la nueva ruta humanitaria.
Fueron veintidós horas de avión, con escalas en Senegal y Nigeria, y un encierro absoluto: esposado de pies, manos y cintura, sin poder rascarse ni la cara. Como premio de consolación, una botella de agua y algo de pan: el catering menos generoso desde que existen las aerolíneas. Junto a Sánchez viajaban dos cubanos, Yasmani Noel Moreno de Armas y Arístides Fernández García, ambos con un estatus migratorio tan frágil que ni siquiera necesitaron cometer un delito para terminar encadenados.
A García lo detuvieron el mismo día que se presentó, de forma disciplinada, ante un juez de inmigración. La ironía no perdona: el mismo hombre que años atrás cruzó la frontera escuchando que llegaba a un país seguro, hoy se pregunta si aquello fue una broma de mal gusto anticipada por años.
Aterrizaron de noche. Los recibieron con una inyección cuyo contenido nadie se molestó en explicar —al parecer, el consentimiento informado es un lujo que no viaja en estos vuelos—. Después los llevaron a un hotel con nombre de spa boutique que en realidad repartía dos camisetas —una amarilla, una gris—, un pantalón y chancletas, como si fuera el uniforme de una secta de bajo presupuesto. Prohibido salir. Para ir a la esquina o a la barbería hay que sobornar a los guardias: la libertad, aquí, también se paga en cuotas.
El barbero no entendió lo que pedía uno de los cubanos y tuvieron que resolverlo a punta de fotos, como quien negocia un tratado internacional. En el hospital, ninguno sabía cómo describir sus síntomas, pero aun así llegaron a una conclusión contundente: el lugar estaba más deteriorado que Cuba. Viniendo de un cubano, es un diagnóstico devastador.
Todo esto ocurre en el marco de un acuerdo millonario entre gobiernos, de esos que se firman con sonrisas y champán mientras, a miles de kilómetros, alguien pierde la vida entera en un formulario.
Otro vuelo ya había llegado meses atrás desde Luisiana, y la lista de países africanos dispuestos a recibir deportados a cambio de sumas generosas sigue creciendo, como una subasta macabra donde el premio es no hacer preguntas. Mientras tanto, el mismo gobierno que organiza estas deportaciones le advierte a sus ciudadanos que no pisen ese país por los riesgos de disturbios, secuestros, minas terrestres y terrorismo. Una recomendación que, aparentemente, aplica para todos, excepto para los que ellos mismos deciden arrojar ahí.
Nadie les ha dado una identificación, un visado, ni una explicación decente. Solo les queda el insomnio, la ansiedad y la certeza compartida de que tienen que salir de Bangui. En la oscuridad centroafricana, sin electricidad la mayoría de las noches, un grupo de latinoamericanos espera que amanezca —literal y metafóricamente— mientras el resto del mundo sigue discutiendo mapas mal dibujados y acuerdos bien pagados.


