miércoles, abril 15, 2026
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Una historia, un retrato.

Por Gustavo Bauer Griman

En la plaza del 18 de Octubre, sobre unos bancos gastados por el sol y la espera, un venezolano enfrenta cada día a su propio cuerpo como si fuera un territorio extraño. No hay descanso en esa lucha silenciosa. El temblor llega sin aviso, como una marea que no obedece, y sus manos, que alguna vez fueron firmes, ahora dibujan en el aire movimientos que no le pertenecen.
Hace más de quince años la enfermedad de Huntington —el mal de San Vito— comenzó a habitarlo en silencio, borrando poco a poco sus movimientos, su memoria, su vida. Es una enfermedad que no solo desordena el cuerpo, también deshilacha la mente y las emociones, avanzando sin pausa, sin cura, como un reloj que nunca se detiene �.
Mayo Clinic


Esta mañana hablé con su primo Tobías, un ángel discreto que lo acompaña y lo cuida. Fue él quien me permitió acercarme con la cámara. Cuando lo miré por el visor, entendí que hay movimientos que no se detienen aunque uno quiera. Sentí una angustia distinta, una que no se aprende en el oficio. Pero también comprendí que debía quedarme, observar sin invadir, contar sin herir.
Franklin Ramón Andrades Churio fue trabajador de CANTV, jubilado, hombre de rutina y de esfuerzo. También fue pelotero destacado del doble A regional. Vistió los colores de Venezuela en México, Curazao y Puerto Rico, y llegó a formar parte de las prácticas de los Tiburones de La Guaira. Hubo un tiempo en que su cuerpo respondía con precisión, en que cada movimiento tenía un propósito y cada día una dirección clara.

Es padre de seis hijos, aunque —según él mismo cuenta— el contacto con ellos es escaso, casi ausente. Lo dice sin rencor, como quien ya ha aprendido a convivir con las pérdidas que no hacen ruido.
Hoy, el problema de Franklin Ramón no es solo la enfermedad que lo habita —esa que avanza deteriorando el cuerpo y la mente—, sino el silencio que lo rodea. Un silencio más pesado que cualquier diagnóstico.
Porque hay olvidos que no vienen de la memoria, sino del mundo. Y esos, a diferencia de la enfermedad, sí podrían evitarse.

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