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Atrapados entre dos tragedias: deportados de EE UU murieron sepultados en el terremoto que sacudió a Venezuela

El miércoles 24 de junio, un vuelo procedente de Texas aterrizó en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar con 147 venezolanos deportados desde Estados Unidos: 120 hombres, 19 mujeres y siete niños. Horas antes habían sido detenidos por agentes de ICE en distintos puntos del país norteamericano —mercados, lugares de trabajo, centros de detención en Texas, Georgia o Arizona— y enviados de vuelta a la patria que muchos habían dejado buscando una vida mejor. No imaginaban que ese regreso terminaría siendo otra forma de catástrofe.

Apenas llegados, fueron trasladados por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) hacia el Hotel Santuario La Llanada, en el estado de La Guaira, un edificio sin lujos administrado por la Misión Negra Hipólita que en otros tiempos albergó un colegio y, durante la pandemia, sirvió de centro de aislamiento. Allí debían pasar por chequeos médicos y trámites de identidad antes de reunirse con sus familias. Pero antes de que cayera la noche, a las 18:04 hora local, la tierra empezó a temblar con una violencia que Venezuela no había sentido en más de un siglo.

El hotel colapsó sobre ellos. Según relatos de sobrevivientes, los deportados llegaron a pedir a gritos que el personal del Sebin les abriera las puertas mientras el suelo se movía, pero no fueron liberados a tiempo. Familiares denuncian que los dejaron encerrados como si fueran delincuentes, una acusación que ha generado indignación entre quienes esperan noticias de sus parientes.

Entre los sobrevivientes está Joan, un hombre de 28 años detenido por ICE el 13 de junio cuando iba a su trabajo en Florida, dejando atrás a su esposa y a su hija de seis años. Según su esposa Daniela, Joan se preparaba para dormir cuando sintió que todo comenzaba a moverse violentamente; logró calzarse y avanzar unos pasos antes de que el techo se desplomara. Quedó atrapado durante tres horas, protegido en parte por una litera y colchones que amortiguaron el peso de los escombros, hasta que consiguió liberarse por sus propios medios y ayudar a rescatar a otras personas.

No todos tuvieron la misma suerte. Anderson Daniel Salcedo Lozano, de 21 años, permanece entubado en un hospital de Caracas tras sufrir la amputación de ambas piernas; su pronóstico es crítico. Otros, como Eduardo José Osal Mujica, Javier Alejandro León o Kleiber Daniel Montangut, fueron confirmados muertos. Decenas más figuran como desaparecidos: Daniel Enrique Caraballo, Jorge Luis González, Adalberto Rincón Franco, Alejandro José Lizarazo y muchos otros cuyos nombres circulan en fichas de búsqueda compartidas desesperadamente en redes sociales por familiares que recorren hospitales sin obtener respuestas oficiales.

Según testimonios recogidos entre los sobrevivientes, apenas una docena de los 147 deportados habría salido con vida del derrumbe, aunque esa cifra no ha sido confirmada oficialmente por las autoridades venezolanas. La Gran Misión Vuelta a la Patria, responsable del programa de repatriación, ha evitado entregar un listado oficial de víctimas o supervivientes, limitándose a decir que continúa trabajando en ello.

La tragedia ocurre en medio de un desastre de proporciones nacionales: la ONU ha advertido que el sismo podría dejar decenas de miles de desaparecidos en todo el país, y las cifras oficiales de fallecidos han subido de forma constante, superando ya las 1.500 muertes confirmadas. El Hotel Santuario La Llanada, que durante meses recibió migrantes devueltos bajo el acuerdo de deportación entre la administración de Donald Trump y el Gobierno venezolano, se convirtió así en una de las escenas más simbólicas de la doble vulnerabilidad de estos migrantes.

Muchos de los deportados habían sido despojados de cualquier protección legal en Estados Unidos, acusados sin pruebas de pertenecer a pandillas, y cientos llegaron a ser enviados a centros de máxima seguridad en El Salvador antes de su expulsión. El presidente Trump se pronunció públicamente ofreciendo ayuda humanitaria y equipos de rescate tras hablar con la presidenta encargada Delcy Rodríguez, pero para las familias que aún buscan a sus seres queridos bajo los escombros, esas palabras llegan tarde y vacías.

Lo que queda es una doble herida: hombres y mujeres que sobrevivieron a la deportación, la detención y la pérdida de una vida construida en otro país, solo para morir o desaparecer en las ruinas del lugar donde se les prometió, por fin, un regreso seguro a casa.

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